El modo en que ha avanzado la sociedad es fascinante. Poder
hacer la compra de noche es algo liberador. Sin colas, ni aglomeraciones. Sin
señoras que se intentan colar en la caja. Sin niños gritando. Sin nadie rebuscando
en las estanterías intentando encontrar el producto con la fecha de caducidad
más lejana, en busca, quizás, de un producto que le sobreviva. Pero como la
mayoría de las buenas cosas, no es algo que se pueda hacer a menudo, ya que
suele ser más caro ir a un establecimiento nocturno que a un supermercado de
día. Sin embargo, resulta reconfortante saber que tienes un lugar a dónde ir si
a las dos de la mañana necesitas una botella de aceite o, qué se yo, un libro
de autoayuda o un peluche de un oso abrazado a un corazón.
Aunque lo mejor de estos establecimientos nocturnos sea la escasez
de gente, su ausencia nunca es total y es inevitable tener que bregar con sus
empleados. “¿Podría indicarme dónde está la sal?” “Pasillo dos” contesta sin
levantar la vista ni darte tiempo casi a terminar la pregunta, con un
automatismo que apetece poner a prueba. “Leche, vino, ganas de vivir.” “Pasillo
cuatro, uno y no nos queda” contesta mientras se muere de ganas por añadir un
gilipollas final.
Pero lo importante es: ¿Dónde cojones está el pasillo dos?
Sin ningún tipo de señal que lo indique, te ves vagando entre las estanterías
maldiciendo al jodido cajero y preguntándote si realmente existe la numeración
de pasillos o si cada vez que alguien les pregunta los empleados dicen un
número al azar en una especie de juego macabro que se traen entre ellos,
disfrutando en su perverso sentido del humor viendo por los monitores de las
cámaras de seguridad a los clientes deambulando sin rumbo.
Pero el éxtasis, el súmmun, la catarsis de la compra sin
contacto con el mundo exterior ha sido siempre la comida a domicilio,
especialmente ahora que he descubierto que se puede pedir la pizza por Internet
y pagar con tarjeta de crédito, evitando así el contacto telefónico con un
teleoperador imbécil y eliminando la necesidad de salir a la calle a sacar
dinero si te has quedado sin efectivo, que probablemente te hayas fundido la
noche anterior en copas.
Por fin, el timbre anuncia la llegada del repartidor que,
normalmente, en Santiago, suele llegar mojado y de mal humor. “Deberíais
comprobar el pedido.” A lo que te dan ganas de contestar “Cállate, pizzero.” Pero no quieres generalizar.
Tienes amigos que trabajan en el honorable mundo de la pizza y, por respeto a
ellos, guardas las formas. Además ha usado el plural: “Deberíais comprobar.” Todo
el mundo sabe que cuando alguien que te recrimina algo usa el plural, lo que
trata de hacer es suavizar el reproche, como si la cosa no fuera solo contigo,
para evitar recibir una respuesta agresiva. Pero en aquel umbral no había nadie más que yo, el umbral de
mi puerta, donde no estoy dispuesto a que venga nadie a darme lecciones. Dímelo
dentro si te atreves, pizzero. “Es
que no es la primera vez que nos mandáis”, otra vez el plural, “al portal 10”.
“Bueno, en ese caso ya deberías estar acostumbrado.”
Me entrega la pizza y me da un recibo del pago con tarjeta para
que lo firme. Me quedo mirando para él, a la espera del bolígrafo que suelen
ofrecerte para que firmes este tipo de cosas. “No tengo bolígrafo” me dice.
“Pues yo tampoco tengo ninguno a mano.” “Lo que sea, un lápiz, o algo…” Un
ligero tono de desesperación asoma a su voz. Encuentro por fin en los cajones
del mueble de la entrada un bolígrafo verde medio rancio y seco. Garabateo
encima del recibo, se lo doy y cierro la puerta. Mientras avanzo por el pasillo
me imagino al pizzero yendo hacia el ascensor, pulsando el botón y esperando a
que llegue y, una vez dentro, leyendo el recibo que le acabo de entregar,
observando el lugar destinado para la firma, donde, en tinta verde está
escrito: la próxima vez trae un bolígrafo.
2 comentarios:
La próxima vez paga con efectivo y haz algo como esto! jajaja
http://solocomedia.com/2012/01/11/la-entrega/
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