Me
refiero, claro, a esos monólogos en teatros, especialmente los
televisados. Entiendo que si actúas en un bar
de carretera, o para la mafia o cualquier otra compañía telefónica,
tu vida pueda llegar a correr peligro si no cumples los estándares
de calidad y que por ello al final de tu actuación quieras dar
gracias al respetable por no haberte acuchillado. Pero en los demás
casos...
Esto es algo que no pasa en otros
aspectos de la vida. No me imagino a nadie yendo a la charcutería y
que le digan tome, aquí tiene su pedido, ha sido un consumidor
estupendo; o cuando te arreglan un grifo: gracias, ha sido un cliente
de primera.
La única situación similar que se me
ocurre es cuando en nuestra más tierna infancia íbamos al médico y
después de examinarnos nos decían muy bien, has sido muy valiente,
te has portado estupendamente, eres una niña muy buena. Lo
recordarás porque instantes después te daban el palo ese que te
habían metido hasta el fondo de la garganta para que te lo llevaras
de regalo. Me pregunto si lo siguen haciendo. ¿Examinar con un palo
a los enfermos o regalárselo después? Las dos cosas. Hola, siglo
XXI.
Agradecer a la audiencia por el simple
hecho de estar ahí es algo que solo se ve en espectáculos, es algo
muy televisivo, como lo es también la figura de ese policía que
coge las cosas en los escenarios de los crímenes con el extremo de
un bolígrafo. ¿En qué piensa cuando hace eso? Podría ponerme unos
guantes y coger las cosas como las personas, pero en vez de eso usaré
este boli para levantar cualquier objeto: una pistola, una prenda
ensangrentada, un condón usado... Que luego yo me los imagino en
casa sentados en el sofá resolviendo un crucigrama, llevándose a la
boca el mismo bolígrafo con el que horas antes hurgaban en el
agujero de bala de un cadáver putrefacto. «Mmmmm... Seis letras,
impresión desagradable causada por algo que repugna...», mientras
chuperretean el boli. ASCAZO. ¿Papá, me dejas el bolígrafo para
terminar los deberes? Sí, claro, pero no te metas el dedo en la
nariz, eso es una GUARRADA. Muy bien.
Que te digan que has sido un buen
público me parece algo insultante. ¿Qué esperaban? ¿Que le tirara
del pelo a la persona de delante? ¿Que me pusiera a llorar? ¿Que me
meara encima? Es como si estuvieran diciendo «sé que eres
gilipollas, pero gracias por contenerte este ratito».
Este es el tipo de cosas que se me
pasan por la cabeza. Me olvido del monólogo y me centro en la
despedida, o no veo una escena familiar entre un policía y su prole,
quizás el momento que la película emplea para humanizar al arisco
miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado antes de ser
acribillado a tiros por el malo malísimo, solamente veo la grima que
me produce ese bolígrafo asqueroso. Y así me pasa constantemente.
Sin ir más lejos, el otro día vino a
visitarme un amigo al que hacía tiempo que no veía. Me recogió en
mi casa con su coche y se suponía que teníamos que ir hasta la casa
de otro amigo que vive en la otra punta de la ciudad. Personalmente,
sé que podría desempeñar muchos y muy variados oficios, pero
taxista no es uno de ellos. Intenté guiarme con mi móvil, pero mi
teléfono y yo tenemos una relación complicada y hay ciertos gadgets
tecnológicos que no le da la gana de que use. Tras pasar dos o tres
veces por el mismo sitio, mi amigo me dijo que lo intentara con el
suyo. Así que ahí estoy intentando guiarnos con su teléfono
mientras me va poniendo al día de su vida. Si normalmente ya me
resulta difícil centrarme en una conversación si hay demasiados
estímulos a mi alrededor, es todavía peor si tengo que ir siguiendo
y transmitiendo instrucciones de un GPS. El caso es que en un momento
dado me cuenta que por primera vez hizo sexting. Para aquellas
personas que no sepan qué es eso: es la manera elegante de decir que
se estuvo enviando mensajes guarros con otra persona mientras abusaba
de sí mismo. Una actividad cada vez más extendida y en la que
también hay clases. El común de los mortales sextean de uno
en uno, mientras que las personas en las altas esferas con un solo
mensaje nos follan a todos (Nota: esto lo escribí cuando estaba en
auge todo el temita de Rajoy y los sms, pero a quién le importa ya
eso, ¿verdad?).
Y me lo cuenta sin más y pasa a otra
cosa. Como quien dice «ayer probé el hummus del Mercadona y ni tan
mal». Así que ahí estamos dando vueltas en una rotonda mientras me
cuenta que sus padres han tenido un accidente, que está atravesando
una ruptura amorosa y lo estresado que está por el máster que está
estudiando, que me parece extraño que se estrese por un máster pero
pueda dar vueltas y vueltas a una rotonda mientras me cuenta su vida,
y yo tengo que seguir el hilo de la conversación y decidir qué
salida de la rotonda tomar escrutando el móvil de mi amigo entre mis
manos, y todas las salidas me parecen la misma, la que ya habíamos
tomado dos o tres veces antes, y lo único en lo que puedo pensar es
en que por favor, que durante el sexting no haya alternado las
manos.
Así soy yo, no hay más. Todos los
problemas por los que mi amigo atraviesa y yo pensando joder, que no
haya tocado su pito y el móvil con la misma mano. Que no es que me
dé asco ni mi colega ni su pene, pero preferiría que mi mano no
entrase en contacto con él (con el pene, no con mi amigo). Mientras
trataba de calcular lo que yo llamo el grado del asco, o sea, la
cercanía con la que habría tocado su miembro, es decir, primer
grado si se lo sujeto directamente; segundo grado, si toco su mano
después de que él lo haya tocado; tercer grado, si toco el móvil
después de que él lo haya tocado con la mano con la que se tocó el
pene, etc, intento localizar con la vista algún objeto afilado con
el que cortarme mi propia mano y lanzarla por la ventanilla; con un
poco de suerte quizás caiga en el asfalto señalando la maldita
salida de la rotonda antes de que alguno de los dos vomite con tanta
vuelta, porque con el mareo que llevo encima no estoy preparado para
hacer el cálculo del grado del asco con los restos de la digestión
de mi colega.
Pero no siempre soy así. A veces me
pongo serio y pienso en cosas trascendentales. Ayer, por ejemplo, en
la comida familiar tenía sentada a un lado a mi abuela y, al otro, a
mi hermana embarazada. Detrás de mí tenía una pared. Enfrente, la
mesa, obviamente. Y se me da por pensar que en el improbable caso de
que hubiera un incendio, Dios no lo quiera, toco madera, me tiro la
sal por encima del hombro, tendría que tomar una decisión. Es algo
jodido, pero es así, nadie dijo que la vida fuera fácil. Es un
momento de tensión: a un lado mi hermana embarazada y al otro mi
abuela, pasado, presente y futuro de mi familia, y yo tendría que
elegir. Se declara un incendio, ¿qué hago? Es una elección
complicada... Las dos tienen dificultades para moverse con rapidez,
así que... ¿Salto por encima de la mesa o paso por debajo en mi
carrera hacia la puerta apartando y/o pisoteando a todo bicho
viviente que se ponga en mi camino?
Esto es lo que hay, amigas y amigos del
Espacio Exterior, y no tengo intención de cambiar. Ningún propósito
de año nuevo; ni apuntarme al gimnasio, ni dietas, ni mandangas, así
soy y así quiero morir. Muchas gracias por leer hasta aquí, habéis
sido un público maravilloso.
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