30/4/14

El último día

Catorce horas en tren dan para pensar mucho. Iba a visitar a mi abuelo. Tras la muerte de su mujer, se había vuelto a la casa en la que se crio, situada en lo que los de ciudad llamamos “la aldea”. Había un asunto que tenía que hablar con él y que llevaba años carcomiéndome por dentro. Sabía que el hombre estaba mayor y que lo más probable es que no aguantara mucho más. Por supuesto, no era un tema que se pudiera tratar por Skype o Whatsapp, suponiendo que mi abuelo supiera qué demonios es eso y que hasta allí llegara el Wi-Fi. Tuve que avisarle de mi visita por carta, quizás la última que haya escrito en mi vida.
A las catorce horas del tren le siguieron cinco de bus por unas carreteras infernales, continuamente ascendiendo y descendiendo por las laderas de las montañas. Llegué, como no podría ser de otro modo, de noche y bajo la lluvia. Se trataba de un pueblecito de apenas 100 habitantes, por lo que no tuve ningún problema para encontrar la casa de mi abuelo.
Aunque me moría por sacar a colación el tema por el que había hecho uno de los viajes más agotadores de mi vida, era tarde y, en el fondo, sabía que no era el momento. Intercambiamos formalidades acerca del viaje y la familia y poco después nos fuimos a dormir.
Me desperté muy temprano a la mañana siguiente. Mi abuelo me llevó a dar una vuelta por el pueblo. La vida allí es tan distinta… Pasamos el día de un lado para otro, visitando a los vecinos, haciendo tareas de la casa, cuidando del campo... No fue hasta bien entrada la noche que por fin nos sentamos para hablar de lo que hasta allí me había llevado. Mi abuelo encendió la chimenea y nos sentamos en la sala mientras se preparaba la pipa. Se podrán decir muchas cosas de mi abuelo, pero desde luego era una persona elegante: chimenea y pipa, esas cosas se están perdiendo. Sin que hiciera falta que yo le preguntara nada, mi abuelo empezó a hablar.
- Fue hace muchos años… Sin embargo, puedo recordarlo perfectamente. Quizás confunda tu nombre con el de tu hermano, o no me acuerde de qué comí ayer, pero aquel día lo recuerdo como si fuera hoy. Tu abuela y yo vivíamos en esta misma casa. Fue poco antes de que nos mudáramos a la ciudad. Me levanté temprano, como hoy, y me dirigí a trabajar al campo. Tu abuela se quedó haciendo las tareas de la casa. Por entonces, el pueblo tenía muchos más habitantes que ahora. Recuerdo ver al viejo Serafín, apoyado en el muro de la tienda, leyendo el periódico. Más adelante, Luis y Rafael discutían sobre política. La gente hablaba, paseaba, los niños jugaban. Todo era tan normal…
Su voz se entrecortó. Aprovechó la pausa para llenarse la pipa. Yo estaba impaciente.
-Cuéntame más abuelo –le apremié-, quiero saberlo todo sobre el último día que no hubo fútbol.

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