28/8/10

Bigotudas noches, señoras y señores

Se podría decir que este está siendo un verano, por decirlo de alguna manera, interesante. Prueba de ello es el profundo abandono al que tengo sometido a este nuestro blog (temporal, por supuesto). Podría comentar alguna que otra anécdota para dejar entrever de modo sutil lo guai e increíble que está siendo este verano, para que el lector se quedara con la sensación de que el que suscribe es el amo de la fiesta y vive la vida a tope y todo ese rollo molón. Sin embargo me limitaré a relatar una pequeña anécdota que tuvo lugar ayer y que podría decirse que encierra el sentido de la vida, el universo y todo.

Estando como estábamos arreglando el mundo en la terraza de un bar cualquiera en una ciudad cualquiera, una señora avanzada en años llegó con su Pepe. El que respondía a ese nombre no era otro que su adorable perrito. Después dedujimos que el nombre era en honor a su difunto marido. ¿Quién si no le pondría un nombre así a un perro? El caso es que, levantando la pata de la mesa, introdujo la correa del perro por debajo para así evitar que se escapara o hiciera algún mal perruno. Acto seguido le dijo “Espera ahí, eh” mientras se introducía en el bar. En el camino al interior la escuché murmurar “Claro que va a esperar, no le queda otra…”

¡Cuánta verdad destilaban sus palabras! ¿Cómo iba a moverse el chucho estando atado a la mesa? Sin embargo, le dijo que no se moviera para que por un momento pensara que era opción suya no hacerlo. Y ese es el sentido de la vida. Todos estamos atados a la mesa pero nos hacen creer que permanecemos a su lado porque queremos. Más claro agua, si el lector no lo capta no es asunto mío.

Por otra parte, ayer un señor mexicano me dijo que mi bigote era soberbio. Y todos somos conscientes de que los que más saben de bigotes en este mundo son los mexicanos y las portuguesas. Así que olvídate de todo lo anterior. El sentido de la vida es que tengo un bigote cojonudo.

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