Grítale, pero con ganas. Que unos buenos salivazos acompañen
a cada palabra vertida por tu boca. Escupe odio y bilis. Vocifera hasta que
tiemblen los cimientos de tu casa. Incrépale. Clama al cielo. Berrea con toda
tu alma. Aúlla. Jura por Dios que acabarás con su vida, que te comerás a su
perro, mañana, al mediodía.
Promete que prenderás fuego en sus campos y que luego los
sembrarás con sal. Dile que violarás a sus caballos. Chilla con todas tus
fuerzas y agita el puño. Ladra. Ruge con la fuerza del océano. Brama hasta que
se estremezca todo ser vivo en diez kilómetros a la redonda. Jura sobre la
tumba de tu madre que le quemarás la casa y el coche y que sobre sus cenizas
cocinarás a su padre y te lo comerás, mañana, en la cena.
Maldice.
Pero sobre todo grita, grita mucho. Lo estás haciendo bien.
Seguro que así tu odio atraviesa la pantalla y hará que el
árbitro vuelva atrás en el tiempo y pite ese penalti.
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