30/8/17

Sin Frenines

—Oiga, esto es una encerrona.

Al autobusero no le hace ni puta gracia el asunto. Cuando le dijeron que fuera al despacho del jefe, que tenía una sorpresa para él, no sospechaba que a su alrededor se había gestado un complot para elegirlo como conductor designado. Y no es que se le encomendara la tarea de mantenerse abstemio durante la cena de empresa; ojalá. Había sido seleccionado para conducir el autobús que cada año substituye en las fiestas patronales de Torralba de Ribota a los toros y a las vaquillas.

—Oiga, esto es una encerrona— repitió molesto.
—Casi —contestó su superior—, ¡es un encierro!

Esto es completamente verídico (quizás no la escena que acabo de describir). Un grupo de jóvenes se reúne en una carretera y entona el canto en honor a su patrón. A continuación se escucha el chupinazo, la banda empieza a tocar y la gente echa a correr con el periódico enrollado en la mano. Pero no estamos en Pamplona, sino en Torralba, en algún lugar de Calatayud, y la gente no huye de una manada de toros, sino de un autobús.

Superada la perplejidad que supone el impacto de estas imágenes en mis retinas, no puedo hacer más que aplaudir la iniciativa. ¿Que quieren correr? Que corran. ¿Que quieren adrenalina? Que corran delante de un bus. Y que las vacas, los toros, el alcalde y demás rumiantes se dediquen a pastar tranquilamente.

Me sirve, además, para entender cierto aspecto de una tradición que me es ajena por completo. Lo del periódico hecho un canuto que los corredores llevan en ristre. Siempre me ha fascinado las personas que se plantan delante de un animal de unos 600 kilos armados únicamente con la confianza en sus habilidades de runner y un churro de papel prensa. Para azuzar al toro, dicen. Entonces, ¿por qué en Torralba también lo hacen? ¿Por qué plantarse delante de una máquina de diez toneladas enarbolando un periódico? ¿Por pura imitación? ¿Para azuzar al autobús? No. Por fin lo he comprendido. Lo que quieren decir mientras se azotan con el periódico en la pierna, ya sea mientras corren delante de un toro o de un autobús, es «en este, en este... en este quiero que salga mi esquela».

Pero vaya, que me parece bien. ¿Quién puede sufrir en esta fiesta? Quizás se resienta el motor al meter mal una marcha, pero siempre será mejor que sufra el embrague y no un bragado. Puede que haya quien diga que es una manera estúpida de castigar al medio ambiente, que es un gasto innecesario de combustible. ¡Error! Porque, no os lo había dicho antes, pero van pasajeros en el autobús; la juventud corre delante del vehículo durante un trecho de su recorrido habitual. Los perjudicados serían, en todo caso, aquellos pasajeros cuya parada el conductor se salte a la torera.

Al alcalde le preguntan si es seguro todo este asunto. Asiente con seguridad y afirma que cuentan con la complicidad del chófer. Bravo. Estupendo. Maravilla. No sé si le hacen un test psicotécnico especial o se fían porque ya hay confianza. Al conductor, no al alcalde. A lo mejor hay alguno que ve la oportunidad de tomarse la revancha y, como un loco tras el volante, visualiza al cretino que no lleva nunca justo, a la amargada que nunca saluda, al imbécil que pega los chicles debajo del asiento... Templanza, Ermenegildo, que te pierdes, y de poco sirve un chófer que se pierde.

La cara amarga la protagoniza Mustafá, empleado desde hace años de la compañía, al que nunca permiten participar de la fiesta —como conductor— por culpa de su indumentaria. El resto del año que vista como quiera, pero ese día... O se cambia de ropa o no hay manera. Una persona con turbante conduciendo un autobús contra la gente puede dar lugar a confusiones.

También tiene aspectos positivos para los taurinos, que pueden camuflarse de ludistas y protestar, como los ingleses en el siglo XIX, por el imparable avance de las máquinas, que están dejando sin trabajo a mucho bovino inocente. Quizás el argumento más inteligente que este sector haya esgrimido nunca.

Aunque también me gustaría romper una lanza (la del Toro de la Vega, por ejemplo) en favor de los más conservadores. Y es que cosas como estas rompen con nuestras tradiciones, con nuestra cultura; rompen España, si me apuras. Se minan nuestras raíces, se desquebraja nuestra herencia y nuestro patrimonio; se acaba con la fiesta, se termina con el espectáculo (que lo llamen como quieran, pero que no lo llamen matrimonio, digo encierro). Se empobrece así nuestro legado cultural. Desconozco la historia de Torralba de Ribota, pero de donde yo vengo, una tierra rica en tradiciones, ha sido la gente, de toda la vida, la que ha corrido detrás del autobús.
 
 

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