18/11/10

Me cago en las compañías de teléfono

Y es que no se salva ninguna. Parece que están inmersas en absurdo concurso en el que gana la que consiga hacer la mayor gilipollez o la que consiga hacer perder más el tiempo a sus clientes. Para muestra de tontería supina que rige el funcionamiento de las compañías, un botón:

Encontrábase María, cliente –o más bien diría víctima- de Telefónica, en el aeropuerto de A Coruña, cuando decidió que para pasar el tiempo muerto estaría bien conectarse al Wifi de la terminal. Pero, oh campos de soledad, oh mustios collados, encontrose con que era necesaria una contraseña para acceder al maravilloso mundo de la red. Solícitamente, María requirió el envío de dicha contraseña a través de un mensaje de texto. Pero la preciada clave nunca llegó. O eso pensó María. Su sorpresa fue del tamaño de Denver, Colorado, cuando, por fin en casa, se conectó a Internet, abrió el correo electrónico y ¿qué se encontró? Un email con la contraseña para el Wifi. ¡Bravo Telefónica! ¡Te has superado! ¿No se le ha podido ocurrir a nadie en toda la empresa que si tuviera acceso al correo electrónico y, por lo tanto, a Internet, ya no solicitaría ninguna contraseña para el Wifi? Claro que no. O si… Mi mente se debate entre catalogar a los dirigentes de Telefónica como retrasados mentales terminales e irreversiblemente profundos o como hijos de la grandísima gran puta.

Pues hoy me ha tocado otra vez pelearme con mi queridísimo Vodafone. Tengo contratado un servicio que quise dar de baja por considerarlo inútil. Llamo al 1, 2, 3, teléfono de atención al cliente de Vodafone o, como yo prefiero llamarlo, teléfono de la desesperanza y, como no, tras pelearme dura y largamente contra la voz de una máquina, me contesta una voz sudamericana. Sobra decir que no soy racista, ni xenófobo, ni nada por el estilo, pero cojones, ¿qué diantres le costaría sacarse la polla de la boca a la señorita que me atendió? Le comunico como bien puedo que quiero darme de baja del servicio y ella, muy atentamente, me dice que eso no va a ser posible a causa de un terrible problema en no sé qué carajo, algo muy complicado de resolver que le llevaría por lo menos unas seis horas. Homérica tarea, supongo. Me dice que si me urge, puedo acercarme a un establecimiento Vodafone y hacerlo en persona. La mando a la mierda y bajo a la calle. Entro en un establecimiento Vodafone y le indico al cachas engominado de detrás del mostrador que deseo con toda mi alma dar de baja el servio previamente contratado por mí (¿Quién me mandaría?). Tras procesar como bien pudo la información que yo le transmití, quizás hablé muy deprisa, quizás el simio era idiota perdido, me informó de que él no estaba autorizado para hacer lo que yo le pedía. Mierda, tío. Te he pedido que me canceles un servicio, no que mates a tu padre. Me indica de que en las tiendas Vodafone no están autorizados para dar de baja nada y que, en todo caso, puedo acercarme a la tienda Vodafone que está en una calle que ni sé dónde queda ni me sale de las pelotas ir, que allí podrán hacerlo porque es la oficial. Un momento. ¿Cómo que la oficial? Entonces esta tienda si no es oficial… ¿Es pirata? ¿Cómo puede haber tiendas Vodafone no oficial? Le pregunto al dependiente si la policía está al corriente del incipiente mundo del top manta en el mundo de la telefonía móvil. Sus parpados se abren y se cierran varias veces sobre sus simiescos ojos antes de contestarme que no sabe qué pretendo decirle. Supongo que la gomina ya le ha llegado al cerebro. Abandono la estancia rezando porque Dios le conserve los músculos porque los que es la materia gris ya la podemos dar por perdida.

De camino a casa, con intención de ahorcarme en el patio de luces como símbolo de protesta contra la industria de la telefonía móvil, intento otra llamada al 1, 2, 3, ya sin ningún tipo de esperanza. Tras otro diálogo absurdo con una máquina y un posterior esfuerzo en descifrar las palabras –por llamarlo de alguna manera- que salían de una mujer de procedencia desconocida, finalmente conseguí dar de baja, tras amenazar con resucitar a Hernán Cortés como no satisficiera mis peticiones, el maldito servicio que no sé quién me mandaría contratar. La cuestión es… ¿No había un terrible error que impedía darme de baja una hora antes, tal vez en el condensador de Fluzo? Pero, maldita sea, debería dejar de quejarme y alegrarme de que en tan solo una hora consiguieran arreglar un problema que les debería haber llevado por lo menos seis. ¡Gracias, Vodafone!

PD: en medio del proceso de escritura –o de vómito verbal- de este texto, Alex entró en mi habitación y leyó un par de palabras mientras yo escribía. Tras apenas cinco segundos de lectura, me pregunta “¿Estás hablando del fulano de la Vodafone de abajo? Es que leí cachas engominado y simio… Y encaja perfectamente” Me cuenta, además, que el otro día bajó en compañía de Sergio, otro de los habitantes de nuestra particular Casa de Troya, a la tienda Vodafone en cuestión para solucionar un problema con el módem de dicha compañía. Se lo entregaron al macaco, lo cogió con sus gigantescas manos, dice Alex, le dio un par de vueltas, se le escurrió un hilillo de baba por la comisura y dijo: “Llamad al servicio técnico.” Así que no es cosa mía solo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te superas Berber, he llorado de risa xD!!!