26/9/13

Diario de un becario VI: la venganza

Le gusta chupar su bolígrafo rojo mientras corrige los artículos. Lo repasa de arriba abajo con la lengua; se lo mete en la boca. “No puedes tardar cinco horas en hacer media página”, dice sin levantar la vista del folio. Los jefes jóvenes son más hijos de puta que los viejos; les hace sentirse superiores el hecho de tener al mando gente de más edad que ellos, y darle órdenes a chavales en prácticas a los que apenas saca unos años se la pone dura.

Piensas que hace menos de hora y media que te dio la maqueta y que esas cinco horas a las que él hace referencia son producto de la exageración periodística, o de esa manía de hacer los números redondos para los titulares. Sopesas decirle algo, pero su lengua subiendo y bajando, sin dejar de lamer, te tiene hipnotizado, y piensas: ¿Cuántos bolígrafos como ese habrá tenido que chupar para llegar a ser jefe tan jovencito?

Ni siquiera es jefe, recapacitas, tan solo subjefe, o como quiera que se diga. Pero le gusta alardear cuando su superior no está. “A estas horas deberías estar ya en casa”, dice sin despegar los ojos de tu artículo mientras lo salpica de correcciones rojas. Entonces recuerdas todas las veces que a “estas horas”, incluso más tarde, te mandó hacer otro artículo tras haberle entregado el que pensabas que sería tu último trabajo del día. Piensas en su tono paternalista y buenrollista con el que te sugiere que quizás mañana tendrías que venir un poco antes. Pero no puedes decir nada porque estás fascinado observando como su lengua roja se funde con el rojo del bolígrafo. El mismo color para decir gilipolleces que para escribirlas.

Vuelves a tu escritorio para hacer las correcciones en el artículo, pero antes de que te dé apenas tiempo a pulsar una tecla, tu jefe se acerca blandiendo el bolígrafo porque se le ha ocurrido alguna otra modificación. Así que garabatea y chupa unos instantes allí a tu lado. Pasado un rato, vuelve a su despacho mientras tu corriges. Pero se ha olvidado, inexplicablemente, su apéndice rojo en tu mesa. No lo dudas ni un instante; coges el bolígrafo y corres al baño.

Una vez allí, sí que te asaltan las dudas. Cierto repelús te recorre la espalda como un escalofrío, y antes de frotarte el bolígrafo contra tu entrepierna decides darle un agua. La sola idea de su saliva empapando tus pelotas te da grima. Luego te pasas el bolígrafo por los huevos. Lo abrazas con el escroto. Te lo pasas por la raja del culo. Le das vueltas y más vueltas.

Luego le entregas el bolígrafo a tu jefe, que sonríe agradecido, como si acabaras de devolverle Excalibur al Rey Arturo, aunque por su afán de cercenar artículos más se asemeja a la Tizona del Cid, mientras piensas que a partir de ahora cada vez que corrija una noticia te estará chupando los huevos. Cada vez que repase un reportaje, tendrá en su boca tus pelotas. Cada vez que retoque una entrevista, estará saboreando las gónadas del becario.

Su lengua recorrerá tu ojete.

No hay comentarios: