Hacía mucho tiempo que no veía a T, así que me estuvo
poniendo al día. Es ese tipo de persona que le da mucha importancia a fin de
año. No es que sea uno de esos que disfruta planificando qué se va a poner, a
dónde va a ir y todas esas gilipolleces. En su caso se trata de algo más
“profundo”. T cree que el hecho de que el Sol complete una vuelta alrededor de
nuestro planeta influye profundamente en las personas, y que realmente el
comienzo del año es una suerte de renacer espiritual y nos proporciona una especie
de nueva vida, si realmente te lo propones. Como si resetearas el ordenador,
vaya.
Pero se empezó a obsesionar todavía más con esa fecha clave
a mediados del año pasado. Casi por casualidad, T entró en contacto con una
extraña filosofía oriental. Entrar en contacto es la manera fina que tiene de
decir que leyó un par de datos en Wikipedia o algún blog. Al parecer, esta filosofía le otorga
una gran importancia al año nuevo, en particular a la primera palabra que
pronuncias al terminar las campanadas. Se supone que el término que escojas
condicionará tu próximo año de una manera u otra.
Después de mucho meditarlo y consultar diferentes fuentes y
expertos en esa filosofía cuyo nombre jamás conseguiré recordar, T decidió cuál
sería su primera palabra de 2013. “Lo tenía muy claro; en cuanto sonara la
última campanada, me giraría hacia el familiar más próximo y le diría:
Salamandra.”
Imagínate que aun estás tragando la última de las uvas
cuando un familiar, quizás un sobrino, o un primo lejano, te llama salamandra a
la puta cara. Quizás para T significaría un comienzo de año maravilloso, ¿pero
qué le puede deparar el año a una persona que lo primero que oye es un insulto?
Me explicó que la elección de la palabra no era aleatoria.
El colorido y la agilidad de la salamandra se reflejaría en un año lleno de
oportunidades, dinamismo y felicidad. Además, era necesario un término
contundente, ya que 2013 es un año especialmente delicado. No solo termina en
13, número de la mala suerte, sino que la suma de todos sus dígitos da como
resultado 6, el símbolo de la bestia. No es que T sea católico, pero “al fin y
al cabo, la bestia no es buena creas en Dios o no”. Así pues, la salamandra,
que al parecer simboliza el espíritu del fuego, era la más apropiada para
luchar contra el demonio: “al fuego se lo combate con fuego”.
Sin embargo, algo no salió bien. Tras meses obsesionado con
la palabra, durante la cena, en la que se reunió toda su familia, no pensaba en
otra cosa. “Salamandra, salamandra…” Repetía para sus adentros, casi como un
mantra. Por fin, llegó el deseado momento de las campanadas y, cuando sonó la
última, al borde del colapso por los nervios, se giró hacia el anciano tío de
su madre, que estaba sentado a su lado, para decirle la palabra mágica. Pero
antes de que pudiera decir nada, su tío abuelo se adelantó y le dijo:
“Mortaja”. La extrañeza de T fue máxima. “¿Mortaja?”, preguntó, mientras el
resto de su familia se abraza y gritaba feliz año nuevo. Pasados unos
instantes, apenas unos segundos, T se percató de cuál había sido la primera
palabra que había dicho en 2013. Al caer en la cuenta, maldijo: “¡Mierda, me
cago en la puta!”
Así que su primera palabra no solo no fue salamandra, como
había planeado, sino que en su lugar dijo mortaja y mierda, además de cagarse
en la puta. Una manera genial de empezar el año para un neurótico
supersticioso.
2013 no fue un buen año para T. A las pocas semanas, su
novia cortó con él. Económicamente también fue un desastre: le denegaron la
beca por un problema con el papeleo y lo largaron del bar en el que hacía
algunas horas los fines de semana. Además, ni siquiera pudo acabar la carrera
en septiembre, porque tuvo un problema con una asignatura, por lo que tiene que
estar matriculado otro año más en la universidad para poder acabar los créditos
y presentar el proyecto final.
Pero T está seguro de que 2014 será mucho mejor, y por eso
tiene tantas ganas de que llegue fin de año. Tras muchos meses meditando, me
dijo que ya había elegido cuál sería la primera palabra que diría. Esta vez se
iba a concentrar más que nunca y no se dejaría distraer por nada ni nadie. En
cuanto sonara la última campanada, gritaría: ¡achicoria!
Supongo que la sorpresa se reflejó en mi rostro, porque T me
explicó en seguida, sin que yo le preguntara, el porqué de su elección. Se
conoce que la achicoria es la planta que emplea no sé qué puta tribu dejada de
la mano de Dios para hacer una suerte de tónico que cura todos lo males y da
fuerzas al que lo toma, además de alargar su vida. La simbología de la palabra
serviría para reparar los males del año pasado y darle impulso al que entra.
Le pregunté si no le preocupaba que su tío abuelo
interfiriera de nuevo en sus planes, pero me dijo que no de manera muy
contundente. “¿Por qué?, pregunté. “Murió”, contestó. Ante mi cara de circunstancias,
añadió:
“¿Qué te esperas de un octogenario cuya primera palabra del
año es mortaja?”
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