Era verano y estaba
viendo la tele con mi padre. Una película, no recuerdo cuál. De
pronto, empecé a notar un bullir en mi interior. Y no es que me
estuviera emocionando la peli, ojalá. Era esa sensación, ese aviso
que te da el cuerpo, que te informa de que algo no va bien. Ese
momento en el que eres consciente de que vas a vomitar pero quieres
evitarlo a toda costa. ¿Cómo? Pues ignorando que sabes que vas a
vomitar, claro. Si otros problemas de la vida se solucionan
ignorándolos con la intensidad suficiente, ¿por qué los asuntos
gástricos no iban a funcionar igual? Ay, qué inocentes somos cuando
estamos al borde de la regurgitación.
Cuando empecé a notar
los restos de mi última comida trepando por la garganta, supe que
aquella era una situación que no podía aplazar más. Que aquello no
era como ir a recoger el título a la facultad. Así que conteniendo
la arcada, eché a correr hacia el baño, descalzo, en calzoncillos y
camiseta, que es mi outfit favorito para la época estival.
Troté lo más rápido que pude, temiendo no llegar al servicio antes
de la explosión. Pero llegué. Vaya si llegué. No hasta dónde yo
hubiera querido, pero llegar, llegué.
A mitad de camino entre
la puerta del baño y el váter, mi cuerpo dijo hasta aquí, o quizás
mi boca alcanzó el cupo máximo de vómito que podía almacenar. No
recuerdo todos los detalles. El caso es que no pude aguantar más y
vomité. Pero no hacia abajo, en la clásica postura vomitiva. Por
ponerlo de manera fina, digamos que proyecté hacia arriba y hacia
adelante el contenido de mi estómago, que realizó una maravillosa
parábola en el aire, como un arcoíris de mierda, cuyo destino final
fue el suelo de baldosa. Correr hacia el chorro de vómito que emana
de tu boca es algo que le recomiendo a todo el mundo. Si te gustó
escupir hacia arriba, no dejes de probarlo. Todo esto pasó mientras
seguía corriendo. Descalzo. Sobre la baldosa.
Lo que sucedió a
continuación no creo que pille a nadie por sorpresa. Por un asunto
relacionado con algo que se conoce como coeficiente de rozamiento, un
poco de inercia y una pizca de estupidez humana, terminé pisando mi
propio vómito con los pies descalzos, resbalando y cayendo de culo
sobre los restos semidigeridos de mi vientre. En calzoncillos.
Mientras seguía vomitando. Sobre mí mismo. Mientras por debajo el
vómito se filtraba desde las baldosas a través de mis calzoncillos,
por encima me seguían llegando bocanadas de porquería a lo que
viene siendo mi pecho, barriga y piernas desnudas.
Me parece que la estampa
ya ha quedado bastante clara.
Sin embargo, a pesar de
la situación, me vinieron dos pensamientos positivos a la mente. El
primero fue que era una suerte que no hubiera salido el día
anterior. Y es que no es lo mismo que te vean rebozado en tu propio
vómito por, qué se yo, una ensaladilla con una mayonesa en dudoso
estado, que por haberte puesto de cubatas hasta las cejas. Eso no hay
relación paternofilial que lo resista.
El segundo pensamiento
fue que si hubiera vomitado un metro más adelante, lo habría hecho
en la taza del váter, pero, si lo hubiera hecho un metro antes,
habría vomitado en el pasillo que, por aquel entonces, tenía
moqueta. Quizás por la resistencia de la moqueta, por ese rollito
velcro que tiene, no habría resbalado y, por tanto, no habría
gozado de una buena zambullida en una piscina de bilis y tropezones
de comida. Vale, de acuerdo, pero limpiar ese caldo repugnante habría
sido bastante más complicado. En especial los trozos más sólidos y
pequeños aferrados a las fibras de la alfombra. Y el olor
probablemente nos habría acompañado una buena temporada, como un
recuerdo silencioso del día en el que el pequeño de la familia
vomitó mientras corría en calzoncillos por el pasillo.
Así que, ya ves, quien
no se consuela es porque no quiere. Y por seguir con el refranero
popular y los lugares comunes: siempre se puede estar peor. Qué se
yo, después de vomitarme podría haberme cagado encima.
P.D.: Os dejo aquí un
consejo por si algún día, por lo que sea, tenéis que limpiar
vómito de una moqueta. De nada.

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