Resulta que fui
en tren a Madrid y... Bueno, primero permitidme que me cite a mí
mismo, que es algo que está feísimo, pero que creo que en este caso
es necesario.
En el avión a París me encuentro con que el asiento que tengo asignado se encuentra ocupado […]. Una azafata viene a poner orden; comprueba el billete que sostengo como un idiota, a ratos con una mano, a ratos con los dientes, mientras hago malabarismos con mis pertenencias, y resulta que efectivamente esa persona estaba equivocada. Qué sorpresa. Porque vamos, yo soy miope pero no idiota (no mucho), y de momento para leer un número en un papel y encontrar su homónimo en la parte inferior de los compartimentos aún me da la cabeza.
[Desde aquí
quiero mandar un cariñoso saludo a mí yo del pasado y desearle que
le esté yendo todo bien.]
Apenas me dio
tiempo a acomodarme y mentalizarme para las horas de viaje que tenía
por delante cuando un señor me informó amablemente de que estaba
ocupando su sitio. Con tonito prepotente la voz de mi yo interior
dijo «ya empezamos». Menos mal que no se proyectó esa voz al
exterior porque el hombre tenía toda la razón. No tuvo tiempo mi
culo a ni tan siquiera empezar a dejar allí su forma. Vamos, que
dejé tanta huella en ese asiento como en mí dejaron la mayoría de
profesores que pasaron por mi vida.
Con legañas en
los ojos, el billete en una mano y la maleta en la otra, recorrí el
tren en busca del asiento que tenía asignado, situado un par de
vagones más allá. Me había equivocado pero bien. Para equivocarme
más de sitio tendría que haber cogido un tren a Barcelona y
sentarme en la cabina de control. El caso es que mi asiento, qué
sorpresa, estaba ocupado. «Uy, qué música...», la voz de mi
cabeza. La chica que se lo había apropiado se despidió de la
persona que tenía al lado e hizo amago de levantarse cuando me vio
llegar. Le pregunté si iban juntas, que era una pregunta tan obvia y
estúpida como preguntarle a alguien que entra en casa empapado si
llueve fuera. «No, es que han instalado una ducha en el ascensor».
Molaba que ella se hubiera puesto en ese plan. «¿Conocernos? No, es
que soy idiota y no sé ver cuál es mi asiento». No lo hizo.
Para no separar
lo que la amistad, el amor o la coincidencia había unido, le
pregunté cuál era su asiento y allí que me fui, maleta en ristre,
a desandar lo andado, porque su asiento resultó estar un par de
sitios más allá del que yo acababa de abandonar, mientras repetía
su número de asiento en voz alta como un tarado porque tenía miedo
de olvidarlo y tener que volver atrás para preguntárselo. Que a lo
mejor estás pensando que me podía haber puesto en cualquier sitio
vacío, pero a esas alturas yo solo quería un lugar del que no me
pudieran echar para descansar tranquilamente. Solo Moisés y su tropa
pueden entender cómo me sentía.
40 años
después por fin pude sentarme y empezar a hacer las cosas típicas
de los viajes en tren: leer un rato, echarle un ojo al bodriete que
ponían en las pantallas, perder el tiempo con el móvil, jugar al
juego ese del T. Rex que aparece en Chrome cuando no hay cobertura,
etc., hasta que caí en un sueño intranquilo.
Al llegar a
Zamora me desperté sobresaltado, que es la única manera de
despertarse cuando te has quedado dormido en un lugar público, con
la sensación de que mil ojos estaban clavados en mí. «¿Me habré
babado? ¿Habré dicho algo en sueños? ¿Habré abrazado al señor
de mi lado?», hasta que contemplé mi alrededor y la estampa me
tranquilizó: una persona roncando con la cabeza echada hacia atrás
y la boca abierta, otra con los pies descalzos, otra doblada en
ángulo de 90 grados sobre la mesita, otra con el cinturón
desabrochado... Y, entretanto, un señor de pie a mi lado diciéndome
algo. Y yo, todavía medio dormido, pensando que me hablaba de Zamora
le dije que sí, que es preciosa, tienen una fabulosa colección de
tapices flamencos en el museo de la catedral... «Pero no te quedes
ahí de pie, hombre, siéntate», yo ya como si estuviera en mi casa.
«Lo haría —contestó—, pero estás en mi sitio». Pero vamos a
ver, esto qué es, ¿un remake castizo de Atrapado en el
tiempo?
Desahuciado por
vez tercera, cogí toda mi mierda y pasé de nuevo ante los ojos del
señor cuyo asiento había ocupado al principio, que me miraba con cara de
«pero muchacho, ¿qué estás haciendo con tu vida?». Yo también
me pregunto lo mismo... ¡Métase en sus asientos, señor! ¡No me
juzgue! Con la maleta, el abrigo, la chaqueta, el libro, los cascos
esos de mierda que te dan y el billete... Espera, ¿dónde está el
billete? Vuelta para atrás. «Gracias», al señor zamorano; «¡No
me mires!», al maldito señor satisfecho con su vida y con su
asiento.
Enfilé pasillo
adelante, o atrás, ya no tenía claro ni en qué dirección iba el
tren —«Un tren sale de Zamora a las 12.47 y otro de Madrid a las
13.41, ¿en qué parada tiene Berto que cambiarse de sitio?»—,
acordándome de los difuntos de la chica por no avisarme de que se
bajaba en Zamora. Culpa mía, también, por dar por hecho que todo el
mundo va a Madrid. ¡Centralista! ¡Y una mierda pa' ti! Que no, que
la culpa es suya, ya está bien de tanto autoodio y tanta moral
judeocristiana. ¡Me cago en Moisés, en el becerro de oro y en la
zarza en llamas!
Mi cabeza casi
explota cuando veo a la chica allí sentada. «Si tú estás en mi
sitio, y un señor de Zamora en el tuyo, que era el mío, ¿qué
pinto yo en todo esto?». Le pregunté a dónde iba y me dijo, un
poco extrañada, que a Madrid. Yo, medio dormido, recordemos que me
acababa de despertar, empecé a balbucear algo de que eso no era
posible, que me habían echado de Zamora, o sea, de su sitio en
Zamora, y que eso tenía que significar que... El revisor me
interrumpió para pedirme mi billete, aunque estaba claro que lo que
se moría de ganas de pedirme era algún documento que acreditara que
no me había fugado de un frenopático.
Resultó que,
una vez más, aquel no era mi sitio, ni aquella la chica con la que
había hablado antes, que, efectivamente, se había bajado en Zamora,
por suerte para ella y para desgracia de esta otra, que se debió de
quedar alucinada preguntándose con qué derecho voy yo interrogando
por ahí a la gente y qué carajo le estaba contando de un señor y
de Zamora.
El revisor me
acompañó y me indicó mi asiento (le faltó señalarlo con un
puntero láser). Abrazado a mi maleta por si tenía que volver a
moverme, me puse a reflexionar —los transportes públicos me ponen
mazo introspectivo— sobre aquel dicho que dice que el ser humano es
el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. ¡Ja!
¡Optimista! Dos veces, dice. ¡Ojalá!
Casualidades de
la vida, mi señora madre viajaba también en ese mismo tren, desde
una parada distinta a la mía. Por un momento se me pasó por la
cabeza la idea de ir a hacerle una visita, pero enseguida lo
descarté. Lo más probable es que acabara hablando con una completa
desconocida y terminaran por echarme del tren en medio de la estepa
castellana.
Al llegar a
nuestro destino una chica recibió con un beso y un abrazo a otro
chico y le preguntó qué tal el viaje. «Muy tranquilo», contestó.
Lo miré con tanto odio... Pero con tanto odio... Se cogieron por los
hombros y aceleraron el paso mientras lanzaban miradas furtivas hacia
atrás. «Corre, cariño. Ya te dije que Madrid está lleno de
locos».
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