La agencia para la que trabaja Vicci no está en Edimburgo,
sino en Dundee, una ciudad a 100 kilómetros de aquí, por lo que el papeleo lo
arreglamos en nuestro salón el día que nos entregó las llaves del piso. Después
de firmar el contrato, nos dijo que nos mandaría por correo nuestra copia lo
antes posible.
Sin embargo, los días fueron pasando y, como tienen por
costumbre, se fueron convirtiendo en semanas, y nosotros seguíamos sin tener
noticias de nuestro contrato. Sí que nos llegaban otras cartas de la agencia, y
cada una de ellas incluía un pedazo de papel con el logo de la inmobiliaria en
el que, a modo de prólogo, nos decía lo que contenía la carta, además de un
saludo y la fecha, escrito a mano y firmado con una letra y nombre distintos al
de nuestra querida agente. En mi opinión, esas notas las escribe la misma Vicci
con la mano izquierda para que parezca que trabaja para una agencia grande, con
múltiples trabajadores, o para hacernos creer que tiene un asistente.
El caso es que nuestro contrato no llegaba. Le mandamos un
mail recordándoselo y en la respuesta nos pedía mil perdones y decía que lo
haría lo antes posible. Pero al parecer esa posibilidad no acaba de
materializarse. Así que le mandamos otro mail, esta vez en un tono más
imperativo. En este caso su respuesta decía que todo estaba listo para ser enviado
a finales de semana.
Así que esperamos. Y esperamos.
Un miércoles, cuando se cumplieron dos meses exactos desde
la firma del contrato, le envié otro mail preguntándole si lo había mandado a
algún monasterio cisterciense para que un amanuense hiciese nuestra copia. Le hice notar que no necesitábamos
ribetes ni florituras, que el contrato no era para enmarcar y que con una fotocopia normal nos valía.
Que no era mi intención despreciar el noble arte del escribano, pero tampoco
era cuestión de que el pobre Gutenberg pensara que había trabajado en vano.
Lo cierto es que ya no recordaba para qué quería la copia,
si es que la seguía queriendo. Pero pensé que eso era justo lo que ella quería
que creyera. Quería que me desmoralizara y me diera por vencido. Pero el asunto
ya se había convertido en una cuestión personal y no cedí. En su respuesta a mi
mail, Vicci dijo que la carta había sido enviada a principios de semana, que
nos llegaría en un par de días a lo sumo.
Efectivamente, dos días después llegó la carta. La abrí
emocionado, quité con rapidez la hoja firmada con la mano izquierda y eché un
vistazo al contrato. Todo correcto. Había ganado la guerra. Sin embargo, la
sombra de una duda se había adueñado de mi mente. Cogí la nota con el logo de
la inmobiliaria y comprobé la fecha. Escrita con bolígrafo, coincidía con el
día en que yo le había mandado mi último mail.
Qué decepción. Resultó que Vicci no solo hacía mal su
trabajo, sino que también era una mentirosa. Y una de las malas, porque podía
haberse molestado en que la fecha coincidiera con el día en que me había dicho
que había enviado la carta.
Pero, de pronto, me sobrepuse a la decepción y me resistí a
creer que Vicci fuera una embustera, además de una inepta, y llegué a otra
conclusión.
Vicci leyó mi último mail y se sintió mal. Pensó que debería
haber hecho mejor su trabajo y haber mandado el contrato a su debido tiempo. Me
contestó diciendo que ya lo había mandado y se levantó de la silla, cogió los
papeles de un archivador e hizo una fotocopia. Todo esto le debió de acarrear
un esfuerzo inhumano y una cantidad desorbitada de tiempo. Por lo menos, cinco
minutos.
Se sentó de nuevo en su mesa, cogió uno de los papeles con
el logo de la empresa y lo firmó con su seudónimo. Miró a su alrededor y vio la
oficina desierta. “¿Cómo va a crecer el negocio, si soy un desastre?”, pensó
con aire funesto.
Cuando ya tenía la mitad del sobre dentro del buzón, se detuvo. Pensó unos instantes y quitó
la carta de la ranura. Cogió su coche y se dirigió a las afueras de Dundee,
donde tiene un granero que heredó de su padre. Una vez dentro, desempolvó su
viejo DeLorean y viajó hacia atrás en el tiempo, hasta el lunes, para mandar la
carta por correo. Sopesó la idea de ir a la oficina para coger otra hoja con el
logo y cambiar la fecha, pero pensó que encontrarse con su yo del pasado podría
tener consecuencias nefastas para el universo, así que lo dejó estar y simplemente
mandó la carta a principios de semana, como me había dicho en su último mail.
Lo que no me quedó claro es por qué no viajó hasta el día
después de haber firmado el contrato y lo mandó entonces. Lo designios de Vicci
son inescrutables.
En definitiva, la conclusión a la que llegué es que debemos
tener cuidado con el piso, pagar regularme el alquiler y cuidar bien los
muebles, porque como algo pase, Vicci viajará en el tiempo y se impedirá a sí
misma alquilarnos el piso. Y hay pocas cosas que me apetezcan menos ahora que
ponerme a buscar piso.
O, para ser más exactos, haber seguido buscando piso
entonces.
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