En el avión a París me encuentro con
que el asiento que tengo asignado se encuentra ocupado por una
persona que, al decirle —con toda la amabilidad de la que un ser
humano puede hacer acopio mientras es empujado y golpeado por
diversas personas, bolsas y maletas— que creo que está en mi
sitio, me contesta con un rotundo no. Así que me quedo allí de pie,
con una cacha en un reposabrazos y una pierna medio escurrida debajo
del asiento de pasillo de la otra fila mientras se me rozan miríadas
de personas y disfruto de un saludable intercambio de gérmenes y
frotamientos variados. Una azafata viene a poner orden; comprueba el
billete que sostengo como un idiota, a ratos con una mano, a ratos
con los dientes, mientras hago malabarismos con mis pertenencias, y
resulta que efectivamente esa persona estaba equivocada. Qué
sorpresa. Porque vamos, yo soy miope pero no idiota (no mucho), y de
momento para leer un número en un papel y encontrar su homónimo en
la parte inferior de los compartimentos aún me da la cabeza. El caso
es que esta confusión había hecho que, casualmente, esa persona
acabara sentada al lado de su pareja. Que si me importa sentarme en
otro lado. No. No me importa. ¿Pero no habría sido más fácil
decírmelo directamente en vez de hacerme esperar con toda mi mierda
encima mientras me empujan y escupen? (Vale, igual no me estaban
escupiendo, pero es que me estresa mucho viajar).
Me dirijo a mi nuevo asiento pensando
que malo será que justo hoy nos estrellemos en medio de una terrible
explosión y nuestros cuerpos queden completamente calcinados e
irreconocibles y mis restos vayan a parar al mausoleo de la familia
de un gilipollas.
El caso es que debido a esta
"confusión" acabo sentado al lado de una persona que al
poco de instalarme yo saca de su mochila un libro. Inmediatamente
intento ver cuál es. Solo por juzgar, para qué nos vamos a engañar.
Porque soy así de elitista. Para poder reírme con suficiencia si
está leyendo, qué se yo, algo de Federico Moccia. Pero me calla la
boca antes de que pueda empezar a pensar qué listo soy yo y qué
idiota es el resto de la gente cuando leo el nombre de Martin
Heidegger en la tapa del libro. Que digo yo que igual no es lo más
ligerito para llevar de viaje. Porque vamos con Vueling, llega a ser
Ryan Air y lo tiene que facturar.
Al cabo de un rato llega un fulano que
reclama por legítimo derecho el asiento que ocupo yo y, antes de que
pueda explicarle la situación, empieza a decir que es inaceptable
que nos vendan el mismo billete a dos personas e inicia una arenga
furiosa contra las compañías aéreas, pero, antes de que pueda
empezar a prenderle fuego al avión con una antorcha adquirida en el
duty free, la azafata consigue reubicar al individuo, que se
queda de lo más contento en su nuevo asiento al lado de una
ventanilla. Después, durante el vuelo, pude escuchar cómo pedía
una cerveza y unas aceitunas. Y cómo las pagaba. Yo no me metería
con una persona que compra cerveza y aceitunas en un avión. Seguro
que hasta se tragó los huesos (a ese precio, ¿quién no?). A ese
pavo le da absolutamente igual todo. De hecho, podría comprarse su
propio avión, pero le gusta juntarse de vez en cuando con la plebe.
El tema es que mientras estoy con la
vista fijada en mi mierda de libro empiezan a llegar a mis oídos los
compases del más finísimo de los reguetones. Levanto la cabeza
mosqueado en busca de la fuente del ruido y mi sorpresa es mayúscula
cuando descubro que son los auriculares de la persona que llevo al
lado. Puede que pienses que, leyendo a Heidegger, quizás se tratara
de un reguetón de corte intelectual (si es que existe), o tal vez
feminista o revolucionario, o sin letra por lo menos; pues no. Se ve
que algún día este ser humano se dio un golpe muy duro en la cabeza
contra la epistemología de la moral empírica (¡¿yo qué sé?!) y
le quedó el oído algo tocado, por lo que un servidor podía
distinguir perfectamente cada palabra de las "canciones" y,
feministas, feministas, no eran. Pero vamos, que a cada uno le renta
lo que le renta. A mí me gusta mojar galletas de chocolate en zumo
de naranja y a esta persona le cunde acomodarse en su asiento del
avión, abrir su tochaco de libro y poner el reguetón con el volumen
al doce. ¿Quién soy yo para juzgar? Nadie. Lo único que digo es
que leyendo a Heidegger y escuchando reguetón, al menos una de las
dos cosas la tenía que estar haciendo por obligación. Lo que me
preocupa a mí es si quien está coaccionando a esta persona
para que haga algo contra su voluntad
está entre nosotros en el avión y qué más le va a obligar a
hacer, que yo soy muy paranoico y antes dije lo del accidente como si
no me importara nada, pero tengo las mismas ganas de morir que...
Bueno, que de escuchar a Heiddegger o leer reguetón. O como sea.
Pero al final no hubo que lamentar
heridos. A lo mejor solo era un challenge de esos de la internet
(bienvenidxs al Asombroso Blog del Espacio Viejuno). El caso es que
esta persona debería andarse un poco con ojo cuando se examine de la
materia (si es que era estudiante) o exponga sus conclusiones en la
próxima tertulia filosófica a la que acuda, no vaya a ser que
mezcle conceptos.
«El concepto de “ser” es
indefinible, papi chulo. Es lo que se ha concluido de su suprema
universalidad. Y con razón —si definitio fit per genus proximum
et differentiam specificam— no eres tú, no eres tú, soy yo.
En efecto, el “ser” no puede ser concebido como un ente,
DES-PA-CITO; enti non additur aliqua natura: no se puede
determinar el “ser” atribuyéndole una entidad. Pero me niego a
perderte, a más nunca verte. El ser no es derivable definitoriamente
desde conceptos más altos, ni puede ser explicado mediante conceptos
inferiores, como yo te lo hacía. Pero, ¿se sigue de ello que el
“ser” ya no presente problemas? Ni mucho menos, mamacita. Lo
único que puede inferirse es que el “ser” no es algo así como
un ente y un Uber para volver a casa. De ahí que esa forma de
determinación de los entes, justificada dentro de ciertos límites,
que es la “definición” de la lógica tradicional —lógica que
tiene, ella misma, sus fundamentos en la ontología antigua— no sea
aplicable al ser una vaina loca. La indefinibilidad del ser no
dispensa de la pregunta por su sentido, sino que precisamente invita
a ella. ¿Qué? Chocha, culo y teta».
Los problemas fundamentales de la
fenomenología por perro, Heidegger feat. Maluma
No hay comentarios:
Publicar un comentario