Ya es de noche y entro en la cocina. Al
encender la luz me sobresalta un movimiento en el suelo de baldosas
blancas. Una cucaracha, tumbada boca arriba, lucha denodadamente,
moviendo frenéticamente las patitas, por darse la vuelta. Sin éxito.
Me quedo paralizado mientras me
embargan sentimientos enfrentados. Primero, la sorpresa. Nunca había
visto una cucaracha en esta casa. Segundo, la soledad. No hay nadie
hoy aquí con quien compartir el hallazgo y que —tercero, el
egoísmo— se haga cargo de la situación. Cuarto: siento lástima
por ver al pobre animal ahí tirado luchando por sobrevivir. El
quinto sentimiento es, sin embargo, más prosaico: el ASCO. Ese
caparazón duro, esas antenas grimosas, esas patitas que se mueven
espasmódicamente y que a saber por qué insalubres superficies se
habrán paseado.
No sé qué hacer. No soy capaz de
ayudarla, porque para ayudarla tendría que darle la vuelta y la sola
idea de tocarla, aunque sea con un palo (¿de dónde voy a sacar un
palo en casa?), me produce repelús. Lo visualizo en mi mente: le doy
la vuelta con algo (¿con qué? ¿qué estaría dispuesto a
sacrificar —porque sea lo que sea lo que utilizara tendría que
tirarlo después— para salvar a una cucaracha?) e inmediatamente la
cucaracha sale despedida hacia mis pies descalzos, salto asustado y
aterrizo con mis pies desnudos sobre el insecto... Arcada.
Además, si le doy la vuelta la
sensatez dicta que tendría que matarla porque no voy a pasar la
noche con una cucaracha rondando por la casa. Y darle la vuelta para
matarla sería bastante absurdo. Sería, no sé, como encerrar a un
animal, cegarlo parcialmente, hacerle diversas heridas, debilitarlo
de diferentes modos y después soltarlo y dejar que un fulano lo
torture más antes de matarlo pretendiendo que están en igualdad de
condiciones. ¿Quién haría algo así?
La situación no podría ser más
idónea para que yo mate a la cucaracha. Pero no puedo. Por pena, sí,
pero también por asco. No puedo con la idea de sentir ese
exoesqueleto crujiendo bajo una zapatilla mientras pongo fin a una
vida. Pienso en el pobre Gregorio Samsa y simplemente no soy capaz de
hacerlo. Asco y pena, qué combinación (algo así como lo que se
siente al ver El Correo Gallego). Así que elijo la opción más
fácil pero más cruel: no hacer nada; porque no matarla, dejar que
agonice tirada en el suelo, es también un acto de crueldad. Elijo
dejar que la naturaleza siga su curso y que la selección natural
haga su trabajo. Como si la cosa no fuera conmigo.
Pienso que es una buena metáfora del
mundo, de cómo se está yendo al carajo mientras hace un último
esfuerzo por sobrevivir. Escojo la opción que yo y otros muchos
escogemos muy a menudo: aplazar los problemas de hoy para mañana.
Elijo dejar que la cucaracha agonice hasta que muera y recoger el
cadáver mañana por la mañana. Cierro la puerta de la cocina, como
si eso pudiera aislarme de ella en el improbable caso de que consiga
darse la vuelta y decida venir a vengarse de mí por no haberla
ayudado frotando sus patitas de insecto en mi cara mientras duermo,
quizás meterse en mi boca y hacerse fuerte en mi garganta
asfixiándome hasta la muerte.
Me voy a la cama tratando de olvidar el
asunto y pienso que podría ser peor. Podría ser como ese personaje
de La broma infinita que tenía tantas cucarachas en casa que
tenía que ducharse con agua hirviendo para evitar que le cayeran
encima por las cañerías; unas cucarachas tan resistentes a todo
tipo de veneno que la única forma de acabar con ellas era
poniéndoles un vaso encima y dejando que agonizaran, recogiendo al
día siguiente un montón de vasos empañados por el vapor de los
insectos muertos. Pero podría ser aun peor: podrían obligarme a
leer otra vez La broma infinita.
Cuando me despierto a la mañana
siguiente me desconcierta el ver la puerta de la cocina cerrada
porque nunca la dejo así y recuerdo el episodio de la noche
anterior, que había olvidado por completo. Me mentalizo para
enfrentarme al cuerpo sin vida de la cucaracha —¿a quién no le
encanta empezar el día recogiendo el cadáver de un insecto?— y,
al abrir la puerta, me sorprendo al no encontrar ningún rastro del
bicho.
¿Qué ha pasado? Puede que haya muerto
y se haya desintegrado, como el viejo Ben Kenobi al ser tocado por el
láser de Darth Vader (tal vez vuelva en forma de visión o de voz en
mi cabeza para aconsejarme en la vida); puede que haya regresado a su
planeta o tal vez un insecto más grande y asqueroso haya venido a
devorarla. Quizás haya conseguido darse la vuelta y ahora disfruta
de una segunda oportunidad y decida ser mejor cucaracha ayudando y
cuidando de las otras cucarachas a las que realmente aprecia y
quiere. Quizás solo estaba bailando break dance y yo he
exagerado todo este asunto. Ni todo es una metáfora ni todo va sobre
mí, por mucho que suceda en mi cocina.
No lo sé. Pero la lección que me
enseña esta historia está bastante clara: los problemas se
solucionan por sí solos si los ignoras con suficiente intensidad.
![]() |
| Luis Scafati |

No hay comentarios:
Publicar un comentario