Pasaban de las cuatro de la tarde. Me encontraba en el clásico bar de siempre, con sus pinchos de tortilla de siempre, sus viejecitos de siempre jugando al dominó... Pero la clásica pareja de mediana edad más o menos arisca que solía regentarlo ha sido substituida por una joven pareja de chinos. Y no es solo en este bar. Todos los clásicos bares de barrio están sufriendo la invasión pacífica del lejano oriente. Empezaron por los “todoacienes”, han seguido por los bares y pronto dominarán nuestras escuelas y nos inculcarán sus ancestrales costumbres como el haraquiri o la ablación de clítoris (poco importa aquí si esas costumbres son suyas o no; ¿desde cuando hace falta estar documentado para lanzar un discurso xenófobo?)
Como decía, me encontraba pasadas las cuatro de la tarde en el clásico bar de siempre consumiendo un café para poder emplear su wifi. El motivo, aparte de carecer de conexión en casa, es que necesito un papel fundamental para que el padre Estado me ingrese la beca diligentemente cada mes. Un documento que acredite que mi cuenta bancaria es, en efecto, mi cuenta bancaria. No vaya a ser que sea yo tan gilipollas de darles la cuenta bancaria de mi vecino. O quizás tengan miedo de que les de la cuenta bancaria de mi camello para que ingresen directamente a él el dinero.
Tengo que estar en la facultad antes de las seis, hora en la que la encargada de séneca abandona su puesto de trabajo para ir a reunirse con su familia y hora también en la que empieza la clase de presentación de una asignatura cuyo nombre no recuerdo. Pero no va a ser fácil.
A eso de las cinco y algo abandono el bar en busca de una copistería en la que imprimir mi documento. Sepa el lector que lo que tardo en llegar a la facultad, si me doy un poco de prisa, es aproximadamente media hora. Calculo que en metro tardaré unos diez o quince minutos. Así que voy con un poco de prisa.
Encuentro una copistería. El establecimiento está vacío a excepción de la empleada y de un anciano. El señor debía de ser, por lo menos, el excelentísimo conde de Montecristo o, de lo contrario, no me explico la cantidad de escrituras de propiedades que traía consigo. Imagino que el señor Matusalén, sabiéndose próximo a la muerte, se afanaba por poner en regla su testamento o, a lo mejor, quería empapelar su ataúd con las fotocopias de sus escrituras. Cuarenta minutos, y no exagero, estuvo el señor paseando adelante y atrás sus malditos papeles, y cuarenta minutos estuvo la empleada haciendo viajes de la fotocopiadora al mostrador. ¡La de kilómetros que debió hacerse la pobre desgraciada!
¡Señor, por Dios! Para dos días que le quedan de vida, qué necesidad tiene usted que pasarse una tarde entera metido en este antro de dos metros cuadrados. Y lo que es peor, qué necesidad tiene usted de hacerme perder mi valioso tiempo. Disfrute de lo poco que le queda. Gástese el dinero de las fotocopias en Viagra y llene una de sus múltiples propiedades de pilinguis y váyase al infierno como Dios manda.
Por si fuera poco este suplicio, al poco de entrar yo en el establecimiento, hizo su aparición uno de los múltiples obstáculos que últimamente el Señor está poniendo en mi camino para poner a prueba mi santa paciencia. Un padre con su querido retoño vinieron a amenizarme la espera. ¡Cómo gritaba el condenado! (El niño, se entiende). Santo Herodes, ¿dónde estás cuando se te necesita? Exijo la inmediata comercialización y la implantación del uso obligatorio de bozales para niños de menos de cinco años (y canis de cualquier edad).
Salgo de la copistería a las seis menos cinco. Imposible llegar a tiempo para arreglar lo de la beca e imposible también llegar a tiempo a la clase. Para llegar tarde, alguien tan puntual, casi inglés, como yo, mejor no ir.
Así pues vuelvo al bar de antes y me dispongo a vomitar lo que ahora lees en este nuestro blog (que entre mudanzas, pitos, flautas y carencia de Internet, tengo ligeramente descuidado).
Aprovecho también para cagarme en los responsables de mi ínclita y maravillosa inmobiliaria que, tras una semana de atasco de cañerías en la cocina, aun no se han dignado a mandar a nadie que lo arregle. Y no será porque no lo hemos intentado nosotros, que nos ha faltado probar con sangre de vestal para intentar abrir paso en las tuberías obstruidas.
Pero la necesidad agudiza el ingenio y empiezan a surgir ideas y, quizás os parezca una guarrada, pero para mí fregar los platos mientras me ducho significa un ahorro de tiempo y agua, además de un solución al persistente problema.
Una vez vomitado, me relajo terminando mi caña y mis aceitunas.
PD: supongo que la mayoría de los lectores no habrán pillado el chiste final. ¿Chiste? Sí, era un broma, chanza, chascarrilo… ¿Aceitunas? ¿En Barcelona? No me hagas reír. En el más de medio mes que llevo viviendo aquí, y en todas mis anteriores visitas, jamás, y digo jamás, me han puesto aceitunas con la bebida. La culpa, por otro lado es mía. Para que te las ponga no hace falta más que pedirlas amablemente. Eso sí, a tres pavos la tapa. Palabrita del niño Jesús.
Como decía, me encontraba pasadas las cuatro de la tarde en el clásico bar de siempre consumiendo un café para poder emplear su wifi. El motivo, aparte de carecer de conexión en casa, es que necesito un papel fundamental para que el padre Estado me ingrese la beca diligentemente cada mes. Un documento que acredite que mi cuenta bancaria es, en efecto, mi cuenta bancaria. No vaya a ser que sea yo tan gilipollas de darles la cuenta bancaria de mi vecino. O quizás tengan miedo de que les de la cuenta bancaria de mi camello para que ingresen directamente a él el dinero.
Tengo que estar en la facultad antes de las seis, hora en la que la encargada de séneca abandona su puesto de trabajo para ir a reunirse con su familia y hora también en la que empieza la clase de presentación de una asignatura cuyo nombre no recuerdo. Pero no va a ser fácil.
A eso de las cinco y algo abandono el bar en busca de una copistería en la que imprimir mi documento. Sepa el lector que lo que tardo en llegar a la facultad, si me doy un poco de prisa, es aproximadamente media hora. Calculo que en metro tardaré unos diez o quince minutos. Así que voy con un poco de prisa.
Encuentro una copistería. El establecimiento está vacío a excepción de la empleada y de un anciano. El señor debía de ser, por lo menos, el excelentísimo conde de Montecristo o, de lo contrario, no me explico la cantidad de escrituras de propiedades que traía consigo. Imagino que el señor Matusalén, sabiéndose próximo a la muerte, se afanaba por poner en regla su testamento o, a lo mejor, quería empapelar su ataúd con las fotocopias de sus escrituras. Cuarenta minutos, y no exagero, estuvo el señor paseando adelante y atrás sus malditos papeles, y cuarenta minutos estuvo la empleada haciendo viajes de la fotocopiadora al mostrador. ¡La de kilómetros que debió hacerse la pobre desgraciada!
¡Señor, por Dios! Para dos días que le quedan de vida, qué necesidad tiene usted que pasarse una tarde entera metido en este antro de dos metros cuadrados. Y lo que es peor, qué necesidad tiene usted de hacerme perder mi valioso tiempo. Disfrute de lo poco que le queda. Gástese el dinero de las fotocopias en Viagra y llene una de sus múltiples propiedades de pilinguis y váyase al infierno como Dios manda.
Por si fuera poco este suplicio, al poco de entrar yo en el establecimiento, hizo su aparición uno de los múltiples obstáculos que últimamente el Señor está poniendo en mi camino para poner a prueba mi santa paciencia. Un padre con su querido retoño vinieron a amenizarme la espera. ¡Cómo gritaba el condenado! (El niño, se entiende). Santo Herodes, ¿dónde estás cuando se te necesita? Exijo la inmediata comercialización y la implantación del uso obligatorio de bozales para niños de menos de cinco años (y canis de cualquier edad).
Salgo de la copistería a las seis menos cinco. Imposible llegar a tiempo para arreglar lo de la beca e imposible también llegar a tiempo a la clase. Para llegar tarde, alguien tan puntual, casi inglés, como yo, mejor no ir.
Así pues vuelvo al bar de antes y me dispongo a vomitar lo que ahora lees en este nuestro blog (que entre mudanzas, pitos, flautas y carencia de Internet, tengo ligeramente descuidado).
Aprovecho también para cagarme en los responsables de mi ínclita y maravillosa inmobiliaria que, tras una semana de atasco de cañerías en la cocina, aun no se han dignado a mandar a nadie que lo arregle. Y no será porque no lo hemos intentado nosotros, que nos ha faltado probar con sangre de vestal para intentar abrir paso en las tuberías obstruidas.
Pero la necesidad agudiza el ingenio y empiezan a surgir ideas y, quizás os parezca una guarrada, pero para mí fregar los platos mientras me ducho significa un ahorro de tiempo y agua, además de un solución al persistente problema.
Una vez vomitado, me relajo terminando mi caña y mis aceitunas.
PD: supongo que la mayoría de los lectores no habrán pillado el chiste final. ¿Chiste? Sí, era un broma, chanza, chascarrilo… ¿Aceitunas? ¿En Barcelona? No me hagas reír. En el más de medio mes que llevo viviendo aquí, y en todas mis anteriores visitas, jamás, y digo jamás, me han puesto aceitunas con la bebida. La culpa, por otro lado es mía. Para que te las ponga no hace falta más que pedirlas amablemente. Eso sí, a tres pavos la tapa. Palabrita del niño Jesús.
2 comentarios:
El caso es, te duchas mientras lavas los platos o lavas los platos mientras te duchas? Tanto monta monta tanto?
Por cierto, si quieres tapas ricas ricas, tienes que ir al Zurich a tomar algo a la terraza (pza Cataluña). Zumo de naranja: 7eypos. Mu rico!
¡Ya puede estarlo!
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