Aterricé en Marrakech en una época especial, por decirlo de alguna manera, del año. La gente, durante este acontecimiento crucial en sus vidas, se comporta de un modo peculiar; es decir, más de lo habitual. Durante el día no tiene otra cosa en la cabeza, la gente está muy nerviosa e irascible y, al caer la noche, en las fechas señaladas, se reúnen en diferentes lugares para llevar a cabo sus diversos ritos y adorar a sus dioses y profetas. Se puede escuchar así extraños cánticos, himnos y gritos, desaforados en algunos casos. La práctica totalidad de la sociedad está pendiente de este acontecimiento y el que lo ignora lo hace con discreción por miedo a las terribles consecuencias que podría conllevar. El fanatismo se adueña por completo de la ciudad. Criticar este evento implica un altísimo riesgo y la violencia está a flor de piel. El momento álgido, sin embargo, no se hizo esperar; llegó el pitido final. El Madrid había ganado. La Champions había terminado. La normalidad volvía al planeta.
Respecto a haber visitado la ciudad
marroquí en época de Ramadán: bien, sin problema. Dicen que la
gente está más irritable que el resto del año, por aquello de
pasarse el día sin comer y sin beber. No lo sé, era mi primera vez
en el país así que no tengo datos para contrastarlo. Aunque sí que
nos hemos llevado alguna mala contestación sin comerlo ni beberlo
—tú-tú-pá— no me
atrevería a achacarlo al ayuno, sino más bien al hecho contrastado
de que en todas partes hay cretinos, independientemente de su
religión y sus costumbres. Pero en general todo correcto, gente muy
amable, amiga del regateo —no del de Cristiano, que también— y
muy lista. Tan lista y tan amiga de regatear que hasta le escamotean
tiempo al día, cambiando la hora para que la jornada sea más corta
y que el iftar, su primera comida nocturna, llegue antes.
Por lo demás, aprendí algunas cosas:
que tengo cara de español e italiano, de porrero y de idiota (aunque
esto último ya lo sabía yo sin necesidad de salir de casa). No se
explica de otro modo que constantemente me ofrecieran hachís por las
calles y que me intentaran cobrar 210 dirhams, unos 21 euros, por
unas bolsitas de especias. ¡Oro en polvo, chico!
Aprendí también que J. K. Rowling se
inspiró en el Zoco de Marrakech, el mercado, para diseñar el
castillo de Howarts. Se trata de un laberinto de estrechísimas
callejuelas formado por tiendas y tenderetes en los que se venden los
artículos más diversos y del que pensé que jamás saldría con
vida. Orientarse allí es un honor reservado únicamente para los
locales y puedes olvidarte de intentar usar un mapa; los cartógrafos
no se atreven a recoger el entramado de sus calles. Puedes tratar de
desandar lo andado pero ten cuidado por que, ¡ah, amigo! sus
callejas se mueven a voluntad y corres el riesgo de terminar en la
sala en la que Fluffy, el gigantesco perro de tres cabezas, custodia
la piedra filosofal. Por suerte para el viajero desorientado, hay un
millón de autóctonos dispuestos a ayudarte y que te asaltarán para
ofrecerte sus servicios en cuanto te vean dudar un instante,
consultar el mapa o, ingenuo de ti, levantar la vista esperando
encontrar una placa con el nombre de la calle. Existen al parecer
tres tipos de estos amables parroquianos: está el honrado, es decir,
el que no da indicaciones pero te guía a tu destino a cambio de
dinero; el que es un pelín menos honrado, es decir, el que jura y
perjura que no tiene intención de cobrarte y que promete llevarte a
tu destino pero que en realidad quiere llevarte al sitio en el que
trabaja para que compres en su puesto o tienda; y, por último, el
mayor hijo de la gran puta que haya visto el mismísímo Mahoma, que
es el que se divierte dándote indicaciones falsas por el simple
placer de verte perdido. Anonadado, desconfiado y al borde del llanto
observas atónito como te indica que la plaza Jamaa el Fna, desde la
que entraste hace 90 minutos y a la que quisieras volver, está en
una dirección en la que sabes a ciencia cierta que es imposible que
esté. ¿O no es imposible? ¿Es posible que se hayan vuelto a mover
las calles? Cuando empiezas a dudar de ti mismo estás doblemente
perdido...
¡Pero no todo está perdido, mi buen
amigo! De vez en cuando, por obra y gracia de la buena voluntad del
concello local, aparecen unos letreros, colgando del techo,
con algunas indicaciones. Por ejemplo, Jamaa el Fna todo recto.
¡Aleluya! Saltas de alegría, abrazas a tu acompañante, besas a una
señora que pasaba por allí. Echas a andar decidido. Todo recto,
todo recto. ¡Por fin! Y, así, caminando todo recto por una calle
serpenteante, terminas por estrellarte contra un muro. La calleja
desemboca en otras dos calles, formando perfectos ángulos rectos,
una hacia la derecha, otra hacia la izquierda. Empiezas a angustiarte de nuevo, quizás te salga un risita nerviosa. Oteas
tímidamente en una dirección. Ninguna indicación más. Escudriñas
en la otra. Ningún letrero. Comienzas a comprender por qué rezan
cinco veces al día. La rectitud, en el mercado de Marrakech, está
sujeta a la relatividad y tendrás que jugártela a cara cruz o a
pito pito gorgorito y apostar por una dirección. El viajero ingenuo
pensará que lo mejor sería avanzar un rato por una de las calles y,
en caso de no llegar a su destino, volver sobre sus pasos y tomar la
otra calle. Ja! You wish! «Volver sobre tus pasos» está,
mon ami, sujeto, en este caso, a las leyes de la Energía de
la Improbabilidad Infinita, descrita por Douglas Adams (otro célebre
visitante del Zoco) en su Guía del autoestopista galáctico:
«Es un maravilloso método para atravesar distancias interestelares
en unos segundos sin perder el tiempo en el hiperespacio —el Zoco,
en este caso—. Cuando el motor alcanza la Improbabilidad Infinita
pasa por todos los puntos de cada universo concebible al mismo
tiempo. Es decir, usted nunca sabe dónde va a terminar o de qué
especie será cuando llegue, por eso es importante vestir
apropiadamente».
El intrépido visitante vaga por las
callejuelas soñando con pisar de nuevo la plaza, donde promete
arrodillarse y besar el suelo si consigue llegar con vida, si es que
antes no muere de insolación, sed o inanición, cae fruto de la
enajenación o fenece atropellado por una de las dos millones de
motos que circulan a toda velocidad por calles de no más de dos
metros de ancho.
Es, en definitiva, más difícil salir
del Zoco que de la droga, a la que con toda probabilidad el
desquiciado viajero termine por recurrir para intentar olvidar la
hora maldita en la que se internó en tamaño laberinto.
Vista de la puesta de sol desde la plaza Jamaa el Fna
No hay comentarios:
Publicar un comentario