20/10/11

Casi helado

Una señora me aborda en la calle, armada con una carpetilla, para preguntarme si tengo un momento. Le contesto que ya tengo religión, que no colaboro con ONGs, y que no estoy interesado en comprar biblias.

— No es eso, ¿tú bebes Coca-cola?
­— Sí, especialmente mezclada con whisky.
— ¿Y Coca-cola Zero?

Me pregunto si me ha visto pinta de necesitar consumir productos bajos en azúcar.

— Pues no…
— Oh… Qué pena. Es que estamos haciendo un estudio de mercado de un nuevo producto…

De inmediato se me vino a la cabeza la historia del helado. Antes de que pudiera corregir y decir que sí, que bebo Coca-cola Zero, ansioso por descubrir las aventuras que me depararían este nuevo producto, la señora me lanzó otra pregunta:

— ¿Y chicles? ¿Tomas chicles?

Lo cierto es que no soy un gran consumidor de chicles. Pero le dije que sí, que me paso el día tomando chicles, que mascando me acuesto y mascando me levanto, que me ducho con el chicle en la boca y que los tomo hasta con los cereales.

­— Entonces habla con ella —me dijo señalándome a una chica, armada con carpetilla también—, que seguro que le interesa.

Me lleva junto a la fulana en cuestión y le dice: “Este chico toma chicles.” Ante tal noticia, mi nueva interlocutora no es que se mostrara especialmente sorprendida, pero aun así, me preguntó si estaría disponible para un encuentro el viernes a las cuatro.

Esto ya me parece de juzgado de guardia. Ya no se contentan con apartarte de tu camino e introducirte en un hotel contra tu voluntad, si no que ya conciertan citas para otro día. Evidentemente, le dije que no, no solo porque no me encontraré en la Ciudad Condal ese día, si no porque tentar a la suerte dos veces metiéndome en un recinto cerrado con una desconocida con carpeta, me parece exagerado.

Lo cierto es que me quedo con la duda de cómo se desarrollaría el encuentro. Aunque, fuera como fuera, pongo a Dios por testigo que en esta ocasión no me iría de allí sin mi maldito chicle, tuviera que mentir a las máquinas que tuviera que mentir.

Pero esto de que me aborden por la calle se está empezando a convertir en una mala costumbre. Ayer, otra chica carpeteada me preguntó si sabía de alguien que quisiera trabajar. Le contesté que así, a bote pronto, se me ocurren dos millones de personas, ya que calculo que al menos uno de cada dos parados en España estará buscando trabajo.

— ¿Si anoto aquí tu número y te llamamos hablaremos con alguien que quiera trabajar?

Lo cierto es que todo tenía un aire sospechoso. Le contesté que dependía del tipo de trabajo que se tratara.

— Es algo relacionado con el mercado.

Cuando le pregunté si no me podía dar más datos al respecto, su compañera acudió en su auxilio.

— Se trata de un trabajo que lleva poco tiempo haciéndose en España. En Estados Unidos lleva más tiempo realizándose, pero aquí hace unos cinco años que se hace.

— Correcto. ¿Pero en qué consiste? — Insistí.

La cosa debía ser compleja de verdad, o turbia, muy turbia, si no, no se explica el porqué de rehusar contestar mi pregunta. Quizás estuvieran reclutando asesinos a sueldo o, peor aún, logopedas para el rey.

— Es algo demasiado complicado como para que te lo explique rápidamente. Danos tu teléfono y te lo explicaremos con más detalle…

­— Si es tan complicado, no me interesa, que a lo mejor hace falta un doctorado o algo así y yo no dispongo de uno.

Y, dándome la vuelta, seguí con mi camino, preguntándome cómo es posible que haya tanta gente en paro si el trabajo lo regalan por la calle.

1 comentario:

tinchtinch dijo...

Carámbanos, mola que te presenten a una mujer con un “este chico toma chicles.” El mundo del márketing es surrealista.
Muy fino el título! Y aguda la respuesta de los dos millones, sí señor!