¿Qué pasaría si el primer capítulo de Black Mirror, aquel en
el que el primer ministro británico debe follarse a un cerdo si quiere salvar
la vida de la princesa secuestrada, tuviera lugar en España?
Para empezar, el secuestrador lo tendría realmente jodido
para raptar a un miembro de la realeza al que el grueso de la población tuviera
la suficiente estima como para presionar al Gobierno para que tomara medidas. Tal
como están las cosas, hasta los más monárquicos deberían estar agradecidos de
tener una boca menos que alimentar. Mientras el secuestrador no nos pase las
facturas de la manutención de la princesa, sería un considerable alivio para
las arcas españolas. ¿No hablan siempre de que vivimos por encima de nuestras
posibilidades? Pues tienen razón: mantenemos a más miembros de la realeza,
ministros, diputados, políticos en general, coches oficiales y iPads de lo que
podemos permitirnos.
El secuestrador tendría que ir a por alguien a quien los
españoles tuvieran un verdadero aprecio, alguien por quien se movilizaran sin
dudarlo. Porque, al fin y al cabo, ¿quién estaría dispuesto a exponerse a
multas de hasta 600.000 euros por salir a la calle para exigir una pronta
solución para el secuestro de alguien de la casa real? Que le den por culo a la
princesita.
Para que el criminal consiguiera tocar en la fibra de un
alto porcentaje de la población española, lo más probable es que debiera secuestrar
a un futbolista, o a esa otra princesa, la del pueblo, Belén Esteban, aunque
probablemente el gasto en cocaína para mantenerla tranquila se le iría de las
manos. Podría, quizás, probar con el crowdfunding. Por diez euros saldrías en
los agradecimientos en los títulos de crédito del vídeo de rescate; por 25 te
llevarías además un mechón de pelo y, por 50, la propia Esteban le gritaría a
tu hija que se coma el pollo.
Una vez que el secuestrador hubiera hecho públicas sus
exigencias, el presidente del Gobierno, con el fin de aclarar la situación y
despejar cualquier duda, comparecería con la mayor celeridad posible ante los
medios a través de una pantalla de plasma. En HD, eso sí. Que no falte de nada.
Los principales medios del país comenzarían la cobertura del caso con la
profesionalidad a la que nos tienen acostumbrados. Estaríamos informados,
minuto a minuto, de los aspectos fundamentales que rodean al caso: qué comió la
víctima el día del secuestro, sus últimos estados de Facebook, el color de su
ropa interior, una entrevista en exclusiva con un novio de la infancia al que
hace quince años que no ve… Profesionalidad ante todo.
Tras meses de respuestas vagas por parte del Gobierno y
nulos avances en la investigación, la gente seguiría exigiendo una solución, a
no ser que hubiera un mundial de fútbol o de Fórmula 1 por el medio. El debate
acerca de si debería el presidente mantener relaciones porcinas para salvar la
vida de una persona sería un tema candente. Finalmente, sucumbiendo a la
presión mediática, Mariano Rajoy comparecería en una rueda de prensa y diría
frases como: “La cuestión no es follarse a un cerdo; yo me follaría a un cerdo
por cualquier español cualquier día de la semana. La cuestión es que nosotros
no negociamos con terroristas.” Hasta Ana Botella soltaría su relaxing cup of café
con leche para aplaudir ante tamaña muestra de firmeza y principios.
El tema del sexo del animal también traería cola. ¿Debería
ser hembra o macho? Las feministas pondrían el grito en el cielo, diciendo que
es intolerable que sea una fémina a la que se utilice como moneda de cambio
para liberar a la persona secuestrada; ya bastantes mujeres en el mundo son
tratadas como objetos, como para alimentar esa llama. Sin embargo, dentro de
las feministas se produciría una escisión, y algunas de ellas exigirían que
fuera hembra, ya que tienen los mismos derechos y oportunidades que los machos,
afirmando que así se acabaría de una vez por todas con esta sociedad machista,
patriarcal y falócrata. Alguien de Femen enseñaría las tetas, por si acaso. Finalmente,
alguien con la Ley de Paridad en la mano diría que lo más justo es que el
presidente practicara el coito con un animal de cada sexo, zanjando así la
polémica.
Los meses irían avanzando entre ruedas de prensa, comparecencias
en el congreso, tertulias y Tweets. Los medios de comunicación ya habrían
entrevistado hasta el último portero que vio alguna vez al desaparecido. El
secuestrador, como es natural, perdería la paciencia y mandaría un dedo cortado
dentro de una caja al presidente del Gobierno. Craso error, amigo mío. Un nuevo
debate se abriría entorno a este nuevo movimiento. ¿Es en realidad el dedo de
procedencia humana o animal? Se empezaría así un largo proceso para determinar
la naturaleza del apéndice con análisis de ADN y diversas pruebas forenses. El
clímax mediático llegaría con un especial de Sálvame Deluxe con José Bretón
como invitado especial jurando sobre la tumba de sus hijos que ese hueso
pertenece a un conejo.
Lo extraño a estas alturas es que la Iglesia aun no se
hubiera pronunciado al respecto. En un comunicado breve haría pública su
solidaridad con la familia de la víctima y, en relación al presidente del
Gobierno y el cerdo, diría que “mientras no se lo coma en viernes de Cuaresma,
no tenemos nada que objetar”. La presión haría mella en Mariano Rajoy y la
proximidad de las elecciones, no habiendo encontrado la manera de echarle la
culpa del secuestro a ETA, haría que finalmente se decidiera a copular con el
cuadrúpedo dándose ánimos a sí mismo: “Ánimo Mariano, que en peores plazas
hemos toreado”.
Consternado, el presidente acudiría a Rouco Varela en busca
de consejo espiritual y, por qué no, también práctico, para llevar a cabo las
exigencias del secuestrador. Sin embargo, Varela se declararía inútil para este
caso: “Yo es que si pesa más de 30 kilos no sé cómo hacer…”
Mariano Rajoy ya desfila por el pasillo en dirección a su
destino, pensando en que lo que va a hacer, lo hace por España y, de esta
manera, ya no necesita Viagra. Pero, de pronto, un miembro de su gabinete se
acerca corriendo al presidente y le informa de una noticia de última hora: el
cerdo, que se encontraba bajo la custodia de los Mossos d’Escuadra, ha
fallecido sin motivos aparentes. Los detalles de lo ocurrido no están nada
claros porque, por supuesto, las cámaras de seguridad estaban apagadas. Una vez
más, se inicia una serie de investigaciones a las que se pone fin meses después
con un informe que demuestra que los Mossos se vieron obligados a emplear la
fuerza para reducir al animal, ya que se empeñaba en resistirse a la
autoridad.
A estas alturas, el secuestrador, arruinado y hastiado, se habría
entregado a la justicia que, once años después, lo juzgaría y declararía
inocente del delito de secuestro, condenándolo únicamente a nueve meses de
cárcel por desobediencia a la autoridad.
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