Una ducha
fría en el invierno escocés, o pre-invierno, si prefieren, que es
la otra estación que tenemos por estos lares, es algo que no le
deseo a nadie.
La cosa
empezó poco a poco. Noté que algo iba mal porque, pasados unos
minutos, el agua dejaba de salir caliente. Pero bastaba con cerrar la
ducha, esperar unos instantes y volver a abrirla para poder disfrutar
de nuevo de agua caliente. Pero la cosa fue a peor. Los minutos de
agua caliente se fueron reduciendo mientras el tiempo de espera para
que volviera a salir templada aumentaba. Además, el caudal de agua
se reducía a medida que salía más y más fría. Comprendí que no
podía seguir viviendo así cuando me vi a mí mismo duchándome con
un hilillo de agua congelada.
El problema
es que mientras duraba la ducha, por decirlo de alguna manera, me
repetía a mí mismo que tenía que ponerme en contacto con la
agencia de una vez por todas pero, al salir, a medida que iba
entrando en calor, se me enfriaba el ánimo y lo dejaba correr. Hasta
el día en que más que ducharme, me froté contra un finísimo
témpano de hielo. Me sentí como una stripper en el Polo Norte.
Así que
con mis dedos congelados escribí un mail a la agencia, pero no lo
pude enviar inmediatamente porque no tengo Internet en casa. Sí, lo
sé. En pleno siglo XXI. ¿Y qué? Cada vez que oigo a un señor
mayor diciendo “en mis tiempos...” yo replico al instante,
“¡patrañas!”. Sin Wifi ni agua caliente y con esta maldita
crisis, yo sé lo que es vivir una posguerra. Vale, de acuerdo,
quizás exagero y no quisiera banalizar con un tema tan importante,
y menos todavía cuando está pasando lo que está pasando. Pero, al
fin y al cabo, hay tantas guerras hoy en día que se podría decir
que el mundo entero vive en una posguerra permanente.
Pero me
estoy desviando del tema. La cuestión es que mandé el mail a la
agencia y, gracias a la afamada eficacia británica, un técnico se
presentó en nuestra casa al día siguiente. Le abrí en calzoncillos
porque el sonido del timbre me sacó de la cama y, qué cojones,
porque estaba en mi casa. Le conduje hasta el baño y allí se
produjo una escena difícil de creer para mis somnolientos ojos. El
fulano me dijo que era un modelo de ducha muy antiguo, que jamás
había visto uno igual y que no sabía cómo arreglarlo. Todo esto me
lo explicó entre carcajadas, porque al tío le hacía verdadera
gracia la cosa. En un descanso que se tomó de su descojone para
tomar aire, aprovechó para sacar una fotos de la ducha con la cámara
del móvil. Yo no sabía dónde meterme, francamente, pero estuve a
punto de ofrecerle que se tomara una ducha a ver si le seguía
haciendo tanta gracia el asunto.
Después de
secarse las lágrimas de risa me dijo que no sabía la manera de
arreglarlo y que lo mejor sería cambiar toda la ducha. Cuándo iba a
suceder eso, amigos, era algo que no me podía decir. Así que se
fue, supongo que a consultar al oráculo o a intentar averiguarlo
estudiando las tripas de algún animal.
Una semana
después, cuando ya empezaba a tener complejo de Juanito Oiarzábal,
me llamaron para decirme que el honorable caballero de la ilustre
carcajada volvería a hacer aparición en mi humilde morada. Le volví
a recibir en calzoncillos porque me volvió a sacar de la cama y
porque, qué cojones, seguía siendo mi casa. Le dejé bregando con
la ducha y me fui al salón a disfrutar de la sinfonía de
martillazos. Desde el baño me gritó si podía usar el wáter y le
dije que adelante, compañero.
La sinfonía
no duró mucho y, al cabo de un rato, me pidió que compareciera en
el baño. Los controles de la ducha estaban tirados en la bañera
sobre un manto de tierra y argamasa y, mientras contemplaba la
escena, el señor me informó de que se había confundido de ducha.
No la mía, quiero decir, sino la que él había traído para
reemplazarla. La cosa no me habría molestado demasiado si en su
anterior visita no se hubiera partido el pecho mientras le hacía
fotos. Que digo yo que podía haber echado un vistazo a su móvil
antes de escoger un modelo al azar.
Ya me
estaba temiendo que me dejara con el cadáver de mi preciada ducha
otra semana más, sin hilillo de agua ni nada. Ya saben lo que dicen,
uno no aprecia el agua fría hasta que le cortan el grifo. Pero, para
mi suerte y mi fortuna, me dijo que volvería en media hora, cuarenta
y cinco minutos a lo sumo. Le dije que no hacía falta que practicara
artes marciales por mí pero, o no pilló el chiste, o no le hizo ni
puñetera gracia. Supongo que era de esa clase de tipo al que solo le
hacen gracia las duchas viejas.
Hora y
media después volvió por casa pidiéndome usar de nuevo el baño.
Supongo que 45 minutos fue lo que tardó en conseguir la nueva ducha
y otros 45 en tomarse un par de pintas. En esta ocasión consiguió
descarrilar la puerta del baño, que se cierra y abre lateralmente.
No le culpo; una de las ruedas está un poco floja, pero siendo él
un técnico reparador de cosas, ya podría haberle echado un
vistacito y dejarla como nueva.
Al cabo de
un rato, me gritó desde el baño “hey, pal, can you come here?”,
o algo así, porque el fulano se había pegado un festín
consonántico-vocálico y con las letras que le quedaron del
maltrecho alfabeto construyó la frase. El panorama era desolador. No
solo había mierda por todo el baño, sino que además en el techo
había un agujero por el que podría colarse un cerdo adulto. Di
gracias al cielo porque se tratara de un falso techo, porque si no
podría haber empezado a ducharme con la ducha del vecino.
Por si
fuera poco, la barra en la que se coloca la alcachofa estaba tan
pegada a los controles de la ducha, que era imposible subirla más
allá de determinada altura. En ese preciso instante, cuando me
estaba mostrando las deficiencias de su trabajo, me preguntó:
“¿vives solo?”
Me tomé un
minuto para responder. Me miré las piernas desnudas, peludas como un
wookiee; me miré en el espejo y comprobé que mi barba seguía en su
sitio; después lo miré a él y, finalmente, a la cuchilla de
depilar que de una ventosa colgaba en la ducha a un palmo de su cara.
También eché un vistazo a los cepillos de dientes del lavabo. No,
Sherlock, no vivo solo. Pero lo que me molestó no es que tuviera la
agudeza mental del cerdo que cabría por el agujero del techo, sino
lo que insinuaba con su pregunta. Lo que venía queriendo decir era
que “si vives solo, no importa que la ducha quede baja, puto
retaco”.
Cuando por
fin se fue de allí eché un vistazo al baño y aquello parecía
Sarajevo. El agujero del techo, los escombros por la bañera y el
suelo, la puerta colgando de un lado... Entonces entendí que aquello
sí que era la posguerra.
Luego me di
una ducha placentera y calentita, que es lo que todos sabemos que
hace la gente cuando acaban las guerras.
1 comentario:
Bravo
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