El sentido del humor no conoce fronteras. Y su ausencia
tampoco. Puedes poner de por medio cuantos países quieras, que los chistes que
te harán por llevar un aro en la nariz serán siempre los mismos. Exactamente
idénticos en Tombuctú y en Tamallancos. Puedes correr, pero no esconderte. Por
supuesto, también puedes quitarte el aro de la nariz, pero procura no hacerlo
mientras corres.
Esto está estrechamente ligado al sentido de la obviedad
intrínseco al ser humano. Esa suerte de sexto sentido inútil que, cuando en
pleno diciembre alguien entra empapado en casa, nos impele a preguntarle:
“¿llueve?”. La misma fuerza interna y absurda que nos obliga a decir “te has
cortado el pelo”. Gracias, no me había dado cuenta.
A pesar de lo que diga la RAE, el acervo popular ha dado en
llamar badulaques a esas tiendas en las que puedes comprar comida o llevar a
arreglar tu ordenador, hacer fotocopias o recargar el móvil, por lo general
regentados por hombres de procedencia, por lo menos para mí, desconocida. Es lo
que una persona muy cercana al entorno del Espacio Exterior, cuyo nombre
mantendré en secreto para evitarle la etiqueta de xenófobo/a, denomina la raza marrón. ¿Un poco racistilla? Quizás. Pero si Mariló INRI Montero puede hablar de “negritos”,
no veo qué daño puede hacer a nadie hablar de marrones.
El caso es que al entrar en el establecimiento, el
dependiente, llevándose una mano a la nariz y con la otra señalando la mía,
dijo:
You are a cow.
Así, sin más mediación. Ni buenos días, good morning, bon
jour, guten morgen, صباح الخير
o
námaste. Eres una vaca. Gracias, majo.
El
caso es que, siendo yo una vaca, se me ocurrió que aquel amable señor debería
tratarme como algo sagrado o, por lo menos, hacerme un considerable descuento
en la tienda.
—Pero
yo no soy hindú, amigo.
—Perdona, amigo, pero tienes
tú más pinta de hindú que yo de vaca.
P.S. Sé que no es una gran historia, pero tenía que contarla porque
llevo todo el día rumiándola.
Ba dum tss.
No hay comentarios:
Publicar un comentario