La cajera del súper me mira fatal. En una mano sostiene mi tarjeta de crédito y, en la otra, mi DNI. Mira para una mano, mira para la otra, y me mira a mí. Con el recelo destellando en los ojos, repite el proceso.
— ¿Este eres tú? — me pregunta desconfiada.
Supongo que su anterior trabajo en la CIA, destapando agentes infiltrados, le ha dejado el carácter impregnado de reticencia. Le contesto afirmativamente.
— Pues no te pareces…
Perdona. Guárdame la compra en lo que voy a casa y me afeito y, dentro de un año, cuando tenga el pelo igual de largo que en la foto, vuelvo. Aunque igual el pan está un poco duro para entonces…
Finalmente acepta cobrarme con la tarjeta de crédito. Sin embargo, sigue con la mosca detrás de la oreja.
— ¿Me enseñas tu mochila?
— Por su puesto — le pongo la mochila delante de la cara y continúo diciendo: — aunque tiene solo dos compartimientos o bolsillos, es de muy buena tela y resistente. Unas costuras estupendas. Si estás pensando en comprarte una, esta es una muy buena opción.
Y me vuelvo a poner la mochila a la espalda.
— No, que me la enseñes por dentro— insiste.
— ¿Me vas a enseñar luego el contenido de tu bolso?
— No.
— Pues yo no te enseño el de mi mochila. ¿O acaso le vas a pedir a la señora que te enseñe lo que lleva ella en su bolso? — la señora se escandaliza un poco, horrorizada ante la posibilidad de que alguien le acuse de ladrona. Se toca la gargantilla que lleva colgada al cuello y mira para los lados, como diciendo “¿Se refiere a mí? Yo no he robado nunca y nunca lo volveré a hacer.”
La cajera, aun habiéndome devuelto mi tarjeta y el DNI, seguía empeñada en ver mi mochila. Yo, hasta las narices del súper, la cajera y la madre que la parió, le dije:
—Mira, por qué iba a llevarme algo en la mochila, si total la tarjeta de crédito es robada.
Y, cargado con mis bolsas, abandoné aquel maldito supermercado.
— ¿Este eres tú? — me pregunta desconfiada.
Supongo que su anterior trabajo en la CIA, destapando agentes infiltrados, le ha dejado el carácter impregnado de reticencia. Le contesto afirmativamente.
— Pues no te pareces…
Perdona. Guárdame la compra en lo que voy a casa y me afeito y, dentro de un año, cuando tenga el pelo igual de largo que en la foto, vuelvo. Aunque igual el pan está un poco duro para entonces…
Finalmente acepta cobrarme con la tarjeta de crédito. Sin embargo, sigue con la mosca detrás de la oreja.
— ¿Me enseñas tu mochila?
— Por su puesto — le pongo la mochila delante de la cara y continúo diciendo: — aunque tiene solo dos compartimientos o bolsillos, es de muy buena tela y resistente. Unas costuras estupendas. Si estás pensando en comprarte una, esta es una muy buena opción.
Y me vuelvo a poner la mochila a la espalda.
— No, que me la enseñes por dentro— insiste.
— ¿Me vas a enseñar luego el contenido de tu bolso?
— No.
— Pues yo no te enseño el de mi mochila. ¿O acaso le vas a pedir a la señora que te enseñe lo que lleva ella en su bolso? — la señora se escandaliza un poco, horrorizada ante la posibilidad de que alguien le acuse de ladrona. Se toca la gargantilla que lleva colgada al cuello y mira para los lados, como diciendo “¿Se refiere a mí? Yo no he robado nunca y nunca lo volveré a hacer.”
La cajera, aun habiéndome devuelto mi tarjeta y el DNI, seguía empeñada en ver mi mochila. Yo, hasta las narices del súper, la cajera y la madre que la parió, le dije:
—Mira, por qué iba a llevarme algo en la mochila, si total la tarjeta de crédito es robada.
Y, cargado con mis bolsas, abandoné aquel maldito supermercado.
2 comentarios:
Me encanta.
Eva
Muchas gracias Eva!
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