11/1/12

Madrugando, que es jodido

Solo hay una cosa que me jode más que tener un examen a las 9 de la mañana: llegar a esa indecente hora a la facultad para descubrir que realmente es a las 11 y 30. “A ramblear” (esto es, a pasear por Las Ramblas) fue el consejo de la secretaria del centro, el heraldo que me comunicó sin tacto mi impuntualidad — ya que si llegar dos horas tarde es ser impuntual, deduzco que hacerlo dos horas antes también lo es—.

Tengo un serio problema con los horarios y las aulas. Un viernes que solo tenía una hora de clase, llegué con el tiempo justo, así que me dirigí raudo y veloz al aula en el que supuestamente tendría que celebrarse la sesión lectiva, y tomé asiento. Sin embargo, no me sonaba ninguno de los alumnos que había a mi alrededor, así que le pregunté al que tenía más cerca cuál era la asignatura que se iba a impartir a continuación. La respuesta, evidentemente, no coincidió con la clase que yo tenía que recibir.

Merodeando por la facultad, encontré a una compañera y le pregunté dónde era la clase. “La pregunta correcta no es dónde, si no cuándo”, me contestó —si hubiera desordenado la frase pensaría que me hablaba el mismísimo Yoda—. “Y la respuesta es hace hora y media.” Estupendo.

Otra vez que llegaba tarde a una práctica, me encontré la puerta del aula cerrada. Con arrojo y valentía, ya que no me amilano fácilmente ante un pedazo de madera con bisagras, abrí el postigo y me aventuré en el interior de la estancia, donde me encontré, para mi sorpresa, a un señor de bigote que me exclamó: “¡No!”, acompañado por las risas de los alumnos, a modo de carcajadas enlatadas de una sitcom cutre. No, ¿qué? ¿No puedo pasar o no es el aula a la que tenía que ir? Efectivamente, me había equivocado de destino.

Me propuse ir el mismo día a la misma hora todas las semanas hasta que la respuesta fuera “¡Venga, vale!”, o les dejara de hacer gracia a los pupilos de aquel hombre pegado a un mostacho. Son ese tipo de ideas que se te ocurren en caliente pero que, en fresco, ya no te parecen tan buenas. Sin embargo, la semana siguiente, el mismo día y a la misma hora, me volví a confundir de aula y me tuve que volver a enfrentar a aquel desmesurado bigote que, esta vez, en vez de denegarme la entrada con autoridad, se quedó estupefacto ante la idea de que un alumno tan imbécil hubiera podido acceder a la carrera. (Piénsalo bien, un bigote estupefacto.)

Pero volvamos al día de hoy. Tras finalizar el examen (una anécdota para los del gremio: la prueba, de tipo test, incluía la siguiente pregunta “¿Qué es un difusor degradado?”. Una de las posibles respuestas era “Un difusor que se ha estropeado con el paso del tiempo”. Tu, tu, pá.), para premiarme o resarcirme de mi madrugón, decidí ir a la Fnac.

Cuando le mostré mi carné de identidad al dependiente que me iba a cobrar, vio la foto y se rió. “Supongo que este eres tú”, y siguió cobrando. Una reacción notablemente distinta a la de la zorra desalmada del supermercado. Me dijo también que en la foto del DNI me parecía a “ese cantante que murió joven…”

Como no me des más datos, podría ser desde Jimmy Hendrix —aunque lo dudo, yo soy bastante más moreno— a Janis Joplin —imposible, yo estoy más buena—. “Si hombre… El de los Doors… ¡Jim Morrison!”

Me llena de orgullo y satisfacción constatar que en la Fnac están tan comprometidos con la política social y la filosofía de ayudar al prójimo que ya contratan a invidentes en sus filas.

Ya me gustaría semejarme al Rey Lagarto… ¡Él jamás llegó antes de tiempo a un examen!

1 comentario:

Momo dijo...

Me siento TAN identificada! Excepto por lo de Jim, yo soy más de Liza.
Joder, qué risas me he echado con el gag del Bigote!
Bico