Suspiró profundamente, dio un sorbo a su café y dudó unos instantes, sentado ante el escritorio de la trastienda, antes de levantar el auricular del teléfono. No sabía si le preocupaba más lo que a todas luces se avecinaba como un gran desembolso o la bronca que su mujer le iba a echar. Ya la podía escuchar en su cabeza. «¡Te lo dije!» Maldita la hora en que se negó a contratar aquel seguro. ¿Pero cómo podía él prever que alguien encontraría divertido pasar el tiempo lanzando piedras contra el escaparate de una tienda?
Buscó en su agenda y marcó el número de Alfredo, vidriero y amigo de toda la vida, y le explicó la situación.
—Mal asunto —le contestó.
Casi le da un infarto al escuchar el presupuesto aproximado que Alfredo le ofrecía. «Cagüendiosyenlavirgenputa», pensó. Y debió de pensarlo con mucha intensidad, porque Alfredo, solidarizado con la causa de su amigo, que siempre le había tratado bien y hecho ofertas y descuentos en su tienda, le dijo:
—Bueno, a ver... Si no es muy grave, igual podemos encontrar un apaño más barato. Mucho más barato.
—Te escucho.
Definitivamente, aquello le interesaba. Fuera lo que fuera, cualquier cosa sería mejor que arruinarse por culpa de un gamberro.
La mañana avanzó y, como de costumbre, Elena se dirigió a la tienda para relevar a su marido. Estaba de buen humor, hacía buen tiempo y la mayoría de la gente estaría en la playa, así que con un poco de suerte tendría tiempo de acabar la novela que estaba leyendo. No le preocupaba demasiado no hacer mucha caja hoy. El negocio iba bien y si todo seguía así las perspectivas eran buenas.
Se detuvo al llegar al exterior de la tienda. Sacó el móvil y llamó a su marido para que saliese del interior. Es cierto que podría haberse ahorrado la llamada y entrar a buscarlo, pero no podía apartar los ojos del escaparate.
El hombre se dirigió a la calle, al encuentro de esposa, como si avanzara hacia el patíbulo.
—A ver cómo te lo explico...

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