15/3/13

Seamos serios, Alfred

Reflexionaba con el Dr. Peartree en la cafetería de la facultad acerca de una escena de la última película de Batman de la saga de Nolan. Recordábamos aquella secuencia en la que Alfred le dice a Bruce que tiene una fantasía en la que se imagina que el señorito Wayne nunca regresa a Gotham y que, en cambio, encuentra una vida mejor, quizás casado, quizás con hijos. Alfred cuenta cómo viaja todos los años a Florencia (supongo que a cuenta de la fortuna Wayne) y se toma un café con chorreras a orillas del río Arno. Allí, imagina que se encuentra con Bruce, su bat-parienta y sus bat-retoños. Cruzarán las miradas aunque ninguno de los dos dirá nada, pero ambos sabrán que todo está bien; nunca más volverán a verse. Precioso.
Me tendrán que disculpar, pero yo esto no me lo trago. Puedo creerme perfectamente la existencia de un millonario que, motivado por la sed de venganza causada por la muerte de sus padres, decida convertirse en un superhéroe inspirándose en el Inspector Gadget. Acepto que luche contra una oscura organización conocida como la Liga de las Sombras, o contra un Espantapájaros o el Joker; admito incluso que combata contra un supervillano con nombre de choni, Bane, que le ha robado la máscara a Hannibal Lecter. Pero en ninguno de los multiversos creados por DC podría tener lugar la fantasía de Alfred.
Si el Caballero Oscuro y su mayordomo se encontraran, a orillas del Arno o del Lagares, la situación sería más parecida a la siguiente. Alfred, al ver al señorito Wayne al que tantas veces le ha recompuesto los huesos, gritaría desde el otro punto de la terraza: “¡Bruce!” Y se levantaría para acercarse al hombre murciélago pasando entre las mesas molestando a la gente. “¡Coño Alfred! Siéntate conmigo.” “¿Qué haces por aquí?” “Ya ves… Tomando un bat-ido.” “Cuánto tiempo, eh. ¿Te acuerdas cuando eras Batman?” “Joder si me acuerdo… ¿Cómo lo pasamos, verdad?” diría Bruce con un guiño de nostalgia en la mirada. “¡Suso! Ponle una Estrella a mi amigo.” Y empezarían a recordar batallitas de la época del Caballero Oscuro y a beber una cerveza tras otra. Finalmente, Alfred se levantaría para irse ligeramente perjudicado, no sin que antes se produjera una discusión por pagar la cuenta. “¿Es que mi dinero no vale?”
“Me alegro un montón de verte” diría Bruce. “Lo mismo digo. A ver si quedamos más…” contestaría Alfred. “Dame tu número, que cambié de teléfono y perdí todos los contactos. La semana que viene te pego un toque y tomamos algo.”
Y entonces sí, después de un abrazo con sonoras palmadas en la espalda, Alfred podría alejarse con la certeza de que nunca más volverán a verse.