En cuanto puse un pie en Escocia supe, casi de manera
inmediata, que mi destino era morir atropellado. No era solo por el hecho de
que aquí se conduzca por el lado contrario, sino porque hay algunos cruces en
los que los coches aparecen de manera sorpresiva por los lugares más
inverosímiles. Es como si alguien apretara el botón de improbabilidad de la Guía del autoestopista galáctico y, allí
donde antes estaba un inofensivo adoquín, se materializara un Volkswagen todo
terreno y asesino, haciendo la tarea de cruzar la calle prácticamente
imposible. En rojo, quiero decir. Por supuesto, puedes esperar a que se ponga
en verde el semáforo, pero es una tarea tediosa y, además, ¿qué es la vida sin
un poco de riesgo?
Sin embargo, no tuve problemas en asumir mi destino. Somos
mucha gente en este planeta y no todos podemos morir de manera heroica o en
nuestra cama rodeados de nuestros seres queridos tras una vida larga y plena.
Algunos tienen que morir de una macetazo en la cabeza y otros agonizando bajo
las ruedas de un autobús de dos plantas.
Esto fue, por su puesto, antes de encontrar piso y de que mi
destino cambiara.
Cuando empiezas a vivir en una nueva casa, todo te parece
maravilloso. El salón luminoso, la cocina completamente equipada, el amplio
dormitorio y el baño perfecto. Te sorprenden los altísimos techos del piso y
las cosas que han dejado los inquilinos anteriores, como un microondas en el
armario de la lavadora (quizás para secar los calcetines), unos cuadros
horteras escondidos y una escalera de mano que encontramos en el pasillo. ¿Para
qué querría el anterior inquilino una escalera?
Sin embargo, poco a poco vas descubriendo detallitos,
minucias, ligeros defectos de tu nueva morada, como, por ejemplo, la ausencia
total de persianas. Aunque, dicho sea en defensa de tu casa, no es este un
defecto exclusivo de tu vivienda, sino que el Reino Unido tiene en marcha una
inexplicable cruzada contra uno de los inventos más prácticos de la historia.
Los días van pasando y empiezas a temer que, en vez de atropellado, morirás por
falta de sueño. Hasta que llega un día en que te acostumbras a levantarte con
los primeros rayos de sol. Es como si Escocia te estuviera diciendo “levántate
de la cama y haz algo con tu vida, busca un trabajo o planta un árbol”. Así que
lo haces. Lo de buscar el trabajo, el árbol puede esperar.
Y es que Escocia se preocupa por ti. Es por eso que tenemos
no una, sino dos, alarmas de incendio en el pasillo. Parece que en este país
impera una extrema preocupación por la seguridad, que quedó patente el día en
que nos pidieron nuestros DNIs (¿cómo es el plural de DNI? ¿DNIs, deneís,
deneises?) para comprar unos cuchillos de untar. Un arma tan peligrosa como un
peluche de Mike Wazowski. En serio, te haría más daño con ese cuchillo
pegándote con el mango que intentando apuñalarte. Si un día te despertaras en
un baño desconocido y sucio encadenado por un tobillo a una tubería, te
liberarías antes intentando romper la cadena a lametazos que cortándote la
pierna con ese cuchillo.
Esa exagerada preocupación por la seguridad es, sin embargo,
contraproducente. Las alarmas antiincendios son tan sensibles, suenan tan a
menudo, que la gente ya no les hace caso. Un amigo me contó que en el piso de
debajo de su casa estuvo la alarma sonando dos días, ¡dos días!, y por allí no
apareció nadie, ni bomberos, ni policía, ni el portero con un cubo de agua.
Y nuestra casa no es una excepción. Cada vez que cocinamos,
las alarmas saltan como si estuvieran anunciando el rancho para todo el
edificio. Una vez incluso saltaron al hacer unas tostadas. Y es en ese momento,
cuando estás bregando con la sartén y tus tímpanos empiezan a sangrar por el
volumen del pitido, cuando te das cuenta de que los techos altos quizás no sean
la bendición que pensaste que eran. Y es en ese preciso instante también,
cuando encuentras la respuesta al enigma de por qué el anterior inquilino
tendría una escalera, al mismo tiempo que lo bendices por no habérsela llevado.
Y allí, en lo alto de la escalera, maldices a tus padres por no haberte dado
más Cola-Cao en tu infancia, mientras desciendes de un salto, corres a la
cocina, coges una cuchara de madera, te encaramas de nuevo a la escalera y, de
puntillas, con el mango de la cuchara intentas pulsar el botón de parada de la
alarma mientras haces un ejercicio de equilibrismo, rezando para no romperte la
crisma, porque la sangre debe de ser jodida de limpiar en la moqueta. Todo esto
llevado a cabo con una urgencia extrema. No sé qué efecto produce en el ser
humano un sonido altísimo y desagradable que le impele a moverse con una
celeridad pasmosa. Quizás lleve conmigo una bocina de barco en mi próxima
visita al banco.
Otro pequeño detallito típico de las viviendas británicas
son los grifos separados. Un alarde de ingenio, una obra maestra de fontanería
británica. A alguna mente preclara le debió parecer lo más obvio: un grifo para
el agua fría, y otro para la caliente. Elemental, querido Watson. El término
“templado” es una cuestión de tiempo para el cerebro escocés; el tiempo que
tardan en derretirse los cubitos de hielo que salen por el grifo azul o en
enfriarse el magma del infierno que sale por el grifo rojo. Así que al fregar
tienes dos opciones, perder uno o dos dedos por congelación o ir perdiendo
diferentes capas de piel hasta llegar al hueso.
Al principio, pensé que la mejor opción era ir alternando de
un grifo a otro. Cuando tenía las manos hirviendo y notaba cómo se evapora mi
piel, cambiaba para el agua fría, y así sucesivamente. La sensación de pasar de
un terrible calor a un inmenso frío es tan maravillosa que no puedo hacer otra
cosa que recomendársela a todo el mundo. Y, después, secarse las manos a
martillazos. Tengo pendiente hacer una pequeña investigación sobre cómo se
pusieron de acuerdo para implantar este sistema, aunque algo me dice que un fabricante
de lavavajillas anda detrás de todo el asunto.
Los techos altos también son una jodienda curiosa cuando el
fluorescente de la cocina decide, sin consultarte, dejar de funcionar
correctamente. No es que se funda y se apague por completo, sino que empieza a
parpadear a intervalos aleatorios, convirtiendo tu cocina en una rave
improvisada.
Entonces comprendí que el escenario de mi muerte sería tal
que así: mientras algo se cocina en la sartén a fuego lento, aprovecho para
fregar algunos platos. Con las manos destrozadas por quemaduras de tercer
grado, el fluorescente comienza a parpadear como en una discoteca de
pastilleros. Sufriendo un ataque de epilepsia, corro a por la escalera del
pasillo y, de puntillas, intento apretar el fluorescente a riesgo de morir
electrocutado porque, como soy imbécil, no he apagado la luz, cuando, de
pronto, comienza a sonar la alarma de incendios. Si no me da un infarto por el
susto, me caeré desde lo más alto, aterrizando con toda probabilidad en la
sartén. Cuando el forense me realice la autopsia, se pronunciará sin la menor
duda: muerte por Escocia.
Ante este panorama, morir atropellado por un autobús rojo de
dos plantas ya no me parece tan terrible.
2 comentarios:
Me ha encantado Berto, como sugerencias para vivir dos años mas, debes buscar los pasos de peatones que pongan en el suelo "look right o look left" nunca falla.
A modo personal y sin querer saltarme ninguna ley británica, aquí va mi segunda sugerencia art attack. Papel film para alimentos y enróllalo alrededor de las alarmas. No falla, no vuelven a saltar.
Un saludo desde Nottingham
¡Muchas gracias Marta!
El problema es cuando el paso de peatones no tiene el "look right, look left", pero en ese caso seguiré por la misma acera hasta que encuentro uno.
¡Lo del art attack es una buena idea!
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