Hacía meses, incluso me atrevería a decir años, que no me
levantaba temprano todos los días de una semana. El recuerdo de la última vez
que lo hice está muy borroso, archivado en lo más profundo de mi memoria. Al
sexto día seguido madrugando, me encuentro sentado en el bus con la mirada
perdida. Mi cerebro está encogido y arrinconado al fondo de mi cráneo. Con los
brazos se coge las rodillas mientras se pregunta: “¿Por qué? ¿Por qué a mí?”
De repente, el bus da un frenazo que obliga a mi cerebro a
expandirse bruscamente, haciendo que llegue a una conclusión crucial en mi
vida: el trabajo es un invento del Gobierno para evitar que pensamos en las
cosas verdaderamente importantes.
Soy consciente de que más de uno antes que yo habrá llegado a esta conclusión. Pero esto es como mezclar ginebra con Nesquik: hasta
que no lo pruebas por ti mismo, no eres consciente del asco que da.
No me refiero, por supuesto, al trabajo que uno hace por
placer. Cortar leña en tu casa para uso personal puede ser una de las cosas más
sanas y gratificantes para algunas personas. Lo que hace que el cerebro se
encoja es obedecer a un horario impuesto y a unas órdenes por un sueldo
determinado. Es esta mecánica la que nos impide centrarnos en las cuestiones
esenciales de la vida. Como por ejemplo, si es cierto que del polvo venimos y
al polvo volveremos… ¿Quiere decir que Dios odiaba a los asmáticos?
Puede que me equivoque y no sea esta una de los
interrogantes fundamentales de la vida, lo que significaría que el Gobierno
está haciendo bien su trabajo conmigo.
*Nota:
La Real Academia Española define becario como:
becario, ria.
Un servidor no disfruta de ninguna beca, por lo que no soy
un becario, si no un estudiante/trabajador en prácticas. Sin embargo, no sé por
qué extraño motivo, a la gente le hace gracia la palabra becario y le gusta
llamarme así. Como se me ocurren cosas peores que me podrían decir, llamaré así
a este diario temporal para darle un gusto a mi amigo lector.
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