Quizás sea este clima el responsable de cierto aura pesimista
en la personalidad autóctona; las constantes lluvias y ese frío húmedo que se
te cala hasta los huesos. Quizás sea la alimentación o el espíritu de cada uno.
O puede que sea yo el único cenizo del vecindario. El caso es cuando me dirigía
con mi madre y mi hermana para negociar el alquiler de una plaza de garaje para
mi hermano, es decir, para su coche, ya que él se encuentra a varios miles de
kilómetros del vehículo y, por lo tanto, que él buscara aparcamiento sería
absurdo y poco práctico, decía, pues, yo esperaba encontrar una plaza
laberíntica, de acceso imposible, con aristas y columnas insalvables.
Por eso me sorprendí al llegar al garaje y ver que la plaza
se encontraba en una zona de la que hasta alguien con mis nulas habilidades
para la conducción podría entrar y salir con la misma facilidad con la que se
destruyen los discos duros de ciertos partidos políticos. Entonces, casi
convencidos como estábamos de alquilar aquella pequeña parcela de cemento en lo
bajos de un edificio del barrio, el dueño, un hombre fuerte a pesar de sus más
de sesenta años, con canas y unas gafas de hace dos o tres décadas, nos empezó
a explicar la idiosincrasia del lugar.
Para empezar, deberíamos apacar bien orillados a la derecha,
en los lindes de la plaza, para flanquear de este modo el paso al coche de su
nieta, “que a veces viene, a veces no”, y que así ella pudiera aparcar en una
zona conflictiva del garaje. En contra de la creencia de algunos vecinos, aquel
espacio tras una columna muy gorda, el hueco del ascensor, según supimos luego,
adyacente a la plaza, no era propiedad de la comunicad, sino que era un terreno
muerto que había quedado en el limbo tras la construcción del edificio. Nuestro
arrendador en potencia, en un acto de gallardía y bravura, había localizado al
legítimo dueño de aquel espacio y lo había comprado junto a la plaza de garaje
que nos quería alquilar, en parte, ahora.
La cuestión es que algunos vecinos rencorosos no aceptaron
como válida aquella compra ni el uso que se le empezó a dar al terreno, y
reclamaron que se volviera a usar… Para nada. Que se dejara vacío, “que es como
tenía que estar”. El señor de las gafas viejas insistió en que el terreno era
suyo y que allí dejaba el coche su nieta, a veces sí, a veces no, y la moto su
yerno y, si nosotros estábamos dispuestos a aparcar lo suficientemente
orillados a la derecha para permitir la entrada oblicua de los otros vehículos
a la zona de detrás del ascensor, también podíamos aparcar el coche.
Supongo que a estas alturas el señor debió de haber captado
alguna mirada subrepticia entre nosotros. Habiendo ya demostrado sus
habilidades para el marketing, se vino arriba y siguió dándonos razones para
alquilar la plaza. Nos contó que algún vecino, motivado por la inquina causada
por la compra del espacio tras el ascensor, se vengó de la familia Gafas
Obsoletas a base de rayarle el coche a la nieta y quemarle sucesivas veces el
sillín de la moto al yerno. Insistió, eso sí, en que al otro coche que había
allí, bien arrimado a la orilla derecha, nunca le había pasado nada. Aunque
también es cierto que le habían quemado el sillín a otra moto del garaje, “pero
eso yo ya no sé por qué fue”.
Su yerno, en un intento de salvar el asiento de su moto,
empezó a dejarla tapada con una funda. Sin embargo, no siendo esta ignífuga, poco
podía hacer contra las ansias de venganza y contra el refinado sistema del
pirómano: dejar una colilla encendida encima del asiento. Pero el señor fue
todavía más listo que su agresor, y pegó escrupulosamente una tabla de madera
por la parte interior de la funda que corresponde al sillín. De este modo,
aunque el pirómano dejara su colilla en el sillín, el fuego no llegaría al río.
Sin embargo, la sed de justicia de Gafas Obsoletas no se vio saciada en este
punto, y empezó a hacer guardias en el garaje para cazar al malhechor. “Un mes
tardé”, afirmó orgulloso, lo que pone de manifiesto la escasa reincidencia del
individuo incendiario o las nulas habilidades para la investigación privada de
nuestro Perry Manson particular.
Llegados a este punto, lo que a uno le darían ganas de hacer
es alquilarle un piso a este hombre. “Aquí tenéis la cocina, pero intentad
tener el fogón grande libre, porque suele venir mi suegra de vez en cuando a
preparar su famoso potaje. Aquí está el dormitorio principal. ¿Os acordáis del
Estrangulador de Boston? Pues aquí vivía un imitador que tuvimos hace años por
la zona. Aunque no sé por qué decían que imitaba al Estrangulador, porque lo
que él hacía era descuartizar a sus víctimas. Pero no os preocupéis, lo hacía
en el baño, así que está todo impoluto. Ah, me olvidaba. El cuarto del fondo no
lo podéis usar porque una vez al mes viene mi nieta a hacer su ritual para
librarse los malos espíritus. Pero no molesta, nos os vais a dar cuenta de que
está, solo se encierra ahí tres días a escuchar death metal a todo volumen. El
último día desmiembra a un conejo en el pasillo, pero no os preocupéis, porque
lo usa mi suegra para el potaje así que ya lo limpia ella.”
Finalmente salimos del garaje y mi madre intenta regatear el
precio de la plaza con el señor, que se mantiene firme y no mueve ni un céntimo
la oferta. “Mire”, dice mientras señala a un edificio próximo. “Ahí tengo un
piso y a menudo entra gente en el garaje a rayar los coches. Pero aquí no. Esto
es seguro. Bueno, una vez se llevaron una moto, pero ya sabe, son cosas de
gente con motos”, explica, aunque no nos queda muy claro lo que quiere decir
“cosas de gente con motos”. “Dentro de dos horas viene otra señora a ver la
plaza, así que ustedes verán… El primero que me diga algo, se la lleva”, dice
exhibiendo una vez más sus dotes para las ventas. “Yo estoy muy contento con el
sitio, no tuve ningún incidente.” Quitando, claro está, le digo yo, los
pequeños incendios, los atentados contra las carrocerías y alguna que otra
esporádica sustracción de vehículos.
¿Hay algún dato más que deberíamos conocer sobre la plaza?
¿Quizás se encontraron allí unos restos egipcios y sobre el lugar descansa una
maldición milenaria a través de la que la mismísima Nefertiti se aparece una
vez al mes para darle una colleja al incauto conductor que ose dejar su coche
allí?
Lo que está claro es que el señor Gafas Obsoletas le ha dado
la vuelta al mundo de la publicidad. Estamos habituados a que traten de
engañarnos para hacer más apetecible a nuestros ojos determinados productos.
Sin embargo, tamaña franqueza nunca se dio antes en el mundo de las ventas. Ahora
que sé todo lo malo acerca de la plaza, me dan ganas de quedarme con ella para
empezar a descubrir lo bueno.
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