Hacía tiempo que no me asaltaba por la calle una de esas
personas con chaleco azul y carpeta en las manos, aunque esta vez su manera de
hacerlo fue bastante original.
–¿Tienes imaginación? –me preguntó.
–Sí –contesté–. De hecho estoy imaginando que no me he
parado a hablar contigo y que ya me estoy pidiendo una caña en el bar.
–Pues imagina –prosiguió ella–, que vives en…
Miró a su alrededor unos instantes hasta que eligió un
edificio al azar.
–Imagina que vives ahí –dijo señalando una casa cualquiera.
El hecho de que dejara a la suerte la elección de la
vivienda no me dijo mucho en favor de su trabajo. ¿Es ese el rigor que aplica a
su profesión? ¿Cómo puedo estar seguro de que no elegirá también al azar la
cifra de niños muertos que luego me dirá para que done dinero?
–Imagina que vives ahí y empieza la guerra civil.
–¿La del 36 o una nueva? –pregunté.
–Una nueva. ¿Cómo va a ser la del 36?
–Yo qué sé… A lo mejor es una historia de viajes en el
tiempo.
–Vaya –se rio–, sí que tienes imaginación.
–Ya te lo había dicho– contesté mientras levantaba mi
imaginario vaso y disfrutaba del primer trago de cerveza.
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