Voy caminando por la calle cuando empiezo a escuchar una voz a mis espaldas repitiendo la misma palabra una y otra vez. Amigo. En uno tono monocorde y nasal. Amigo. Con un timbre de voz como de habérselo pasado muy bien en algún momento de su vida y ahora no estar pasándoselo tan bien. Amigo. La gente diciendo qué bien que vuelven los 90 y él pensando ¿cuándo acabaron los 80? Amigo. Amigo. Amigo.
Pero yo no soy de amistad fácil, qué quieres que te diga. Así que sigo caminado hacia mi destino que, como diría Manrique, es el mar, que es el morir. De ese humor estaba. Y, a mis espaldas, me persigue el perpetuo amigoamigoamigo. ¡Que yo no soy tu amigo! Amigo. Amigo. Amigo. ¿Dónde están los cretinos de la música en el móvil a todo volumen cuando hacen falta? Amigo. Amigo. Y que no había manera de escapar al sonsonete. Amigo. Amigo. La palabra ya a punto de perder su significado, como cuando repites mucho ballena, ballena, ballena, ballenaballenaballena, que de pronto empieza a sonar raro. Amigo. Jamonjamonjamonjamonja. ¡Amigo! Así que, al borde del esguince cerebral, me paro en seco y me giro.
Y así como me doy la vuelta, el fulano me hace un gesto como quien llama a un camarero o le pide a un coche que se detenga en el arcén. Un gesto como muy de guardia civil. El caso es que otro día igual me pilla de buenas y me paro a ver qué mierda quiere. Pero ese día los meandros manriqueños me habían llevado hasta el balcón de Bécquer, y andaban las oscuras golondrinas y sus nidos dando vueltas en mi cabeza, así que le devolví el gesto y seguí con mi camino. Como en el chiste. ¡Taxi! ¡Señora!
Y el amigoamigoamigo que deja de sonar. Y yo que siento un profundo alivio mental, como cuando lleva sonando mucho rato el extractor de la cocina y de pronto alguien lo para y te das cuenta en ese momento de lo cerca que había estado tu cabeza de explotar. Tres segundos duró la paz. Enseguida el amigoamigo fue substituido por un me cago en tus muertos. Recitado todo junto y sin pausa. Mecagoentusmuertosmecagoentusmuertos. Sin tomar aire. Todo un campeón de apnea. Mecagoentusmuertos. Y lo primero que pienso es que el fulano es, ante todo, muy considerado, porque podría haberse cagado en mis muelas y al precio que están los empastes no estamos para tonterías.
Y mientras me alejo (...tus muertos... me cago... tus...) se me ocurre que con qué velocidad hemos pasado de la amistad al odio. Pero me equivocaba, en realidad no habíamos hecho más que subir un peldaño en nuestra hermosa relación. Porque ¿qué clase de amigos seríamos si nunca te hubieras tenido que cagar en mis muertos?
2 comentarios:
No me ha quedado claro si al final te has hecho miembro de Acnur o no.
Aaaamigo.
¡Dos veces me he hecho amigo, socio!
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