27/2/19

Paris mon papichulo

En el avión a París me encuentro con que el asiento que tengo asignado se encuentra ocupado por una persona que, al decirle —con toda la amabilidad de la que un ser humano puede hacer acopio mientras es empujado y golpeado por diversas personas, bolsas y maletas— que creo que está en mi sitio, me contesta con un rotundo no. Así que me quedo allí de pie, con una cacha en un reposabrazos y una pierna medio escurrida debajo del asiento de pasillo de la otra fila mientras se me rozan miríadas de personas y disfruto de un saludable intercambio de gérmenes y frotamientos variados. Una azafata viene a poner orden; comprueba el billete que sostengo como un idiota, a ratos con una mano, a ratos con los dientes, mientras hago malabarismos con mis pertenencias, y resulta que efectivamente esa persona estaba equivocada. Qué sorpresa. Porque vamos, yo soy miope pero no idiota (no mucho), y de momento para leer un número en un papel y encontrar su homónimo en la parte inferior de los compartimentos aún me da la cabeza. El caso es que esta confusión había hecho que, casualmente, esa persona acabara sentada al lado de su pareja. Que si me importa sentarme en otro lado. No. No me importa. ¿Pero no habría sido más fácil decírmelo directamente en vez de hacerme esperar con toda mi mierda encima mientras me empujan y escupen? (Vale, igual no me estaban escupiendo, pero es que me estresa mucho viajar).

Me dirijo a mi nuevo asiento pensando que malo será que justo hoy nos estrellemos en medio de una terrible explosión y nuestros cuerpos queden completamente calcinados e irreconocibles y mis restos vayan a parar al mausoleo de la familia de un gilipollas.

El caso es que debido a esta "confusión" acabo sentado al lado de una persona que al poco de instalarme yo saca de su mochila un libro. Inmediatamente intento ver cuál es. Solo por juzgar, para qué nos vamos a engañar. Porque soy así de elitista. Para poder reírme con suficiencia si está leyendo, qué se yo, algo de Federico Moccia. Pero me calla la boca antes de que pueda empezar a pensar qué listo soy yo y qué idiota es el resto de la gente cuando leo el nombre de Martin Heidegger en la tapa del libro. Que digo yo que igual no es lo más ligerito para llevar de viaje. Porque vamos con Vueling, llega a ser Ryan Air y lo tiene que facturar.

Al cabo de un rato llega un fulano que reclama por legítimo derecho el asiento que ocupo yo y, antes de que pueda explicarle la situación, empieza a decir que es inaceptable que nos vendan el mismo billete a dos personas e inicia una arenga furiosa contra las compañías aéreas, pero, antes de que pueda empezar a prenderle fuego al avión con una antorcha adquirida en el duty free, la azafata consigue reubicar al individuo, que se queda de lo más contento en su nuevo asiento al lado de una ventanilla. Después, durante el vuelo, pude escuchar cómo pedía una cerveza y unas aceitunas. Y cómo las pagaba. Yo no me metería con una persona que compra cerveza y aceitunas en un avión. Seguro que hasta se tragó los huesos (a ese precio, ¿quién no?). A ese pavo le da absolutamente igual todo. De hecho, podría comprarse su propio avión, pero le gusta juntarse de vez en cuando con la plebe.

El tema es que mientras estoy con la vista fijada en mi mierda de libro empiezan a llegar a mis oídos los compases del más finísimo de los reguetones. Levanto la cabeza mosqueado en busca de la fuente del ruido y mi sorpresa es mayúscula cuando descubro que son los auriculares de la persona que llevo al lado. Puede que pienses que, leyendo a Heidegger, quizás se tratara de un reguetón de corte intelectual (si es que existe), o tal vez feminista o revolucionario, o sin letra por lo menos; pues no. Se ve que algún día este ser humano se dio un golpe muy duro en la cabeza contra la epistemología de la moral empírica (¡¿yo qué sé?!) y le quedó el oído algo tocado, por lo que un servidor podía distinguir perfectamente cada palabra de las "canciones" y, feministas, feministas, no eran. Pero vamos, que a cada uno le renta lo que le renta. A mí me gusta mojar galletas de chocolate en zumo de naranja y a esta persona le cunde acomodarse en su asiento del avión, abrir su tochaco de libro y poner el reguetón con el volumen al doce. ¿Quién soy yo para juzgar? Nadie. Lo único que digo es que leyendo a Heidegger y escuchando reguetón, al menos una de las dos cosas la tenía que estar haciendo por obligación. Lo que me preocupa a mí es si quien está coaccionando a esta persona para que haga algo contra su voluntad está entre nosotros en el avión y qué más le va a obligar a hacer, que yo soy muy paranoico y antes dije lo del accidente como si no me importara nada, pero tengo las mismas ganas de morir que... Bueno, que de escuchar a Heiddegger o leer reguetón. O como sea.

Pero al final no hubo que lamentar heridos. A lo mejor solo era un challenge de esos de la internet (bienvenidxs al Asombroso Blog del Espacio Viejuno). El caso es que esta persona debería andarse un poco con ojo cuando se examine de la materia (si es que era estudiante) o exponga sus conclusiones en la próxima tertulia filosófica a la que acuda, no vaya a ser que mezcle conceptos.

«El concepto de “ser” es indefinible, papi chulo. Es lo que se ha concluido de su suprema universalidad. Y con razón —si definitio fit per genus proximum et differentiam specificam— no eres tú, no eres tú, soy yo. En efecto, el “ser” no puede ser concebido como un ente, DES-PA-CITO; enti non additur aliqua natura: no se puede determinar el “ser” atribuyéndole una entidad. Pero me niego a perderte, a más nunca verte. El ser no es derivable definitoriamente desde conceptos más altos, ni puede ser explicado mediante conceptos inferiores, como yo te lo hacía. Pero, ¿se sigue de ello que el “ser” ya no presente problemas? Ni mucho menos, mamacita. Lo único que puede inferirse es que el “ser” no es algo así como un ente y un Uber para volver a casa. De ahí que esa forma de determinación de los entes, justificada dentro de ciertos límites, que es la “definición” de la lógica tradicional —lógica que tiene, ella misma, sus fundamentos en la ontología antigua— no sea aplicable al ser una vaina loca. La indefinibilidad del ser no dispensa de la pregunta por su sentido, sino que precisamente invita a ella. ¿Qué? Chocha, culo y teta».

Los problemas fundamentales de la fenomenología por perro, Heidegger feat. Maluma

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