14/7/13

Diario de un becario III: el farol


Un tono, dos tonos, tres tonos… Cuando ya empiezo a pensar que nadie va a descolgar el teléfono, de pronto una voz apresurada me habla al otro lado de la línea. Le suelto el cuento que he ido perfeccionando a largo de estos pocos días en la redacción: mi nombre, el periódico desde el que llamo y el motivo de mi llamada; es decir, hacerle  una pequeña entrevista si tiene unos minutos para atenderme. El fulano en cuestión accede.
Al tío se le nota con prisa y que está atendiendo a otras cosas, pero va respondiendo a las preguntas que hago. Al cabo de dos minutos me espeta: “mira, tengo que colgar: ¿tienes suficiente con esto?” A lo que contesto francamente: “pues no”. Me dice que lo lamenta pero que no puede hablar más, que tiene unos asuntos muy importantes que necesitan de su atención inmediata; algo, al parecer, de vida o muerte.
Le digo que no pasa nada, que no se preocupe, que la idea era publicar mañana en el periódico la entrevista a media página, con su foto, pero que no hay ningún problema, que ya buscaremos otra cosa con la que cubrir ese espacio. Entonces su actitud cambia radicalmente. De repente, por obra y gracia del Señor, esos asuntos tan apremiantes ya no lo son tanto. Milagrosamente, tiene todo el tiempo del mundo para hablar conmigo y sus obligaciones pierden absolutamente cualquier asomo de urgencia. “Pregunta, pregunta”, dice. Y hablamos.
Al cabo de un rato, cuando ya tengo material suficiente para la entrevista, me despido cortésmente y cuelgo el teléfono. De regreso a mi puesto en la redacción me preguto cómo le habría explicado a mi jefe, si el fulano me llega a mandar a paseo, que se olvidara de la entrevista prevista para publicar al día siguiente y que, efectivamente, había que buscar algo con lo que rellenar el hueco.

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