26/11/14

Siniestras historias del viejo Edimburgo I

El sentido del humor no conoce fronteras. Y su ausencia tampoco. Puedes poner de por medio cuantos países quieras, que los chistes que te harán por llevar un aro en la nariz serán siempre los mismos. Exactamente idénticos en Tombuctú y en Tamallancos. Puedes correr, pero no esconderte. Por supuesto, también puedes quitarte el aro de la nariz, pero procura no hacerlo mientras corres. 
Esto está estrechamente ligado al sentido de la obviedad intrínseco al ser humano. Esa suerte de sexto sentido inútil que, cuando en pleno diciembre alguien entra empapado en casa, nos impele a preguntarle: “¿llueve?”. La misma fuerza interna y absurda que nos obliga a decir “te has cortado el pelo”. Gracias, no me había dado cuenta.
A pesar de lo que diga la RAE, el acervo popular ha dado en llamar badulaques a esas tiendas en las que puedes comprar comida o llevar a arreglar tu ordenador, hacer fotocopias o recargar el móvil, por lo general regentados por hombres de procedencia, por lo menos para mí, desconocida. Es lo que una persona muy cercana al entorno del Espacio Exterior, cuyo nombre mantendré en secreto para evitarle la etiqueta de xenófobo/a, denomina la raza marrón. ¿Un poco racistilla? Quizás. Pero si Mariló INRI Montero puede hablar de “negritos”, no veo qué daño puede hacer a nadie hablar de marrones.
El caso es que al entrar en el establecimiento, el dependiente, llevándose una mano a la nariz y con la otra señalando la mía, dijo:
You are a cow.
Así, sin más mediación. Ni buenos días, good morning, bon jour, guten morgen, صباح الخير o námaste. Eres una vaca. Gracias, majo.
El caso es que, siendo yo una vaca, se me ocurrió que aquel amable señor debería tratarme como algo sagrado o, por lo menos, hacerme un considerable descuento en la tienda.
Pero yo no soy hindú, amigo.
—Perdona, amigo, pero tienes tú más pinta de hindú que yo de vaca.
P.S. Sé que no es una gran historia, pero tenía que contarla porque llevo todo el día rumiándola.
Ba dum tss.

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