14/1/20

El terror

¿Qué puede ser peor que, tras una larga noche de ingesta sin mesura de bebidas espirituosas, encontrarse, al volver a casa, con tus progenitores recién levantados, desayunando o, casos peores se han visto, comiendo, incluso merendando o despertándose de la siesta? Pues os lo voy a decir.

Vivía yo aún con mis padres cuando volvía a casa más temprano que tarde una mañana de domingo. Cosa rara, porque yo casi nunca salgo. Iba pensando que, dada la hora, lo más probable es que estuviera ya despierta mi ascendencia más directa. Así que iba alternando mentalmente entre una excusa peregrina para lo intempestivo de la hora y un plan magistral para no cruzarme con nadie si conseguía atravesar por el salón sin ser visto y, después, descolgarme por el balcón hasta las ventana de mi habitación, cuando ocurrió algo con lo que no contaba. Justo cuando llegaba yo al portal, de la panadería de al lado salió mi padre. Pensé en hacerme el graciosillo y decirle «vaya horitas, ¡eh! ¡Te parecerá bonito! Por lo menos tú traes pan, espera que voy a por mermelada y nos hacemos unas tostadas, je, je, je...». Pero me contuve, no me preguntéis por qué.

Entramos los dos en el portal y subimos juntos a casa. En ascensor. Nueve pisos. El terror. Qué viaje más largo. Debíamos ir por el tercero cuando mi padre me dijo: «No puedes ni hablar». Ahora, en retrospectiva, creo que no lo dijo con acritud, sino más bien constatando un hecho, una realidad. Pero en el momento me encontré en una tesitura complicada, en una encrucijada. Porque si me quedaba callado, le estaba dando la razón. Pero si intentaba contestarle, iba a demostrar empíricamente y sin asomo de duda que, efectivamente, no podía ni hablar.

Cuando por fin me decidí por la vía de la respuesta ingeniosa, mi padre hacía un rato ya que había entrado en casa y yo había hecho varios viajes arriba y abajo en el ascensor con diferentes vecinos, a cada cual más estupefacto.


Por favor, bebe con moderación. No podemos subir en ascensor por ti.  


No hay comentarios: