9/6/19

Vómito

Era verano y estaba viendo la tele con mi padre. Una película, no recuerdo cuál. De pronto, empecé a notar un bullir en mi interior. Y no es que me estuviera emocionando la peli, ojalá. Era esa sensación, ese aviso que te da el cuerpo, que te informa de que algo no va bien. Ese momento en el que eres consciente de que vas a vomitar pero quieres evitarlo a toda costa. ¿Cómo? Pues ignorando que sabes que vas a vomitar, claro. Si otros problemas de la vida se solucionan ignorándolos con la intensidad suficiente, ¿por qué los asuntos gástricos no iban a funcionar igual? Ay, qué inocentes somos cuando estamos al borde de la regurgitación.

Cuando empecé a notar los restos de mi última comida trepando por la garganta, supe que aquella era una situación que no podía aplazar más. Que aquello no era como ir a recoger el título a la facultad. Así que conteniendo la arcada, eché a correr hacia el baño, descalzo, en calzoncillos y camiseta, que es mi outfit favorito para la época estival. Troté lo más rápido que pude, temiendo no llegar al servicio antes de la explosión. Pero llegué. Vaya si llegué. No hasta dónde yo hubiera querido, pero llegar, llegué.

A mitad de camino entre la puerta del baño y el váter, mi cuerpo dijo hasta aquí, o quizás mi boca alcanzó el cupo máximo de vómito que podía almacenar. No recuerdo todos los detalles. El caso es que no pude aguantar más y vomité. Pero no hacia abajo, en la clásica postura vomitiva. Por ponerlo de manera fina, digamos que proyecté hacia arriba y hacia adelante el contenido de mi estómago, que realizó una maravillosa parábola en el aire, como un arcoíris de mierda, cuyo destino final fue el suelo de baldosa. Correr hacia el chorro de vómito que emana de tu boca es algo que le recomiendo a todo el mundo. Si te gustó escupir hacia arriba, no dejes de probarlo. Todo esto pasó mientras seguía corriendo. Descalzo. Sobre la baldosa.

Lo que sucedió a continuación no creo que pille a nadie por sorpresa. Por un asunto relacionado con algo que se conoce como coeficiente de rozamiento, un poco de inercia y una pizca de estupidez humana, terminé pisando mi propio vómito con los pies descalzos, resbalando y cayendo de culo sobre los restos semidigeridos de mi vientre. En calzoncillos. Mientras seguía vomitando. Sobre mí mismo. Mientras por debajo el vómito se filtraba desde las baldosas a través de mis calzoncillos, por encima me seguían llegando bocanadas de porquería a lo que viene siendo mi pecho, barriga y piernas desnudas.

Me parece que la estampa ya ha quedado bastante clara.

Sin embargo, a pesar de la situación, me vinieron dos pensamientos positivos a la mente. El primero fue que era una suerte que no hubiera salido el día anterior. Y es que no es lo mismo que te vean rebozado en tu propio vómito por, qué se yo, una ensaladilla con una mayonesa en dudoso estado, que por haberte puesto de cubatas hasta las cejas. Eso no hay relación paternofilial que lo resista.

El segundo pensamiento fue que si hubiera vomitado un metro más adelante, lo habría hecho en la taza del váter, pero, si lo hubiera hecho un metro antes, habría vomitado en el pasillo que, por aquel entonces, tenía moqueta. Quizás por la resistencia de la moqueta, por ese rollito velcro que tiene, no habría resbalado y, por tanto, no habría gozado de una buena zambullida en una piscina de bilis y tropezones de comida. Vale, de acuerdo, pero limpiar ese caldo repugnante habría sido bastante más complicado. En especial los trozos más sólidos y pequeños aferrados a las fibras de la alfombra. Y el olor probablemente nos habría acompañado una buena temporada, como un recuerdo silencioso del día en el que el pequeño de la familia vomitó mientras corría en calzoncillos por el pasillo.

Así que, ya ves, quien no se consuela es porque no quiere. Y por seguir con el refranero popular y los lugares comunes: siempre se puede estar peor. Qué se yo, después de vomitarme podría haberme cagado encima.

P.D.: Os dejo aquí un consejo por si algún día, por lo que sea, tenéis que limpiar vómito de una moqueta. De nada.


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