21/8/13

Diario de un becario IV: tarde de cojones


Hoy he llegado al trabajo tarde de cojones. No me refiero a cuando llegas apurado con cinco o diez minutos de retraso. Quiero decir tarde de cojones. Para llegar a mi mesa tengo que pasar por delante del despacho del jefe, que tiene una gran cristalera que llega hasta media altura, desde la que se domina parte de la redacción. Pensé en pasar arrastrándome justo por debajo de la ventana, en plan comando, para que no me viera llegar tarde (de cojones), pero consideré que, además de que seguramente resultaría un tanto ridículo, ya me arrastraba bastante renunciando a un sueldo digno y a un horario de personas libres. Siempre había pensado que tener un horario flexible favorecía a aquel que lo tenía. Ahora entiendo que lo que significa es tener la suficiente agilidad para poder agacharte hasta tocarte los dedos de los pies con la punta de la nariz mientras te dan por el culo hasta que sangres.   
De todas maneras, no fue necesario hacer el gusano por la redacción adelante porque descubrí una ruta alternativa para llegar a mi mesa sin pasar por delante del despacho del ojo que todo lo ve, yendo por el pasillo de los baños.
Así que me senté y encendí el ordenador con la satisfacción de habérsela jugado bien al poder establecido. Reposé unos instantes para no parecer acelerado y fui a su despacho para tratar los “temas del día”. Al entrar me dijo en un tono que quería parecer jovial pero que ocultaba un reproche: “¡Hombre! Ya pensé que no venías.”
“Bueno”, contesté, “yo ayer pensé que no me iba.”

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