4/2/11

Tragedia

Ha ocurrido una terrible tragedia (¿existe alguna que no sea terrible?) que ha conmocionado profundamente mi vida: se me han roto las gafas. Por motivos que no voy a describir aquí, una parte de la montura se ha roto produciendo el inexorable desprendimiento de uno de los cristales que me sirven como paliativo de la vista de topo con la que Dios me castigó a los pocos años de nacer. Sucedió ayer en Santiago, por lo que hoy me he visto obligado a venir a Vigo para acudir a mi óptica de cabecera. No penséis que mientras tanto he estado viviendo en la más absoluta penumbra, percibiendo el mundo a través del oído, el tacto, el olfato y, por qué no, el gusto (quizás este último de los sentidos sea el menos práctico a la hora de esquivar farolas, aunque el olfato y el oído tampoco le andan a la zaga ya que, por desgracia, las farolas de hoy en día son bastantes silenciosas e inodoras). Como decía, no he vivido en la penumbra, si no que he tenido que recurrir a esos pequeños plastiquitos oculares transparentes, conocidos también como lentillas. Pero por motivos obvios para todos los del gremio de la poca vista, uno no puede pasarse todo el día con dos pedazos de plástico debajo del párpado. Igual que lo mejor para estar en casa es un chándal viejo o solamente los calzoncillos si el tiempo lo permite, al llegar a la dulce morada lo que le apetece a uno es despojarse de las lentillas y reencontrarse con sus queridas gafas, por muy sucias que estén.

He ahí el problema. Cuando llego a casa, ni Nescafé Cappuccino ni pollas, ya que al quitarme las lentillas no podría calentar un vaso de leche ni con la ayuda del mismísimo Lazarillo de Tormes. Por otro lado, intentar leer, ver una película o plantarse delante del ordenador con las lentillas puestas después de haberlas llevado unos cuantos pares de horas, es algo francamente desagradable, molesto e irritante, por no decir borroso y confuso.

Así pues, como venía diciendo, acudí a Vigo para ir la óptica. Le indiqué al señor óptico y optometrista que estaba en un apuro, ya que sin gafas veo menos que una pierna de madera. Él me dijo que la cosa estaba jodida. O encontrábamos una montura en la que encajasen mis cristales, o pegábamos la mía con una solución mágica pero poco duradera, o habría que mandar mis preciadas gafas al taller para que me las recompusieran. Los primeros quevedos (derrochando vocabulario) que me ofreció me ofendieron, por qué no decirlo. Unas gafas de pasta color naranja butano con patillas de metal que no se pondría ni el propio Leonardo Dantés. El resto de las gafas no eran mucho mejores, así que el óptico concluyó que deberíamos mandar mis gafas al taller y que el lunes o el martes las tendría de vuelta. Yo le pregunté si mientras tanto me iba a dejar el perro de su puta madre para que me hiciera de guía. Saltaba a la vista (tu tu pá) que el señor no entendía mi problema. Le indiqué que la solución mágica temporal me parecía la más apropiada dada la situación, aunque él parecía reticente. Para convencerle le dije que no era un capricho, que para estar sin gafas perfectamente podía hacer como Edipo (exceptuando lo de matar a mi padre y tirarme a mi madre -ni Keith Richards en sus mejores tiempos-) y arrancarme los ojos.

Finalmente cedió y me recompuso la montura con la solución mágica (yo diría que era blue tack), gracias a la cual he podido narraros esta maravillosa anécdota que espero que sea mi regreso con constancia a este nuestro blog.

PD: Nótese que en el segundo párrafo utilizo la palabra “lentillas” dos veces muy seguidas. Pensé en poner lente de contacto pero no me acabó de convencer. Recurrí al diccionario de sinónimos y alguna de las opciones que me ofrecía eran: tardillas, pausadillas o torpillas. Me dio tal ataque de risa que preferí dejarlo como estaba.

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