¡Ah, los exámenes! ¡Qué satisfacción! Esa época del año en
que por fin puedes demostrar todo lo que has aprendido durante el curso.
Espera un momento.
Un poco más.
Sí, ahora. Dentro risas enlatadas.
Seamos serios. ¿Qué son los exámenes? Pues así, a bote
pronto, me parecen una estafa y una engañifa. No, vamos a implantar un sistema
educativo con nombre internacional que va a ser la bomba. Sí, os vamos a
obligar a ir a clase, pero lo bueno es que será evaluación continua.
¿Evaluación con qué? ¡Continua! Jesucristo, qué moderno suena eso.
Los cojones, evaluación continua.
Sin embargo, el período de exámenes no está exento de
pequeños detalles que lo hacen más ameno. Está el profesor “colega” que dice en
tono amistoso antes de repartir la hoja del examen: “No hace falta que os recuerde
que no se puede copiar.” Vamos a ver, entonces ¿por qué coño me lo estás
recordando? También esta el “graciosete”, que dice, pensando que ha tenido la
ocurrencia del año: “Podéis copiar”-pausa dramática- “pero que yo no os pille.”
¡Ay, el humor! No sabía que venía Gila a hacernos el examen.
También existe el profesor “paranoico”, que te hace dejar en
el suelo, al frente de la clase, hasta los empastes: mochilas, abrigos,
chaquetas, carpetas, zapatos y sombreros; todo en el suelo. Que uno se pregunta
si va a hacer un examen o a pasar un control de seguridad en el aeropuerto. ¿Es
que este tipo de profesor no ha oído hablar de iPhone, BlackBerry y Android?
Qué pregunto. No saben conectar un proyector, van a saber mandar un WhatsApp.
Cuando por fin recibes la hoja con las preguntas, las
sensaciones que te embargan son múltiples. Puede ser que te entre un vértigo
curioso cuando, al leer las cuestiones, compruebes que para lo que tu profesor
es tan importante como para hacer una pregunta tema de cinco puntos, en tus
apuntes no es más que una nota al pie. No pasa nada, normalmente a esta
sensación de vértigo le sucede una risa floja y, poco a poco, vas hilando un
cuento digno del mismísimo Charles Dickens.
Esto fue lo que me sucedió a mí en uno de los últimos
exámenes que hice. Solo que a la sensación de vértigo le sucedió la siguiente
pregunta mental: ¿Para qué voy a perder hora y media de mi vida, si ya sé cómo
va acabar el partido? Así pues, le dije al profesor que mejor me iba. “¿Qué
pasa, es qué no has estudiado?” Sí, hombre. Lo que pasa es que me lo sé tan
bien que prefiero venir en julio a ver si me lo pones un poco más difícil.
Me dijo que mejor me suspendía, porque si me ponía no
presentado, según las normas de la facultad, no me podría presentar a la
recuperación. Un detalle por su parte. “Así que te pongo un 3´5.” Espera un
momento. ¿Un 3´5 por dejarlo en blanco? Pues trae la hoja que malo será que un
punto y medio no consiga sumar.
Estoy planteándome muy seriamente ir a la revisión, a
ver si consigo arañar unas décimas y que redondee hacia arriba. Y si se pone quisquilloso, que me enseñe qué es lo que está mal en mi examen. “No, es que te llevaste
la hoja del examen.” ¿Que yo me llevé qué? Yo no me llevé nada. ¿No estará
queriendo decir usted que ha perdido mi examen? Matrícula seguro. La que tendré
que pagar el año que viene en esa asignatura.
¿Acaso no dicen que una retirada a tiempo es una victoria?
Pues leer las preguntas, levantarse y abandonar la clase con dignidad debería
ser un aprobado. Pero se ve que las autoridades didácticas no piensan igual que
nosotros, pobres alumnos mortales. Ya que no se le puede llamar aprobado, lo
llamaremos, de ahora en adelante, como un buen amigo mío lo hace: el suspenso
del marqués.
Luego hay preguntas de examen, que sin ser cruciales por su
bajo valor, te dejan con el culo torcido. “¿Quién es Josep María Martí?” Examen
de Radio, un punto y medio. Un nombre nada común. ¿En Catalunya? Debe haber un
individuo, a lo sumo dos, que se llame así. Yo soy una persona a la que no le
gustan las medias tintas, así que o contesto todo o dejo el examen en blanco,
pero una pregunta sin contestar es una deshonra. Así que mi respuesta fue la
siguiente: “Josep María Martí es la persona que me ha enseñado que debo prestar
más atención en clase y/o tomar vitaminas para la memoria.” Un notable,
palabrita del niño Jesús.
En fin, ¿qué más da? ¿Qué es un examen comparado con la
inmensidad del océano o con el cariño de un madre? O con el cariño de un océano
y la inmensidad de una madre, según el caso. Total, cuando me muera no me voy a
acordar. Allí estaré, en mi lecho de muerte, diciéndole a los que me rodean (si
es que, a esas alturas, aun queda alguien que me aguante): “He tenido una vida
larga y plena; he sido feliz, solo lamento no haber estudiado más para aquel
examen de historia. Oh, si Dios fuera tan misericordioso de alargar unos meses
mi insignificante vida juro por lo más sagrado que estudiaría como si no
hubiera mañana.”
5 comentarios:
Enorme Berber, en tu línea.
"Estoy planteándome muy seriamente ir a la recuperación(...)"
Será a la REVISIÓN, no?
Y qué tal si vas a la revisión de tu propia entrada del blog, la editas y al final le añades una foto de Rody Aragón en honor de un tío que llegó a tu blog y te lo corrigió cual examen, tal como haría un payaso? Te apetece? A mi sí.
No veo a Rody Aragón por ningún lado...
Jajajaja Muchas gracias por la correción, don Mortimer, pero no veo necesario el escarnio hacia su persona con Rody Aragón xd
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