Se podría decir que este está siendo un verano, por decirlo de alguna manera, interesante. Prueba de ello es el profundo abandono al que tengo sometido a este nuestro blog (temporal, por supuesto). Podría comentar alguna que otra anécdota para dejar entrever de modo sutil lo guai e increíble que está siendo este verano, para que el lector se quedara con la sensación de que el que suscribe es el amo de la fiesta y vive la vida a tope y todo ese rollo molón. Sin embargo me limitaré a relatar una pequeña anécdota que tuvo lugar ayer y que podría decirse que encierra el sentido de la vida, el universo y todo.
Estando como estábamos arreglando el mundo en la terraza de un bar cualquiera en una ciudad cualquiera, una señora avanzada en años llegó con su Pepe. El que respondía a ese nombre no era otro que su adorable perrito. Después dedujimos que el nombre era en honor a su difunto marido. ¿Quién si no le pondría un nombre así a un perro? El caso es que, levantando la pata de la mesa, introdujo la correa del perro por debajo para así evitar que se escapara o hiciera algún mal perruno. Acto seguido le dijo “Espera ahí, eh” mientras se introducía en el bar. En el camino al interior la escuché murmurar “Claro que va a esperar, no le queda otra…”
¡Cuánta verdad destilaban sus palabras! ¿Cómo iba a moverse el chucho estando atado a la mesa? Sin embargo, le dijo que no se moviera para que por un momento pensara que era opción suya no hacerlo. Y ese es el sentido de la vida. Todos estamos atados a la mesa pero nos hacen creer que permanecemos a su lado porque queremos. Más claro agua, si el lector no lo capta no es asunto mío.
Por otra parte, ayer un señor mexicano me dijo que mi bigote era soberbio. Y todos somos conscientes de que los que más saben de bigotes en este mundo son los mexicanos y las portuguesas. Así que olvídate de todo lo anterior. El sentido de la vida es que tengo un bigote cojonudo.
Estando como estábamos arreglando el mundo en la terraza de un bar cualquiera en una ciudad cualquiera, una señora avanzada en años llegó con su Pepe. El que respondía a ese nombre no era otro que su adorable perrito. Después dedujimos que el nombre era en honor a su difunto marido. ¿Quién si no le pondría un nombre así a un perro? El caso es que, levantando la pata de la mesa, introdujo la correa del perro por debajo para así evitar que se escapara o hiciera algún mal perruno. Acto seguido le dijo “Espera ahí, eh” mientras se introducía en el bar. En el camino al interior la escuché murmurar “Claro que va a esperar, no le queda otra…”
¡Cuánta verdad destilaban sus palabras! ¿Cómo iba a moverse el chucho estando atado a la mesa? Sin embargo, le dijo que no se moviera para que por un momento pensara que era opción suya no hacerlo. Y ese es el sentido de la vida. Todos estamos atados a la mesa pero nos hacen creer que permanecemos a su lado porque queremos. Más claro agua, si el lector no lo capta no es asunto mío.
Por otra parte, ayer un señor mexicano me dijo que mi bigote era soberbio. Y todos somos conscientes de que los que más saben de bigotes en este mundo son los mexicanos y las portuguesas. Así que olvídate de todo lo anterior. El sentido de la vida es que tengo un bigote cojonudo.
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