Cómo me joden los viejos. A ver, no
todos. No es que padezca de gerontofobia. Me refiero a ese viejo en
concreto, como este que ahora viene hacia mí que, con el tren de
cercanías lleno hasta la bandera, rechaza la cesión que amablemente
le hago de mi asiento. Y se queda allí, de pie, a mi lado, agarrado
de la barra, en precario equilibrio y riesgosa tesitura. Tranquilo,
me dice. No te molestes, insiste. Y me quedo a medio levantar, con
las posaderas levitando, hasta que finalmente las asiento de nuevo
porque él verá, si no quiere, no quiere, no seré yo quien le
obligue a sentarse. Y la gente, que pasa a nuestro lado en riadas,
porque parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo hoy para
coger este mismo tren, me va regalando miradas que van desde la
ligera desaprobación hasta el odio infinito, pasando por el asco
moderado y la vergüenza que da esta juventud que ya no respeta nada.
Y yo poniendo cara de no, que le he ofrecido el asiento, pero que no
lo quiere, de verdad, que no sé cómo se pone esa cara pero ya te la
imaginas. Las arrugas no salen de reír, no, salen de gesticular para
que la peña entienda que no es que seas un desalmado, que es que al
maldito viejo no le sale de su vetusta alma sentarse. Que también
podría levantarme y que se rifen el asiento los demás pasajeros.
Pero con lo que me ha costado sentarme, y con lo que agota esta
ciudad, no estoy dispuesto a cederle el asiento a nadie con menos de
60 años o al menos una muleta o tres meses de embarazo.
En la siguiente parada la persona
sentada a mi lado se baja y el señor se apodera del asiento con una
velocidad pasmosa. Me quedo más tranquilo, aunque un poco jodido,
¿qué pasa?, ¿es que mi asiento no le vale al señor?, pero bueno,
más tranquilo. Tranquilidad que me dura bien poco, hasta que pasa
una persona con evidentes necesidades de tomar asiento. Antes de que
pueda hacer yo nada, el viejo la intercepta y le cede su asiento
levantándose. Y me digo a mí mismo: ahora sí. Vuelvo a iniciar el
movimiento de levantamiento de cachas haciéndole un gesto al señor
para que ocupe mi puesto, porque está claro que al señor le cunde
estar sentado, a mí no me engaña, pero, poniéndome una mano en el
hombro me devuelve a mi asiento y repite que tranquilo, pero ya estoy
de todo menos tranquilo mientras me pregunto qué mierda de juego de
las sillas es este al que estamos jugando. No me gusta molestar, me
dice. Pues menos mal. Que dan ganas de levantarme y, al grito de «se
siente, coño», obligar por la fuerza al viejales a aceptar mi
amabilidad. Pero no lo hago, claro, por ese algo en mi cabeza, el
mismo mecanismo que hace que le ofrezca el asiento a las personas
mayores y al mismo tiempo impide que las amenace de muerte para que
se sienten, un algo en mi cabeza que aún no ha acabado de soltarse
pero que está a punto de caramelo, como ese diente de leche que se
retuerce suelto sobre su encía.
Y vuelta a pasar gente y más gente,
¿de dónde sale tanta gente? Y todos me miran al pasar como si
estuviera cometiendo el peor de los crímenes, veo el reproche en sus
ojos, el odio en sus miradas, el desprecio en sus andares, el ritmo
en sus caderas. Pasan a mi lado y me juzgan, me juzgan mal, y me
escupirían si eso no fuera rebajarse a mi nivel, a uno de los
niveles más bajos de la sociedad, el de joven asqueroso que no le
cede su asiento a un hombre de edad provecta. ¿Cómo se puede estar
al mismo tiempo sentado tan a gusto y tan incómodo?
Por fin el tren se vacía en Atocha,
sale la gente en manada, venga a pastar, y el hombre se sienta a mi
lado y, alucina, me ofrece un caramelo. Será para quitarme el mal
sabor de boca que me ha dejado toda esa bilis vertida sobre mí. Pero
no quiero, gracias. Es de chocolate con leche. No, de verdad,
gracias. Tengo más, eh. QUE NO QUIERO CHUPARLE EL CARAMELO, CARAJO
YA. Y arranca el tren y me dice pues se ha quedado esto vacío. MENOS
MAL, porque estábamos a punto de protagonizar los titulares de la
crónica negra: «Conato de asesinato en la línea
Aranjuez-Chamartín». «Un viejo y un joven se enfrentan en un tren
de cercanías. Lo que pasó a continuación te sorprenderá». Joder
con el viejo, cómo me lo ha hecho pasar.
Que luego lo pienso y digo: en
realidad, ¿qué culpa tiene el viejo? Él solo estaba siendo amable.
No tanto como yo, pero amable al fin y al cabo. La culpa es de la
gente y sus miradas. Cómo me jode la gente. Con sus desprecios, con
esa manera de prejuzgar, con esos reproches sin conocer la historia
entera. ¿Y si yo tengo una rodilla pocha? ¿Y si el viejo tiene un
problema en el coxis y no puede sentarse? ¿O si no le apetece? ¿Vas
a venir tú, simple mortal, a obligarle? ¿Quién te ha nombrado juez
de cercanías para decidir quién merece sentarse y quién no, quién
merece la vida y quién la muerte? Qué asco me da esa gente. Con su
atalaya moral y sus pamplinas. A ellos es a quien habría que mirar
con inquina, señalar con el dedo y escupir al pasar.
Que luego lo pienso un poco más y
digo: ¿qué culpa tiene la gente? Ya bastante tienen con sus cosas y
con tener que ir en este tren infernal atestado. Quizá sus aviesas
miradas no tenían nada que ver conmigo, o solo tenían que ver con
mi asiento, un espacio que ansiaban para apoyar sus cansados cuerpos
y descansar así sus fatigadas almas. Quizá esos nubarrones en sus
miradas eran causados por una mala tarde, un mal día, una mala
semana. Tal vez esos rostros oscuros se debían a la subida de la luz
o pudiera ser que miraran al viejo con envidia y se preguntaran quién
pagará sus pensiones y si tendrán que seguir trabajando muchos años
después de haber alcanzado la edad de que les cedan el asiento en
los transportes públicos. ¿Por qué tengo yo que prejuzgar a esa
gente? ¿Qué derecho tengo? Tal vez ni siquiera se fijaron en mí,
quizá yo, corroído por un estúpido sentimiento de culpa infundado,
me imaginé toda esa atención que no estaba recibiendo. Y yo ahí,
pensando mal de todas esas personas, creyéndome tan importante, el
ombligo del mundo. Qué asco. Cómo me jode la gente como yo.
2 comentarios:
Ese cheñor no es sino la representación de tu yo futuro. Él ya ha tenido tiempo de prepararse el papel sobre el que tú improvisas. Ya lo dijo Arquímedes: "No podrás imponerte en ese duelo hasta que seas tú el abuelo."
Paulo Coelho.
Pues ahora que lo dices...Tiene todo el sentido. "Cosas veredes, Sancho..." Miguel de Coelho.
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