Al autobusero no le hace
ni puta gracia el asunto. Cuando le dijeron que fuera al despacho del
jefe, que tenía una sorpresa para él, no sospechaba que a su
alrededor se había gestado un complot para elegirlo como conductor
designado. Y no es que se le encomendara la tarea de mantenerse
abstemio durante la cena de empresa; ojalá. Había sido seleccionado
para conducir el autobús que cada año substituye en las fiestas
patronales de Torralba de Ribota a los toros y a las vaquillas.
—Oiga, esto es una
encerrona— repitió molesto.
—Casi —contestó su
superior—, ¡es un encierro!
Esto
es completamente verídico (quizás no la escena que acabo de
describir). Un grupo de jóvenes se reúne en una carretera y entona
el canto en honor a su patrón. A continuación se escucha el
chupinazo, la banda empieza a tocar y la gente echa a correr con el
periódico enrollado en la mano. Pero no estamos en Pamplona, sino en
Torralba, en algún lugar de Calatayud, y la gente no huye de una
manada de toros, sino de un autobús.
Superada
la perplejidad que supone el impacto de estas imágenes en mis
retinas, no puedo hacer más que aplaudir la iniciativa. ¿Que
quieren correr? Que corran. ¿Que quieren adrenalina? Que corran
delante de un bus. Y que las vacas, los toros, el alcalde y demás
rumiantes se dediquen a pastar tranquilamente.
Me
sirve, además, para entender cierto aspecto de una tradición que me
es ajena por completo. Lo del periódico hecho un canuto que los
corredores llevan en ristre. Siempre me ha fascinado las personas que
se plantan delante de un animal de unos 600 kilos armados únicamente
con la confianza en sus habilidades de runner
y un churro de papel prensa. Para azuzar al toro, dicen. Entonces,
¿por qué en Torralba también lo hacen? ¿Por qué plantarse
delante de una máquina de diez toneladas enarbolando un periódico?
¿Por pura imitación? ¿Para azuzar al autobús? No. Por fin lo he
comprendido. Lo que quieren decir mientras se azotan con el periódico
en la pierna, ya sea mientras corren delante de un toro o de un
autobús, es «en este, en este... en este quiero que salga mi
esquela».
Pero
vaya, que me parece bien. ¿Quién puede sufrir en esta fiesta?
Quizás se resienta el motor al meter mal una marcha, pero siempre
será mejor que sufra el embrague y no un bragado. Puede que haya
quien diga que es una manera estúpida de castigar al medio ambiente,
que es un gasto innecesario de combustible. ¡Error! Porque, no os lo
había dicho antes, pero van pasajeros en el autobús; la juventud
corre delante del vehículo durante un trecho de su recorrido
habitual. Los perjudicados serían, en todo caso, aquellos pasajeros
cuya parada el conductor se salte a la torera.
Al
alcalde le preguntan si es seguro todo este asunto. Asiente con
seguridad y afirma que cuentan con la complicidad del chófer. Bravo.
Estupendo. Maravilla. No sé si le hacen un test psicotécnico
especial o se fían porque ya hay confianza. Al conductor, no al
alcalde. A lo mejor hay alguno que ve la oportunidad de tomarse la
revancha y, como un loco tras el volante, visualiza al cretino que no
lleva nunca justo, a la amargada que nunca saluda, al imbécil que
pega los chicles debajo del asiento... Templanza, Ermenegildo, que te
pierdes, y de poco sirve un chófer que se pierde.
La
cara amarga la protagoniza Mustafá, empleado desde hace años de la
compañía, al que nunca permiten participar de la fiesta —como
conductor— por culpa de su indumentaria. El resto del año que
vista como quiera, pero ese día... O se cambia de ropa o no hay
manera. Una persona con turbante conduciendo un autobús contra la
gente puede dar lugar a confusiones.
También
tiene aspectos positivos para los taurinos, que pueden camuflarse de
ludistas y protestar, como los ingleses en el siglo XIX, por el
imparable avance de las máquinas, que están dejando sin trabajo a
mucho bovino inocente. Quizás el argumento más inteligente que este
sector haya esgrimido nunca.
Aunque
también me gustaría romper una lanza (la del Toro de la Vega, por
ejemplo) en favor de los más conservadores. Y es que cosas como
estas rompen con nuestras tradiciones, con nuestra cultura; rompen
España, si me apuras. Se minan nuestras raíces, se desquebraja
nuestra herencia y nuestro patrimonio; se acaba con la fiesta, se
termina con el espectáculo (que lo llamen como quieran, pero que no
lo llamen matrimonio, digo encierro). Se
empobrece así nuestro legado cultural. Desconozco la historia de
Torralba de Ribota, pero de donde yo vengo, una tierra rica en
tradiciones, ha sido la gente, de toda la vida, la que ha corrido
detrás del autobús.
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