Había un chaval en mi clase en el colegio que, en los recreos, después de comer lo que hubiera llevado para tomar a media mañana, el bocata, el Bollycao o lo que fuera que tocara ese día, el chaval, digo, tenía por costumbre, al terminar, limpiarse la boca… con el calzoncillo. Llevaba calzoncillos ajustados, de esos tipo bóxer, y el tío los sacaba por debajo de la cintura del pantalón y tiraba de ellos hacia arriba mientras contorsionaba el cuello y la cabeza hacia abajo hasta poder limpiarse la boca con la parte superior de la prenda íntima. Y lo hacía en cada recreo. Hasta que un día no aguanté más la curiosidad y le pregunté por qué lo hacía. Me contestó como si fuera la cosa más obvia del mundo. Dijo que lo hacía así porque no le gustaba dejar la marca de la boca al limpiarse en la camiseta. Que le parecía feo estar luego todo el día ahí con la mancha en el cuello.
No hice más preguntas.
Pensé en sus progenitores al poner la lavadora, preguntándose qué hemos hecho mal con este chico. O tal vez fueron ellos los que le enseñaron tan sorprendente técnica; una comida familiar en su casa debía de ser un espectáculo digno de ver. Abuela, límpiate que tienes la cara llena de salsa. Vaya cuadro.
Al chaval este le perdí la pista hace muchos años, al dejar el colegio para ir al instituto. Pero a veces me gusta imaginarme alguna escena de su vida. Su primera cena de empresa, por ejemplo. O enseñándole a su primogénito a limpiarse la boca. Espero de verdad que no haya perdido esa costumbre; que la mantenga hasta que sea un venerable anciano cuando, por culpa de los achaques de la edad y la pérdida de flexibilidad, no le quede más remedio que empezar a llevar un calzoncillo en el bolsillo.
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