Hacía mucho que no llovía en Santiago, por lo menos desde
ayer por la noche. Creo que este clima está licuando el cerebro a la gente (y
me incluyo). Ahora llueve. Ahora no. Ahora llueve. Ahora llueve. Ahora llueve.
Ahora no. Y si a este tiempo le sumas que madrugar un lunes después de la Santa
Semana es algo horrible, corres el
riesgo de encontrarte con que la gente está de los nervios.
Esta mañana, mientras ponía el primer pie en la calle pensé
“¡Qué raro! El Señor se ha apiadado de nosotros y ha cerrado el grifo.” Pero
antes de depositar el segundo pie en la acera ya se había puesto a llover de
nuevo. De todos modos, el clima no es óbice o cortapisa para que el habitual
ejército de jóvenes armados con carpetas y chalecos de una ONG asalte a los
viandantes para ayudarles a cambiar el mundo. La cosa cada vez está peor, eso
no es nada nuevo; y en tiempos difíciles son necesarias medidas extremas. Hoy vi
como una joven retenía a un señor contra su voluntad mientras le enseñaba fotos
de un campo de concentración, niños desnutridos y personas mutiladas, y le
increpaba con dureza. “¿Le parece normal?”
Me recordó a esas películas policíacas en las que el agente
más duro de la comisaría mostraba a un acusado las fotos del cadáver de una
mujer desnuda con las bragas atadas al cuello (el cadáver, no el agente),
intentando así que se derrumbara y confesara su espantoso crimen.
También me recordó al pobre Homer Simpson enfrentándose al
vendedor de Yogulado con aspecto de Fu Manchu.
- Familias enteras están perdiendo sus casas en Siria.
- Eso es malo.
- La ONG se encarga de darles cobijo.
- Eso es bueno.
- Los niños no pueden ir a la escuela.
- Eso es malo.
- Puede colaborar con nosotros dándome el número de su tarjeta
de crédito y firmando aquí, aquí y aquí.
- ¿Me puedo ir ya?
Un tanto confuso por la situación y sintiendo lástima por el
señor, seguí caminando antes de que me asaltaran a mí también. De frente,
caminando hacia mí, pude ver a un hombre con aspecto de llevar sin ducharse
varios días. Cuando llegó a mi altura, me preguntó con extrema amabilidad si
tenía algo suelto. Le dije que no y seguí con mi camino mientras su tono de voz
cambiaba radicalmente perdiendo cualquier rastro de amabilidad al llamarme
hijodeputa, así, todo junto. “¿Algo suelto?” pensé. “¿No te llega con tu
lengua?” Pero en seguida mis pensamientos derivaron hacia algo más
trascendental. “¿Lengua suelta? ¿En qué momento me ha poseído el espíritu de
una señora de sesenta años?”
Por fin llegué a la facultad y me dirigí, sin demora, hacia
la cafetería. El camarero se sorprendió al verme y me preguntó: “¡Coño! ¿Y tú
por aquí?” A lo que yo contesté, extrañado: “¿En la cafetería?” “No, no; en la
facultad.” Da que pensar.
Finalmente entré en el aula y me senté al lado de un
compañero cuyo nombre no diré para preservar su intimidad. Y lo único que se me
ocurrió decir fue:
- Ayer me enteré de que Tolstoy era vegetariano.
- Así está.
- ¿Cómo?
- Muerto.
El clima me está licuando el cerebro y los lunes las ganas
de vivir. Menos mal que mañana ya es martes.
2 comentarios:
Me gusta...
jajaja hacía mucho mucho q no venía a cotillearte. Me meo...
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