A día de hoy, no hay un acuerdo sobre cuál es el oficio más
antiguo del mundo. Hay quien dice que el de puta es el trabajo que debería
ostentar tal categoría. Sin embargo, los detractores de esta teoría afirman que
la meretriz en cuestión exigiría algo a cambio de sus favores sexuales, ya sea
comida, ropa o protección, por lo que el oficio más antiguo de la historia
sería el de cazador o pescador, peletero o portero de discoteca. En cualquier
caso, de lo que no cabe ninguna duda es que el tercer oficio más antiguo de la
historia es del periodista. En las cuevas pintaba las tragedias de esas
prostitutas que vendían sus cuerpos para poder sobrevivir. Se acercaba hasta
las tribus vecinas para informar acerca de las huelgas de los pescadores y los conflictos
entre patronal y sindicatos con los convenios del sector de la piedra. Los más
morbosos contaban los terribles accidentes de caza o las horribles enfermedades
que sufrían algunos de los habitantes de la zona.
Como diría Vince Gilligan, “all bad things must come to an
end”. Del mismo modo, también mis prácticas de periodista acabaron por
terminar. El último día me vino irremediablemente a la cabeza el día que
comencé. Llegué a la redacción a las once y media de la mañana y no me fui de
allí hasta las once de la noche, casi doce horas. Una compañera de la
redacción, ya veterana, me acercó hasta casa en su coche. Me preguntó qué tal
había sido el primer día. Le contesté que bien, que habían sido muchas horas,
pero que esperaba que una vez me hubiera familiarizado con la dinámica del
periódico podría cumplir con el horario de salida que me habían dicho ese mismo
día, las ocho y media. Ella se descojonó al volante. Me dijo que me quitara
semejante idea de la cabeza. “Aquí nadie sale tan pronto”. Prueba de ello es que
ella, ya veterana y con la dinámica más que aprendida, estaba saliendo a la
misma hora que yo. Me dijo también, de manera muy alegre, que me olvidara de
mis amigos.
Escalofriante.
No le di demasiada importancia, pensando que sus palabras
eran fruto de un derrotismo cosa
de la edad. Pero lo cierto es que durante los tres meses que duraron mis
prácticas, mi horario no mejoró. Es cierto que empecé a llegar a la hora que me
salía de las pelotas, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si ellos deciden a la
hora que salgo, yo decidiré a la hora que entro. Total, ¿qué podía pasar? ¿Que
no me contrataran? Despidos, bajadas de sueldo… No había que ser un Sherlock
Holmes para darse cuenta de que no me iban a contratar. Siempre es más económico
explotar, quiero decir formar, a otro becario durante tres meses con un sueldo
miserable, que contratar a uno y darle un sueldo “digno”.
A mis amigos empecé a verlos lo justo y creo que ensayé una
vez con mi grupo. ¿Pero qué cojones? ¿Amigos y música? Eso es secundario en el
mundo real. El augurio de la veterana periodista se confirmaba. Así que poco a
poco me fui dando cuenta de que el trabajo de periodista, el tercero más
antiguo del mundo, se parece demasiado al más longevo de ellos (o al segundo,
según la versión): disponible prácticamente a cualquier hora y dispuesto a
tragarse lo que sea.
Así que empecé a tomármelo con calma y a aplicar una
sencilla fórmula. El esfuerzo dedicado a un artículo debía ser inversamente
proporcional al número de horas que hubiera durado mi jornada anterior. Pero mi
dedicación a esta fórmula me llevó a situaciones curiosas. En una ocasión, mi
jefe me preguntó: “¿Tienes material suficiente para llenar dos páginas?” Observé
la plantilla detenidamente. Puse la mano en el mentón como si realmente
estuviera pensando algo y dije: “Yo quitaría bastantes columnas de texto,
pondría más fotos con unos buenos pies, y queda un foto reportaje cojonudo”. Mi
jefe me miró y me preguntó: “¿Cuándo te has vuelto tan vago?” A lo que
contesté: “Ya era vago antes, lo que pasa es que cada vez lo disimulo menos”.
En resumen, lo que me queda después de tres meses de
prácticas es un considerable desarrollo muscular en mis piernas por ir a
trabajar en una bici con unas ruedas ridículamente pequeñas y una marcha fija
completamente inapropiada para las cuestas de esta ciudad. Una bici con la que,
al parecer, casi atropello un día a mi jefe, o eso es lo que afirmó delante de
toda la redacción. “Hoy casi me matas con la bici sin darte cuenta”, dijo con
su característica media sonrisa. “Sin darme cuenta, eso es lo que tú te crees.”
Aplausos, risas enlatadas y fundido a negro.
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