Pues resulta que vino a visitarme un
colega —¿qué más te da? ¡Uno! Que lo quieres saber todo,
¡cotilla!— y consiguió aparcar justo en la puerta de mi casa.
¡Flipa! En la mismita puerta de mi edificio. Podrías escupirle a su
coche desde mi portal (no sé por qué querrías hacerlo, pero
podrías). Eso sí que tiene mérito y no sacarse un máster en la
Rey Juan Carlos (lo de aparcar, no lo de escupir). Nos fuimos a cenar
a casa de una amiga y al terminar dijimos que habría que bajar a
tomar un algo, ¿no? Ya que ha venido hasta aquí habrá que
enseñarle la ciudad con algo de nocturnidad, pero sin alevosía. El
caso es que en un momento dado el colega dice bueno, yo no me quiero
liar mucho, eh, chavales, y yo, bueno, te tendrás que liar lo que yo
me líe que llaves no hay más que estas. Y contesta que sin fallo,
que ya se quedó con que vivo en el 18, patada a la puerta, en plan
Corcuera, y a vivir. Y yo, hombre, no, vivo en el 16, más que nada
porque a ver si le vas a dar la patada a la puerta que no es. Y él,
¿cómo que en el 16? Tú vives en el 18. Y yo, ¡hay que joderse!
¡En el 16! Si lo sabré yo... Y él, que no, que no, que tú vives
en el 18, que me fijé yo antes, que dejé el coche delante de la
puerta. Y yo, ay mecagoendiós... Ya me empiezo a calentar. Porque no
hay cosa que más me joda en este mundo que la gente que pretende
saber de ti más que tú. Así que le digo, pero pavo, ¿me vas a
decir tú a mí dónde vivo yo? Y empiezo a notar un brillo de terror
en el fondo de sus ojos y pienso este se ha dado cuenta de que se ha
equivocado y ahora no sabe cómo rectificar, ¡pues que se joda! ¡No
haber insistido! El 18, el 18... mecagoen... Y él, bueno, vale...
Pues ya está. Nos metemos en el ascensor y pulsamos la planta baja y
a medida que va descendiendo la cabina impregnada de un silencio
denso me va viniendo a la cabeza como una imagen de mi portal,
lentamente, y empiezo a tener una anagnórisis, como cuando Edipo se
da cuenta de la que ha liado, y comprendo que, joder, el chaval
tiene razón... Que vivo en el 18, no en el 16... ¡¿Y yo qué culpa
tengo?! No me timbro yo a mí mismo muy a menudo, ¡un fallo lo tiene
cualquiera! Cómo es la gente, joder... ¿Qué queréis? ¿Que me
arranque los ojos como Edipo? ¡Pues no os voy a dar el gusto!
Y así entendí que el terror en los
ojos de mi amigo no era porque empezara a percatarse de que se había
equivocado, sino porque él, a su vez, también estaba sufriendo una
anagnórisis: se había dado cuenta de que tiene un colega que es
idiota en grado superlativo.
Todos tenemos uno, ¿a quién no le
asusta?
Pero lo importante en estas situaciones
no es tanto la metida de pata como saber gestionar la situación. ¿Y
qué hice yo? Me tomé un rato para reflexionar, que es lo que hacen
los sabios, tenía tiempo además, por lo menos hasta que volviéramos
a casa y se descubriera mi error. Pero claro, nos fuimos a tomar
algo, el tema se enfrió, hablamos de otras cosas, y llegó un punto
en el que ya era casi hasta improcedente volver a hablar del asunto.
Como de mal gusto. Así que lo dejé correr y pasamos una buena
noche. Muy buena, la verdad.
Y al volver a casa, allí plantados
debajo del número 18 que señala mi portal, mi colega me dijo:
¡¿ves?! ¿Ves como era el 18? Y ahí sí, no tuve más remedio que
actuar como se espera de un buen amigo, de la mejor de las maneras,
con elegancia y gallardía, y le contesté: ¡Pero si eso es lo que
yo decía! ¡El 16 decías tú! ¡Chalao!
Ya he dicho que soy idiota, ¿qué otra
cosa esperabais?
1 comentario:
Precioso contumacismo idiótico. Por estas pequeñas cosas es que se te quiere.
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