Decir que Gravity
es una mierda por el descomunal tamaño de sus imprecisiones científicas es como
decir que Terminator es un bodrio
porque no existen los viajes en el tiempo, o que Blade Runner es una bazofia porque los coches no vuelan. Sin
necesidad de entrar en disquisiciones espaciales, hay otros muchos motivos por
los que afirmar que Gravity es una de
las películas más sobrevaloradas del siglo.
Gravity, toda
ella, es como el final de cualquier película de catástrofe espacial, léase Apolo XIII o similar. Alfonso Cuarón, el hijo de los hombres, coge esos
últimos 15 minutos y los estira durante hora y media. En esos 90 minutos hace
que la cámara dance como una bailarina de ballet, ofreciendo unas maravillosas
imágenes en 3D. Pero todo es puro artificio en Gravity, no hay nada más que una gran habilidad técnica.
No sé si alguna vez habéis paseado por las ramblas de
Barcelona (o alguna calle similar en alguna otra ciudad) y os habéis detenido a
observar a los trileros que, con
una caja de cartón, tres vasos opacos vueltos del revés y una bolita se afanan
en sacarle los cuartos a los guiris. Cuarón hace algo similar, empleando una
técnica propia de los grandes prestidigitadores. Mientras
con una mano en un impresionante 3D desvía la atención del guiri-espectador,
con la otra firma un guión tan sumamente plano que ni los mejores efectos
especiales consiguen dotar de profundidad. Pero no hay problema, porque el
espectador está demasiado embelesado con el bello paisaje espacial y alucinando
con cómo los objetos parecen salirse de la pantalla.
Con la llegada de los títulos de crédito, como si fuera la
sirena que alerta de la llegada de la policía, Cuarón recoge rápidamente su
caja de cartón, sus vasos y su bolita (sus bolazas, diría yo) y se aleja rápidamente
de la escena, dejando al espectador con los bolsillos dados la vuelta pero sin
ser conscientes de que han sido víctimas de un timo. Una treta que permitirá a
la señora Bullock embolsarse aproximadamente unos 70 millones de euros por
flotar un rato en el espacio, chocarse constantemente contra cosas y pasearse
en calzoncillos. Supongo que el señor Alfonso, y su mamá también, estará muy orgulloso, y tranquilo, de haber
conseguido engañar a tanta a gente. Al fin y al cabo, en el espacio nadie puede
oír sus carcajadas.
Es por esto que creo que, siendo los Oscar una de las
grandes estafas americanas, el premio más grande se lo merece el trilero mayor,
Alfonso Cuarón.
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