28/10/11

Volando voy, volando vengo

Acabo de volver de Málaga, aunque casi no llego. Pero no adelantemos acontecimientos.

En el aeropuerto de Barcelona pude presenciar una exhibición de magnífica labor policial. Cuando me disponía a pasar por debajo del arco detector de metales, desde el otro lado un policía me preguntó si había depositado en la bandeja todos los objetos de metal. Eché un vistazo a la bandeja y después asentí. “¿Así que sí? Entonces los auriculares que llevas colgando de la camiseta, que supongo que irán unidos a un dispositivo de audio; el cinturón y el mosquetón con las llaves que llevas colgando del pantalón… ¿Nada de eso es metálico?” Caramba, eres todo un sabueso. Apuesto a que en todos estos años de servicio no se te ha colado ni uno solo con un cortaúñas. He de reconocer que ahí estuvo fino el señor policía y, por qué no decirlo, un poco espeso un servidor.

Aun así pité al pasar por el arco. Así que el señor policía se puso a toquetearme en busca de objetos peligrosos. Al no encontrar nada, me dejó pasar tranquilo. Pero yo estaba inquieto. Si había sacado todo lo metálico que llevaba encima, ¿qué es lo que pitaba? ¿A caso llevo un marcapasos y no lo sé?

La duda se resolvió pronto, sentado en el avión, cuando metí la mano en el bolsillo y saqué un USB. No somos tan listos, ¿eh, señor agente? Si conseguí colarme con un USB, quién sabe con qué objeto peligroso podría entrar en el avión la próxima vez.

A continuación, antes de poder subir al avión, otro agente me incautó el desodorante. No vaya a ser que, en un intento de ataque terrorista, armado con desodorante y mechero le quemara las cejas al comandante.

¿Qué decir de Málaga? Se podrían decir muchas cosas, pero hay una imagen que se me quedó grabada.


Supongo que empleando un razonamiento lógico, el autor del cartel pensó: “Si la palabra «si» puede llevar o no tilde, la palabra «no» también. Así que si lo que quiero es mostrar con rotundidad la prohibición de introducir publicidad en el portal, «no» llevará tilde.”

Por otro lado, la ausencia de comas o puntos en el cartel, pude hacer que se interprete de otra manera. “Publicidad: no hay buzón exterior”, dando a entender de esta manera a los repartidores de publicidad que deben timbrar en todos los pisos hasta que alguien les abra la puerta para poder introducir la publicidad en los buzones interiores.

Tras unos días estupendos en Málaga, en los que pude vivir en primera persona cómo es allí la época del monzón, me encontraba de nuevo metido en un avión de regreso a la Ciudad Condal.

Yo siempre había pensado que el cinturón de seguridad, a esas alturas, era un poco placebo. Que su única utilidad era, en caso de accidente, dejarte bien sujeto a tu asiento para que identificaran tus restos calcinados por tu número de asiento. Y ni eso, porque hoy en día la política de las compañías es más la de “siéntese dónde pueda y rapidito”. Sin embargo, en este viaje descubrí que la verdadera utilidad del cinturón de seguridad es no quedarte encajado en el compartimiento de las maletas cuando el avión decide espontáneamente bajar de golpe unos cuantos metros.

Así pues, el avión consideró que ya estaba cansado de volar y que le apetecía cabalgar, por lo que empezamos a viajar dando saltos. En el momento en el que el aeroplano se encabritó, el avión se dividió en tres (quiero decir el pasaje, no lo que es el aparato volador).

Estaban por un lado los que gritaban asustados, exclamando en un tono agudo cada vez que el avión hacía un movimiento brusco.

Por otro lado estaban los que gritaban jocosos: “¡Dragon Kan! ¡Ya no nos hace falta ir a Port Aventura!”

Y luego estábamos los del tercer grupo, que guardábamos un respetuoso silencio ante la posibilidad de un encuentro inminente con la muerte. Pensamientos como “hasta aquí he llegado”, o “mierda, aun me quedan muchas cosas por hacer”, se nos pasaban por la mente en ese momento. Particularmente, yo decidí ponerme a leer las instrucciones que hay que seguir en caso de emergencia. Así descubrí que en caso de aterrizaje forzoso no se debe llevar tacones, pendientes, gafas ni dentadura postiza. Una vez que el avión se ha detenido, hay que dirigirse hacia las salidas de emergencia. Espero que estén indicadas en braille, porque de lo contrario difícilmente las voy a encontrar yo sin gafas.

Lo de los tacones lo podría llegar a entender. Supongo que no es el calzado más cómodo para caminar entre los restos de un accidente. Lo de los pendientes… Bueno, supongo que una catástrofe de este calibre no es el momento para estar monos. Pero… ¿La dentadura? ¿Cuál es el motivo para despojar a los desdentados de sus dientes falsos? Imagínense por un momento que el avión cae en una isla desierta y que los pasajeros tienen que sobrevivir allí mientras llega el equipo de rescate. Que alguien me explique dónde se encuentran Potitos en una isla desierta para alimentar a un anciano sin dientes.

Por otro lado tiene que ser bien triste que, en un accidente aéreo, en vez de morir por la caída del avión, mueras acogotado por el impacto de una dentadura postiza.

Cuando empieces a hacer amigos en el mas allá y te pregunten por el motivo de tu muerte, la situación será curiosa.

— Morí en un accidente aéreo.
— ¿Hubo muchas víctimas?
— Solo yo. El aterrizaje fue un poco brusco, pero nada grave. El caso es que unos dientes salieron disparados y me mordieron la nuca. Desangrado en treinta segundos…

Finalmente el avión nos depositó sanos y salvos en tierra. Pero uno se pregunta a quién quieren engañar cuando dicen que es el medio de transporte más seguro. ¿Cómo puede ser el más seguro un medio en el que la gente aplaude cuando llega bien? ¿Le aplaudes al taxista cuando te deja en tu destino?

Piénsalo.

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