27/9/10

Actividad paranormal

Como algunos ya sabéis, durante el curso pasado tuvieron lugar una serie de acontecimientos de índole paranormal en el piso de unos compañeros de clase –sucesos que no voy a relatar aquí porque no es a mí a quien corresponde hacerlo-. Pues este año parece ser que los que van a tener la suerte de dar cobijo a esa entrañable presencia – o una similar, es difícil decir con certeza que sea la misma; se niega en redondo a identificarse y creemos que carece de Documento Nacional de Identidad- somos nosotros. ¡Qué afortunados nos sentimos! ¿En qué me baso para afirmar esto? Encontrábame yo en la cafetería de la facultad –por mera casualidad- cuando el señor Alex, otra de las presencias del piso –en este caso completamente identificada y legal-, me preguntó si por la noche había tenido a bien ir a llamar reiteradas veces a la puerta de su habitación. La verdad es que no tengo por costumbre ir a golpear la puerta de los durmientes, y menos aún si la talla del durmiente en cuestión roza los dos metros. El caso es que debido a la insistencia del golpeteo, el somnoliento Alex incorporose todo él y abrió la puerta para encontrarse con un desolador pasillo sin más población que alguna que otra mota de polvo esquiva. En resumen y para que me entendáis; yo no fui. Habrá entre los lectores el típico escéptico toca pelotas, para el cual esta historia no signifique nada: “un ruido en la puerta, ya ves tú”. El caso es que este suceso me hizo recordar lo acontecido una de las primeras noches que pasé en nuestra nueva morada, y que todavía no me había decidido a hacer pública. Encontrábame yo tendido en mi lecho, en ese momento entra la vigilia y el sueño, en estado de duermevela que podría decirse, cuando noté en mi oreja una ligera brisa, como un aliento, susurrándome algo y, por qué no decirlo, con cierto olor a vino rancio.


Incorpóreme presto en el catre, y en la densa oscuridad busqué el interruptor de mi lamparilla de mesa. Cuando se hizo la luz, una sensación entra la angustia, el terror, la incredulidad y las ganas de mear –había bebido mucho agua durante la cena- se hizo presa de mí. ¿Quién me iba a decir que mis humildes aposentos iban a ser elegidos para que se manifestara el espíritu de Bruce Springsteen? Sin mediar preámbulos ni saludos previos –un poco excéntrico por su parte entrar en la casa de un desconocido y ponerse a susurrarle en su oreja de buenas a primeras- me dijo: “En realidad… Soy canadiense, pero escribí el Born in the Usa para disimular. Además, lo de The Boss me lo puse yo… En honor a Miguel Bosé, que me gustaba mucho por aquella época. Luego la gente pensó que era El Jefe y me dio como cosilla desmentirlo.” Dicho esto, me dio un beso en la frente con un aliento que casi me tiñe las cejas de rubio, y se esfumó dejando tras de sí una nube de humo. Me quedé un tanto consternado, no tanto por la aparición, si no por el hecho de que cuando se hubo disipado la humareda, pude comprobar que se había esfumado también un billete de veinte que tenía en la mesa, así como mi ejemplar de “Zombie: Guía de supervivencia”. Al día siguiente le comenté por teléfono a un amigo de confianza lo sucedido, y me dijo: “Me parece raro que se te haya aparecido el espíritu de Bruce Springsteen, principalmente porque Bruce sigue vivo…” Colgué –el teléfono de la esperanza es demasiado caro como para mantener conversaciones largas-, y me quedé pensando: Joder… Si sigue vivo y por lo tanto no fue su espíritu el que me visitó… ¿Qué diantres estaría haciendo el Boss en persona en mi casa?

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