17/4/13

Pasillo dos

El modo en que ha avanzado la sociedad es fascinante. Poder hacer la compra de noche es algo liberador. Sin colas, ni aglomeraciones. Sin señoras que se intentan colar en la caja. Sin niños gritando. Sin nadie rebuscando en las estanterías intentando encontrar el producto con la fecha de caducidad más lejana, en busca, quizás, de un producto que le sobreviva. Pero como la mayoría de las buenas cosas, no es algo que se pueda hacer a menudo, ya que suele ser más caro ir a un establecimiento nocturno que a un supermercado de día. Sin embargo, resulta reconfortante saber que tienes un lugar a dónde ir si a las dos de la mañana necesitas una botella de aceite o, qué se yo, un libro de autoayuda o un peluche de un oso abrazado a un corazón.

Aunque lo mejor de estos establecimientos nocturnos sea la escasez de gente, su ausencia nunca es total y es inevitable tener que bregar con sus empleados. “¿Podría indicarme dónde está la sal?” “Pasillo dos” contesta sin levantar la vista ni darte tiempo casi a terminar la pregunta, con un automatismo que apetece poner a prueba. “Leche, vino, ganas de vivir.” “Pasillo cuatro, uno y no nos queda” contesta mientras se muere de ganas por añadir un gilipollas final.

Pero lo importante es: ¿Dónde cojones está el pasillo dos? Sin ningún tipo de señal que lo indique, te ves vagando entre las estanterías maldiciendo al jodido cajero y preguntándote si realmente existe la numeración de pasillos o si cada vez que alguien les pregunta los empleados dicen un número al azar en una especie de juego macabro que se traen entre ellos, disfrutando en su perverso sentido del humor viendo por los monitores de las cámaras de seguridad a los clientes deambulando sin rumbo.

Pero el éxtasis, el súmmun, la catarsis de la compra sin contacto con el mundo exterior ha sido siempre la comida a domicilio, especialmente ahora que he descubierto que se puede pedir la pizza por Internet y pagar con tarjeta de crédito, evitando así el contacto telefónico con un teleoperador imbécil y eliminando la necesidad de salir a la calle a sacar dinero si te has quedado sin efectivo, que probablemente te hayas fundido la noche anterior en copas. 

Por fin, el timbre anuncia la llegada del repartidor que, normalmente, en Santiago, suele llegar mojado y de mal humor. “Deberíais comprobar el pedido.” A lo que te dan ganas de contestar “Cállate, pizzero.” Pero no quieres generalizar. Tienes amigos que trabajan en el honorable mundo de la pizza y, por respeto a ellos, guardas las formas. Además ha usado el plural: “Deberíais comprobar.” Todo el mundo sabe que cuando alguien que te recrimina algo usa el plural, lo que trata de hacer es suavizar el reproche, como si la cosa no fuera solo contigo, para evitar recibir una respuesta agresiva.  Pero en aquel umbral no había nadie más que yo, el umbral de mi puerta, donde no estoy dispuesto a que venga nadie a darme lecciones. Dímelo dentro si te atreves, pizzero. “Es que no es la primera vez que nos mandáis”, otra vez el plural, “al portal 10”. “Bueno, en ese caso ya deberías estar acostumbrado.”

Me entrega la pizza y me da un recibo del pago con tarjeta para que lo firme. Me quedo mirando para él, a la espera del bolígrafo que suelen ofrecerte para que firmes este tipo de cosas. “No tengo bolígrafo” me dice. “Pues yo tampoco tengo ninguno a mano.” “Lo que sea, un lápiz, o algo…” Un ligero tono de desesperación asoma a su voz. Encuentro por fin en los cajones del mueble de la entrada un bolígrafo verde medio rancio y seco. Garabateo encima del recibo, se lo doy y cierro la puerta. Mientras avanzo por el pasillo me imagino al pizzero yendo hacia el ascensor, pulsando el botón y esperando a que llegue y, una vez dentro, leyendo el recibo que le acabo de entregar, observando el lugar destinado para la firma, donde, en tinta verde está escrito: la próxima vez trae un bolígrafo.

2 comentarios:

Pau Prado dijo...

La próxima vez paga con efectivo y haz algo como esto! jajaja

http://solocomedia.com/2012/01/11/la-entrega/

moda hip hop dijo...

Me gusta...