Un tono, dos tonos, tres tonos… Cuando ya empiezo a pensar
que nadie va a descolgar el teléfono, de pronto una voz apresurada me habla al
otro lado de la línea. Le suelto el cuento que he ido perfeccionando a largo de
estos pocos días en la redacción: mi nombre, el periódico desde el que llamo y
el motivo de mi llamada; es decir, hacerle una pequeña entrevista si tiene unos minutos para atenderme.
El fulano en cuestión accede.
Al tío se le nota con prisa y que está atendiendo a otras
cosas, pero va respondiendo a las preguntas que hago. Al cabo de dos minutos me
espeta: “mira, tengo que colgar: ¿tienes suficiente con esto?” A lo que
contesto francamente: “pues no”. Me dice que lo lamenta pero que no puede
hablar más, que tiene unos asuntos muy importantes que necesitan de su atención
inmediata; algo, al parecer, de vida o muerte.
Le digo que no pasa nada, que no se preocupe, que la idea
era publicar mañana en el periódico la entrevista a media página, con su foto,
pero que no hay ningún problema, que ya buscaremos otra cosa con la que cubrir
ese espacio. Entonces su actitud cambia radicalmente. De repente, por obra y
gracia del Señor, esos asuntos tan apremiantes ya no lo son tanto. Milagrosamente,
tiene todo el tiempo del mundo para hablar conmigo y sus obligaciones pierden
absolutamente cualquier asomo de urgencia. “Pregunta, pregunta”, dice. Y
hablamos.
Al cabo de un rato, cuando ya tengo material suficiente para
la entrevista, me despido cortésmente y cuelgo el teléfono. De regreso a mi
puesto en la redacción me preguto cómo le habría explicado a mi jefe, si el fulano
me llega a mandar a paseo, que se olvidara de la entrevista prevista para
publicar al día siguiente y que, efectivamente, había que buscar algo con lo
que rellenar el hueco.
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