12/2/15

Morir en Escocia

En cuanto puse un pie en Escocia supe, casi de manera inmediata, que mi destino era morir atropellado. No era solo por el hecho de que aquí se conduzca por el lado contrario, sino porque hay algunos cruces en los que los coches aparecen de manera sorpresiva por los lugares más inverosímiles. Es como si alguien apretara el botón de improbabilidad de la Guía del autoestopista galáctico y, allí donde antes estaba un inofensivo adoquín, se materializara un Volkswagen todo terreno y asesino, haciendo la tarea de cruzar la calle prácticamente imposible. En rojo, quiero decir. Por supuesto, puedes esperar a que se ponga en verde el semáforo, pero es una tarea tediosa y, además, ¿qué es la vida sin un poco de riesgo?
Sin embargo, no tuve problemas en asumir mi destino. Somos mucha gente en este planeta y no todos podemos morir de manera heroica o en nuestra cama rodeados de nuestros seres queridos tras una vida larga y plena. Algunos tienen que morir de una macetazo en la cabeza y otros agonizando bajo las ruedas de un autobús de dos plantas.
Esto fue, por su puesto, antes de encontrar piso y de que mi destino cambiara.
Cuando empiezas a vivir en una nueva casa, todo te parece maravilloso. El salón luminoso, la cocina completamente equipada, el amplio dormitorio y el baño perfecto. Te sorprenden los altísimos techos del piso y las cosas que han dejado los inquilinos anteriores, como un microondas en el armario de la lavadora (quizás para secar los calcetines), unos cuadros horteras escondidos y una escalera de mano que encontramos en el pasillo. ¿Para qué querría el anterior inquilino una escalera?
Sin embargo, poco a poco vas descubriendo detallitos, minucias, ligeros defectos de tu nueva morada, como, por ejemplo, la ausencia total de persianas. Aunque, dicho sea en defensa de tu casa, no es este un defecto exclusivo de tu vivienda, sino que el Reino Unido tiene en marcha una inexplicable cruzada contra uno de los inventos más prácticos de la historia. Los días van pasando y empiezas a temer que, en vez de atropellado, morirás por falta de sueño. Hasta que llega un día en que te acostumbras a levantarte con los primeros rayos de sol. Es como si Escocia te estuviera diciendo “levántate de la cama y haz algo con tu vida, busca un trabajo o planta un árbol”. Así que lo haces. Lo de buscar el trabajo, el árbol puede esperar.
Y es que Escocia se preocupa por ti. Es por eso que tenemos no una, sino dos, alarmas de incendio en el pasillo. Parece que en este país impera una extrema preocupación por la seguridad, que quedó patente el día en que nos pidieron nuestros DNIs (¿cómo es el plural de DNI? ¿DNIs, deneís, deneises?) para comprar unos cuchillos de untar. Un arma tan peligrosa como un peluche de Mike Wazowski. En serio, te haría más daño con ese cuchillo pegándote con el mango que intentando apuñalarte. Si un día te despertaras en un baño desconocido y sucio encadenado por un tobillo a una tubería, te liberarías antes intentando romper la cadena a lametazos que cortándote la pierna con ese cuchillo.
Esa exagerada preocupación por la seguridad es, sin embargo, contraproducente. Las alarmas antiincendios son tan sensibles, suenan tan a menudo, que la gente ya no les hace caso. Un amigo me contó que en el piso de debajo de su casa estuvo la alarma sonando dos días, ¡dos días!, y por allí no apareció nadie, ni bomberos, ni policía, ni el portero con un cubo de agua.
Y nuestra casa no es una excepción. Cada vez que cocinamos, las alarmas saltan como si estuvieran anunciando el rancho para todo el edificio. Una vez incluso saltaron al hacer unas tostadas. Y es en ese momento, cuando estás bregando con la sartén y tus tímpanos empiezan a sangrar por el volumen del pitido, cuando te das cuenta de que los techos altos quizás no sean la bendición que pensaste que eran. Y es en ese preciso instante también, cuando encuentras la respuesta al enigma de por qué el anterior inquilino tendría una escalera, al mismo tiempo que lo bendices por no habérsela llevado. Y allí, en lo alto de la escalera, maldices a tus padres por no haberte dado más Cola-Cao en tu infancia, mientras desciendes de un salto, corres a la cocina, coges una cuchara de madera, te encaramas de nuevo a la escalera y, de puntillas, con el mango de la cuchara intentas pulsar el botón de parada de la alarma mientras haces un ejercicio de equilibrismo, rezando para no romperte la crisma, porque la sangre debe de ser jodida de limpiar en la moqueta. Todo esto llevado a cabo con una urgencia extrema. No sé qué efecto produce en el ser humano un sonido altísimo y desagradable que le impele a moverse con una celeridad pasmosa. Quizás lleve conmigo una bocina de barco en mi próxima visita al banco.
Otro pequeño detallito típico de las viviendas británicas son los grifos separados. Un alarde de ingenio, una obra maestra de fontanería británica. A alguna mente preclara le debió parecer lo más obvio: un grifo para el agua fría, y otro para la caliente. Elemental, querido Watson. El término “templado” es una cuestión de tiempo para el cerebro escocés; el tiempo que tardan en derretirse los cubitos de hielo que salen por el grifo azul o en enfriarse el magma del infierno que sale por el grifo rojo. Así que al fregar tienes dos opciones, perder uno o dos dedos por congelación o ir perdiendo diferentes capas de piel hasta llegar al hueso. 
Al principio, pensé que la mejor opción era ir alternando de un grifo a otro. Cuando tenía las manos hirviendo y notaba cómo se evapora mi piel, cambiaba para el agua fría, y así sucesivamente. La sensación de pasar de un terrible calor a un inmenso frío es tan maravillosa que no puedo hacer otra cosa que recomendársela a todo el mundo. Y, después, secarse las manos a martillazos. Tengo pendiente hacer una pequeña investigación sobre cómo se pusieron de acuerdo para implantar este sistema, aunque algo me dice que un fabricante de lavavajillas anda detrás de todo el asunto.
Los techos altos también son una jodienda curiosa cuando el fluorescente de la cocina decide, sin consultarte, dejar de funcionar correctamente. No es que se funda y se apague por completo, sino que empieza a parpadear a intervalos aleatorios, convirtiendo tu cocina en una rave improvisada.
Entonces comprendí que el escenario de mi muerte sería tal que así: mientras algo se cocina en la sartén a fuego lento, aprovecho para fregar algunos platos. Con las manos destrozadas por quemaduras de tercer grado, el fluorescente comienza a parpadear como en una discoteca de pastilleros. Sufriendo un ataque de epilepsia, corro a por la escalera del pasillo y, de puntillas, intento apretar el fluorescente a riesgo de morir electrocutado porque, como soy imbécil, no he apagado la luz, cuando, de pronto, comienza a sonar la alarma de incendios. Si no me da un infarto por el susto, me caeré desde lo más alto, aterrizando con toda probabilidad en la sartén. Cuando el forense me realice la autopsia, se pronunciará sin la menor duda: muerte por Escocia.
Ante este panorama, morir atropellado por un autobús rojo de dos plantas ya no me parece tan terrible.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Me ha encantado Berto, como sugerencias para vivir dos años mas, debes buscar los pasos de peatones que pongan en el suelo "look right o look left" nunca falla.
A modo personal y sin querer saltarme ninguna ley británica, aquí va mi segunda sugerencia art attack. Papel film para alimentos y enróllalo alrededor de las alarmas. No falla, no vuelven a saltar.

Un saludo desde Nottingham

Marqués de Sada dijo...

¡Muchas gracias Marta!

El problema es cuando el paso de peatones no tiene el "look right, look left", pero en ese caso seguiré por la misma acera hasta que encuentro uno.

¡Lo del art attack es una buena idea!