Hoy he llegado al trabajo tarde de cojones. No me refiero a
cuando llegas apurado con cinco o diez minutos de retraso. Quiero decir tarde de cojones. Para llegar a mi mesa
tengo que pasar por delante del despacho del jefe, que tiene una gran
cristalera que llega hasta media altura, desde la que se domina parte de la
redacción. Pensé en pasar arrastrándome justo por debajo de la ventana, en plan comando, para
que no me viera llegar tarde (de cojones), pero consideré que, además de que seguramente
resultaría un tanto ridículo, ya me arrastraba bastante renunciando a un sueldo
digno y a un horario de personas libres. Siempre había pensado que tener un
horario flexible favorecía a aquel que lo tenía. Ahora entiendo que lo que
significa es tener la suficiente agilidad para poder agacharte hasta tocarte
los dedos de los pies con la punta de la nariz mientras te dan por el culo
hasta que sangres.
De todas maneras, no fue necesario hacer el gusano por la
redacción adelante porque descubrí una ruta alternativa para llegar a mi mesa
sin pasar por delante del despacho del ojo que todo lo ve, yendo por el pasillo
de los baños.
Así que me senté y encendí el ordenador con la
satisfacción de habérsela jugado bien al poder establecido. Reposé unos
instantes para no parecer acelerado y fui a su despacho para tratar los “temas
del día”. Al entrar me dijo en un tono que quería parecer jovial pero que
ocultaba un reproche: “¡Hombre! Ya pensé que no venías.”
“Bueno”, contesté, “yo ayer pensé que no me iba.”
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