Ayer fui a una cena de cumpleaños programada para las diez.
Me pareció digno de admiración que la persona homenajeada decidiera celebrarlo
coincidiendo con el partido de la Eurocopa y en un restaurante sin televisión.
Me quito el sombrero. Bravo. Eso es un cumpleaños con dos cojones: elegid,
España o yo.
Luego me confesó que la fecha de la cena estaba programada
antes de saberse la del partido y pronto alguien sacó un portátil para poder
seguir a la Roja. Siempre me hace mucha gracia cuando alguien dice “hoy juega
la Roja”, porque automáticamente me imagino a la Pasionaria echando un
mus.
El caso es que las conversaciones habituales en una cena de
celebración se vieron interrumpidas por constantes gritos y exclamaciones. Era bastante angustioso y tenso. Podías
estar hablando tranquilamente con alguien sobre cómo le habían ido los
exámenes, y de pronto sonaba un grito desgarrador en la otra punta de la mesa,
que uno no sabía si habían traído la cuenta de la cena o se había mutilado
alguien cortando la tarta. Pero no, tiro al palo.
Luego llegaron los penaltis y
con ellos el súmmun de los berridos y los golpes en las mesas. No me voy a
poner en plan demagógico con el discurso de “con la que está cayendo y
vosotros, borregos, pensando solo en el fútbol”. La crisis no va a desaparecer
porque se acabe el fútbol. Pero no estaría de más que la gente siguiera con el
mismo interés que los penaltis los plenos del congreso, porque allí Rajoy nos
ha marcado más de un gol y no he visto a la gente gritar así.
Finalmente ganamos. Ganamos. Así, en primera persona del
plural. Y una de las chicas invitadas a la cena, a la que yo no conocía, se
puso a llorar de la emoción. Eso es sentir el fútbol, cojones. Que las lágrimas
corran por tus mejillas haciendo que se corra la pintura facial con la bandera
de España. Que te quede la cara como Alice Cooper pero en rojo y amarillo.
Por fin las cosas volvían a la calma y aquello volvió a
parecerse a una cena de cumpleaños. Empezaron a circular las primeras copas (de
las que me gustan a mí, no de las que gana España) y la cosa volvió a la
normalidad. En un momento dado la chica que se había puesto a llorar pasó a mi
lado y la persona con la que estaba hablando yo, le dio la enhorabuena. Supuse
que acababa de ser tía. Pero no, resultó que era la hermana del señor Fábregas,
el artífice de la victoria española.
Para los que no sepan de fútbol, su hermano, con el que se
había criado, había conseguido meter el esférico (la pelota, para los no
iniciados) en la portería (esos palos con una red, como un cazamariposas
gigante) dándole la victoria a su equipo (es decir, que él y sus otros diez
compañeros, después de más de hora y media corriendo por el césped dándole
patadas a un balón, habían conseguido meter más goles que los otros once
jugadores del equipo rival). ¿Comprenden ahora la emoción?
Así que volvemos a tener a nuestro país en una final. Más
gritos. Más coches pitando. Más banderas y pinturas faciales. Más plazas
abarrotadas con pantallas gigantes y borrachos cantando “yo soy español,
español, español…” Y lo peor aun está por llegar, porque podríamos ganar. Más
petardos explotando toda la noche. Trompetas anunciando el Apocalipsis. Más
borrachos gritando y cantando. Gente bañándose en fuentes. Las plazas echas un
cisco. Y ruido. Sobre todo ruido. E imbéciles haciendo ruido.
Así que recuerdo a aquella chica llorando y pienso: coño, si
mi hermano fuera el responsable de esto, yo también me echaría a llorar.
2 comentarios:
jajaja la cara de Alice Cooper!!! estas fatal! creo q voy a seguir a este doctor en filosofia llamado Bela
y soy Fer (mexa)
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