Últimamente se está adueñando de mí la sensación de que alguien me está tomando el pelo. Es un sentimiento que ha ido creciendo poco a poco en mi interior durante estos meses. Empezó como una ligera molestia, algo que no sabía concretar. Pero, con el paso del tiempo, el sentimiento ha tomado una forma concreta, muy concreta, insultantemente concreta me atrevería decir, y se me ha revelado con la brusquedad de una bofetada en la cara: alguien se está deshuevando a mi costa.
Uno puede aceptar que ninguna persona en prácticas ha llegado a la empresa en cuestión siendo el puto amo. Por la contra, eres el último que recibe la maqueta para comenzar a escribir tus artículos, por ejemplo, y, aunque tu sueldo es sustancialmente menor que el de los empleados en plantilla, a menudo constatas cómo los últimos en irse de la redacción sois tú y tus otros compañeros becarios.
No pasa nada, te repites, porque solo son tres meses. Un consuelo que no deja de ser triste, porque trabajas cada día con el convencimiento de que no te van a contratar al final de tu período de prácticas.
Entonces te envalentonas y, cuando ya estás bajándote la bragueta para poner los huevos encima de la mesa del redactor jefe, recuerdas esa desazón que llevas percibiendo de forma latente desde hace tiempo en el pescuezo, como un yugo invisible: la terrible certeza de que ningún becario ha aprobado su periodo de prácticas después de abofetear con el prepucio a su jefe. Así pues, te guardas las pelotas de nuevo y te sientas.
Entonces te percatas de que tu mesa es la única de toda la redacción que carece de luz. Mientras que los otros puestos disponen de unos maravillosos fluorescentes para iluminar sus tareas diarias, un agujero negro se cierne sobre el tuyo. Y lo peor es que te das cuenta por los comentarios de tu jefe: “te vas a quedar ciego aquí”. Je, je. Me desorino, oiga.
Así que sigues trabajando en la semipenumbra. Hasta el día en que la sensación de que todo es una broma pesada cae sobre ti como un yunque. Mientras escribes una noticia que te la trae al pairo, notas una gotita en la nuca, y piensas: “Ya está, ya llegó el día en que alguien me ha meado por encima”. Mientras dices “por ahí no paso” te giras en Mordor, que es como has bautizado a tu escritorio, para comprobar que hay una gotera encima de tu puesto de trabajo. La única de toda la redacción.
Y así pasan los días mientras esperas a que Juan y Medio aparezca al mismo tiempo que suena la tonadilla de Inocente, inocente. Entre tanto, tu escritorio cada día se parece más a una mazmorra, húmeda y oscura; una certera metáfora del futuro laboral que te espera.
Así que aquí estoy, redactando estas líneas en la oscuridad mientras las gotas me salpican el cogote, notando como el espíritu del primer alumno en prácticas de esta empresa me ronda, dispuesto a pasarme la cruz, a modo de testigo, para poder liberarse por fin de la Santa Compaña de los Becarios Precarios.
Mañana vendré a trabajar con paraguas y linterna.
Uno puede aceptar que ninguna persona en prácticas ha llegado a la empresa en cuestión siendo el puto amo. Por la contra, eres el último que recibe la maqueta para comenzar a escribir tus artículos, por ejemplo, y, aunque tu sueldo es sustancialmente menor que el de los empleados en plantilla, a menudo constatas cómo los últimos en irse de la redacción sois tú y tus otros compañeros becarios.
No pasa nada, te repites, porque solo son tres meses. Un consuelo que no deja de ser triste, porque trabajas cada día con el convencimiento de que no te van a contratar al final de tu período de prácticas.
Entonces te envalentonas y, cuando ya estás bajándote la bragueta para poner los huevos encima de la mesa del redactor jefe, recuerdas esa desazón que llevas percibiendo de forma latente desde hace tiempo en el pescuezo, como un yugo invisible: la terrible certeza de que ningún becario ha aprobado su periodo de prácticas después de abofetear con el prepucio a su jefe. Así pues, te guardas las pelotas de nuevo y te sientas.
Entonces te percatas de que tu mesa es la única de toda la redacción que carece de luz. Mientras que los otros puestos disponen de unos maravillosos fluorescentes para iluminar sus tareas diarias, un agujero negro se cierne sobre el tuyo. Y lo peor es que te das cuenta por los comentarios de tu jefe: “te vas a quedar ciego aquí”. Je, je. Me desorino, oiga.
Así que sigues trabajando en la semipenumbra. Hasta el día en que la sensación de que todo es una broma pesada cae sobre ti como un yunque. Mientras escribes una noticia que te la trae al pairo, notas una gotita en la nuca, y piensas: “Ya está, ya llegó el día en que alguien me ha meado por encima”. Mientras dices “por ahí no paso” te giras en Mordor, que es como has bautizado a tu escritorio, para comprobar que hay una gotera encima de tu puesto de trabajo. La única de toda la redacción.
Y así pasan los días mientras esperas a que Juan y Medio aparezca al mismo tiempo que suena la tonadilla de Inocente, inocente. Entre tanto, tu escritorio cada día se parece más a una mazmorra, húmeda y oscura; una certera metáfora del futuro laboral que te espera.
Así que aquí estoy, redactando estas líneas en la oscuridad mientras las gotas me salpican el cogote, notando como el espíritu del primer alumno en prácticas de esta empresa me ronda, dispuesto a pasarme la cruz, a modo de testigo, para poder liberarse por fin de la Santa Compaña de los Becarios Precarios.
Mañana vendré a trabajar con paraguas y linterna.
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