Catorce horas en tren dan para pensar mucho. Iba a visitar a
mi abuelo. Tras la muerte de su mujer, se había vuelto a la casa en la que se
crio, situada en lo que los de ciudad llamamos “la aldea”. Había un asunto que
tenía que hablar con él y que llevaba años carcomiéndome por dentro. Sabía que el
hombre estaba mayor y que lo más probable es que no aguantara mucho más. Por
supuesto, no era un tema que se pudiera tratar por Skype o Whatsapp, suponiendo
que mi abuelo supiera qué demonios es eso y que hasta allí llegara el Wi-Fi.
Tuve que avisarle de mi visita por carta, quizás la última que haya escrito en
mi vida.
A las catorce horas del tren le siguieron cinco de bus por
unas carreteras infernales, continuamente ascendiendo y descendiendo por las
laderas de las montañas. Llegué, como no podría ser de otro modo, de noche y
bajo la lluvia. Se trataba de un pueblecito de apenas 100 habitantes, por lo
que no tuve ningún problema para encontrar la casa de mi abuelo.
Aunque me moría por sacar a colación el tema por el que
había hecho uno de los viajes más agotadores de mi vida, era tarde y, en el
fondo, sabía que no era el momento. Intercambiamos formalidades acerca del
viaje y la familia y poco después nos fuimos a dormir.
Me desperté muy temprano a la mañana siguiente. Mi abuelo me
llevó a dar una vuelta por el pueblo. La vida allí es tan distinta… Pasamos el
día de un lado para otro, visitando a los vecinos, haciendo tareas de la casa,
cuidando del campo... No fue hasta bien entrada la noche que por fin nos
sentamos para hablar de lo que hasta allí me había llevado. Mi abuelo encendió
la chimenea y nos sentamos en la sala mientras se preparaba la pipa. Se podrán
decir muchas cosas de mi abuelo, pero desde luego era una persona elegante:
chimenea y pipa, esas cosas se están perdiendo. Sin que hiciera falta que yo le preguntara nada, mi abuelo
empezó a hablar.
- Fue hace muchos años… Sin embargo, puedo recordarlo
perfectamente. Quizás confunda tu nombre con el de tu hermano, o no me acuerde
de qué comí ayer, pero aquel día lo recuerdo como si fuera hoy. Tu abuela y yo
vivíamos en esta misma casa. Fue poco antes de que nos mudáramos a la ciudad.
Me levanté temprano, como hoy, y me dirigí a trabajar al campo. Tu abuela se
quedó haciendo las tareas de la casa. Por entonces, el pueblo tenía muchos más
habitantes que ahora. Recuerdo ver al viejo Serafín, apoyado en el muro de la
tienda, leyendo el periódico. Más adelante, Luis y Rafael discutían sobre
política. La gente hablaba, paseaba, los niños jugaban. Todo era tan normal…
Su voz se entrecortó. Aprovechó la pausa para llenarse la
pipa. Yo estaba impaciente.
-Cuéntame más abuelo –le apremié-, quiero saberlo todo sobre
el último día que no hubo fútbol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario