22/10/18

El mundo en mi cocina

Ya es de noche y entro en la cocina. Al encender la luz me sobresalta un movimiento en el suelo de baldosas blancas. Una cucaracha, tumbada boca arriba, lucha denodadamente, moviendo frenéticamente las patitas, por darse la vuelta. Sin éxito.

Me quedo paralizado mientras me embargan sentimientos enfrentados. Primero, la sorpresa. Nunca había visto una cucaracha en esta casa. Segundo, la soledad. No hay nadie hoy aquí con quien compartir el hallazgo y que —tercero, el egoísmo— se haga cargo de la situación. Cuarto: siento lástima por ver al pobre animal ahí tirado luchando por sobrevivir. El quinto sentimiento es, sin embargo, más prosaico: el ASCO. Ese caparazón duro, esas antenas grimosas, esas patitas que se mueven espasmódicamente y que a saber por qué insalubres superficies se habrán paseado.

No sé qué hacer. No soy capaz de ayudarla, porque para ayudarla tendría que darle la vuelta y la sola idea de tocarla, aunque sea con un palo (¿de dónde voy a sacar un palo en casa?), me produce repelús. Lo visualizo en mi mente: le doy la vuelta con algo (¿con qué? ¿qué estaría dispuesto a sacrificar —porque sea lo que sea lo que utilizara tendría que tirarlo después— para salvar a una cucaracha?) e inmediatamente la cucaracha sale despedida hacia mis pies descalzos, salto asustado y aterrizo con mis pies desnudos sobre el insecto... Arcada.

Además, si le doy la vuelta la sensatez dicta que tendría que matarla porque no voy a pasar la noche con una cucaracha rondando por la casa. Y darle la vuelta para matarla sería bastante absurdo. Sería, no sé, como encerrar a un animal, cegarlo parcialmente, hacerle diversas heridas, debilitarlo de diferentes modos y después soltarlo y dejar que un fulano lo torture más antes de matarlo pretendiendo que están en igualdad de condiciones. ¿Quién haría algo así?

La situación no podría ser más idónea para que yo mate a la cucaracha. Pero no puedo. Por pena, sí, pero también por asco. No puedo con la idea de sentir ese exoesqueleto crujiendo bajo una zapatilla mientras pongo fin a una vida. Pienso en el pobre Gregorio Samsa y simplemente no soy capaz de hacerlo. Asco y pena, qué combinación (algo así como lo que se siente al ver El Correo Gallego). Así que elijo la opción más fácil pero más cruel: no hacer nada; porque no matarla, dejar que agonice tirada en el suelo, es también un acto de crueldad. Elijo dejar que la naturaleza siga su curso y que la selección natural haga su trabajo. Como si la cosa no fuera conmigo.

Pienso que es una buena metáfora del mundo, de cómo se está yendo al carajo mientras hace un último esfuerzo por sobrevivir. Escojo la opción que yo y otros muchos escogemos muy a menudo: aplazar los problemas de hoy para mañana. Elijo dejar que la cucaracha agonice hasta que muera y recoger el cadáver mañana por la mañana. Cierro la puerta de la cocina, como si eso pudiera aislarme de ella en el improbable caso de que consiga darse la vuelta y decida venir a vengarse de mí por no haberla ayudado frotando sus patitas de insecto en mi cara mientras duermo, quizás meterse en mi boca y hacerse fuerte en mi garganta asfixiándome hasta la muerte.

Me voy a la cama tratando de olvidar el asunto y pienso que podría ser peor. Podría ser como ese personaje de La broma infinita que tenía tantas cucarachas en casa que tenía que ducharse con agua hirviendo para evitar que le cayeran encima por las cañerías; unas cucarachas tan resistentes a todo tipo de veneno que la única forma de acabar con ellas era poniéndoles un vaso encima y dejando que agonizaran, recogiendo al día siguiente un montón de vasos empañados por el vapor de los insectos muertos. Pero podría ser aun peor: podrían obligarme a leer otra vez La broma infinita.

Cuando me despierto a la mañana siguiente me desconcierta el ver la puerta de la cocina cerrada porque nunca la dejo así y recuerdo el episodio de la noche anterior, que había olvidado por completo. Me mentalizo para enfrentarme al cuerpo sin vida de la cucaracha —¿a quién no le encanta empezar el día recogiendo el cadáver de un insecto?— y, al abrir la puerta, me sorprendo al no encontrar ningún rastro del bicho.

¿Qué ha pasado? Puede que haya muerto y se haya desintegrado, como el viejo Ben Kenobi al ser tocado por el láser de Darth Vader (tal vez vuelva en forma de visión o de voz en mi cabeza para aconsejarme en la vida); puede que haya regresado a su planeta o tal vez un insecto más grande y asqueroso haya venido a devorarla. Quizás haya conseguido darse la vuelta y ahora disfruta de una segunda oportunidad y decida ser mejor cucaracha ayudando y cuidando de las otras cucarachas a las que realmente aprecia y quiere. Quizás solo estaba bailando break dance y yo he exagerado todo este asunto. Ni todo es una metáfora ni todo va sobre mí, por mucho que suceda en mi cocina.

No lo sé. Pero la lección que me enseña esta historia está bastante clara: los problemas se solucionan por sí solos si los ignoras con suficiente intensidad.

Luis Scafati

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