En la ciudad en la que vivo este año, cohabitan las mejores cosas con las peores. Los modernos pagan grandes cantidades por ropa que usaron nuestros padres, o nuestros abuelos, a la venta en tiendas de segunda mano.
Yo era conocedor de esto cuando descubrí en mi residencia familiar una bolsa con ropa, preparada por mis padres para dársela a mi abuela, y que ella, por los cauces que fueran, la entregara a obras de caridad. En la bolsa había unas cazadoras de mi padre, una de ellas incluso había pertenecido a mi abuelo. Son un tipo de cazadoras que me encanta. Me las probé para ver si podía quedármelas yo, pero harían falta, al menos, dos tipos como un servidor para llenar las prendas.
Le comenté a mi padre lo de las tiendas de segunda mano, en las que se vende ropa vieja (perdón, quise decir vintage), y la posibilidad de sacar algo de pasta con sus chupas. Me dijo, con toda naturalidad, que él no podía venderlas. Yo me quedé extrañado y le pregunté por qué. “No las puedo vender —me contestó tranquilamente— porque hay gente que las necesita.”
Supongo que eso, amigos, es
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