19/9/18

Año nuevo, misma vida

Y digo yo, ¿por qué muchas veces cuando alguien hace un monólogo lo termina diciendo algo así como «muchas gracias, habéis sido un público maravilloso»?

Me refiero, claro, a esos monólogos en teatros, especialmente los televisados. Entiendo que si actúas en un bar de carretera, o para la mafia o cualquier otra compañía telefónica, tu vida pueda llegar a correr peligro si no cumples los estándares de calidad y que por ello al final de tu actuación quieras dar gracias al respetable por no haberte acuchillado. Pero en los demás casos...

Esto es algo que no pasa en otros aspectos de la vida. No me imagino a nadie yendo a la charcutería y que le digan tome, aquí tiene su pedido, ha sido un consumidor estupendo; o cuando te arreglan un grifo: gracias, ha sido un cliente de primera.

La única situación similar que se me ocurre es cuando en nuestra más tierna infancia íbamos al médico y después de examinarnos nos decían muy bien, has sido muy valiente, te has portado estupendamente, eres una niña muy buena. Lo recordarás porque instantes después te daban el palo ese que te habían metido hasta el fondo de la garganta para que te lo llevaras de regalo. Me pregunto si lo siguen haciendo. ¿Examinar con un palo a los enfermos o regalárselo después? Las dos cosas. Hola, siglo XXI.

Agradecer a la audiencia por el simple hecho de estar ahí es algo que solo se ve en espectáculos, es algo muy televisivo, como lo es también la figura de ese policía que coge las cosas en los escenarios de los crímenes con el extremo de un bolígrafo. ¿En qué piensa cuando hace eso? Podría ponerme unos guantes y coger las cosas como las personas, pero en vez de eso usaré este boli para levantar cualquier objeto: una pistola, una prenda ensangrentada, un condón usado... Que luego yo me los imagino en casa sentados en el sofá resolviendo un crucigrama, llevándose a la boca el mismo bolígrafo con el que horas antes hurgaban en el agujero de bala de un cadáver putrefacto. «Mmmmm... Seis letras, impresión desagradable causada por algo que repugna...», mientras chuperretean el boli. ASCAZO. ¿Papá, me dejas el bolígrafo para terminar los deberes? Sí, claro, pero no te metas el dedo en la nariz, eso es una GUARRADA. Muy bien.

Que te digan que has sido un buen público me parece algo insultante. ¿Qué esperaban? ¿Que le tirara del pelo a la persona de delante? ¿Que me pusiera a llorar? ¿Que me meara encima? Es como si estuvieran diciendo «sé que eres gilipollas, pero gracias por contenerte este ratito».

Este es el tipo de cosas que se me pasan por la cabeza. Me olvido del monólogo y me centro en la despedida, o no veo una escena familiar entre un policía y su prole, quizás el momento que la película emplea para humanizar al arisco miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado antes de ser acribillado a tiros por el malo malísimo, solamente veo la grima que me produce ese bolígrafo asqueroso. Y así me pasa constantemente.

Sin ir más lejos, el otro día vino a visitarme un amigo al que hacía tiempo que no veía. Me recogió en mi casa con su coche y se suponía que teníamos que ir hasta la casa de otro amigo que vive en la otra punta de la ciudad. Personalmente, sé que podría desempeñar muchos y muy variados oficios, pero taxista no es uno de ellos. Intenté guiarme con mi móvil, pero mi teléfono y yo tenemos una relación complicada y hay ciertos gadgets tecnológicos que no le da la gana de que use. Tras pasar dos o tres veces por el mismo sitio, mi amigo me dijo que lo intentara con el suyo. Así que ahí estoy intentando guiarnos con su teléfono mientras me va poniendo al día de su vida. Si normalmente ya me resulta difícil centrarme en una conversación si hay demasiados estímulos a mi alrededor, es todavía peor si tengo que ir siguiendo y transmitiendo instrucciones de un GPS. El caso es que en un momento dado me cuenta que por primera vez hizo sexting. Para aquellas personas que no sepan qué es eso: es la manera elegante de decir que se estuvo enviando mensajes guarros con otra persona mientras abusaba de sí mismo. Una actividad cada vez más extendida y en la que también hay clases. El común de los mortales sextean de uno en uno, mientras que las personas en las altas esferas con un solo mensaje nos follan a todos (Nota: esto lo escribí cuando estaba en auge todo el temita de Rajoy y los sms, pero a quién le importa ya eso, ¿verdad?).

Y me lo cuenta sin más y pasa a otra cosa. Como quien dice «ayer probé el hummus del Mercadona y ni tan mal». Así que ahí estamos dando vueltas en una rotonda mientras me cuenta que sus padres han tenido un accidente, que está atravesando una ruptura amorosa y lo estresado que está por el máster que está estudiando, que me parece extraño que se estrese por un máster pero pueda dar vueltas y vueltas a una rotonda mientras me cuenta su vida, y yo tengo que seguir el hilo de la conversación y decidir qué salida de la rotonda tomar escrutando el móvil de mi amigo entre mis manos, y todas las salidas me parecen la misma, la que ya habíamos tomado dos o tres veces antes, y lo único en lo que puedo pensar es en que por favor, que durante el sexting no haya alternado las manos.

Así soy yo, no hay más. Todos los problemas por los que mi amigo atraviesa y yo pensando joder, que no haya tocado su pito y el móvil con la misma mano. Que no es que me dé asco ni mi colega ni su pene, pero preferiría que mi mano no entrase en contacto con él (con el pene, no con mi amigo). Mientras trataba de calcular lo que yo llamo el grado del asco, o sea, la cercanía con la que habría tocado su miembro, es decir, primer grado si se lo sujeto directamente; segundo grado, si toco su mano después de que él lo haya tocado; tercer grado, si toco el móvil después de que él lo haya tocado con la mano con la que se tocó el pene, etc, intento localizar con la vista algún objeto afilado con el que cortarme mi propia mano y lanzarla por la ventanilla; con un poco de suerte quizás caiga en el asfalto señalando la maldita salida de la rotonda antes de que alguno de los dos vomite con tanta vuelta, porque con el mareo que llevo encima no estoy preparado para hacer el cálculo del grado del asco con los restos de la digestión de mi colega.

Pero no siempre soy así. A veces me pongo serio y pienso en cosas trascendentales. Ayer, por ejemplo, en la comida familiar tenía sentada a un lado a mi abuela y, al otro, a mi hermana embarazada. Detrás de mí tenía una pared. Enfrente, la mesa, obviamente. Y se me da por pensar que en el improbable caso de que hubiera un incendio, Dios no lo quiera, toco madera, me tiro la sal por encima del hombro, tendría que tomar una decisión. Es algo jodido, pero es así, nadie dijo que la vida fuera fácil. Es un momento de tensión: a un lado mi hermana embarazada y al otro mi abuela, pasado, presente y futuro de mi familia, y yo tendría que elegir. Se declara un incendio, ¿qué hago? Es una elección complicada... Las dos tienen dificultades para moverse con rapidez, así que... ¿Salto por encima de la mesa o paso por debajo en mi carrera hacia la puerta apartando y/o pisoteando a todo bicho viviente que se ponga en mi camino?

Esto es lo que hay, amigas y amigos del Espacio Exterior, y no tengo intención de cambiar. Ningún propósito de año nuevo; ni apuntarme al gimnasio, ni dietas, ni mandangas, así soy y así quiero morir. Muchas gracias por leer hasta aquí, habéis sido un público maravilloso.

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