Siempre me ha parecido un tanto oscura y siniestra la figura
del alumno que tiene por costumbre merodear por los despachos de los
profesores. Es ese estudiante que suele llamar a la puerta de sus maestros con
una excusa muy vaga, con la verdadera intención de entablar una sórdida amistad
que repercuta favorablemente en sus notas o para, quién sabe, conseguir en un
futuro un puesto de trabajo en la facultad. Ya se sabe, algunos empiezan
fregando suelos y otros lamiendo culos.
Es por eso que al salir del ascensor en la planta en la que
se ubican los despachos del honorable profesorado de mi facultad, me movía
entre las sombras, con un sombrero calado y gafas de sol oscuras. Habría
llevado una gabardina que me cubriera hasta los pies si aquel maldito día no hubiera
hecho un sol de justicia en Santiago después de varias semanas lloviendo sin
parar. En mi mente me repetía que mi motivación era distinta. Estoy en cuarto
de carrera y solo me falta una asignatura para terminar (por no hablar del
Trabajo de Fin de Grado o la acreditación del nivel B1 de una lengua extranjera,
pero esa es otra historia que podríamos titular “No me hagas hablar, que me da
la risa”), una asignatura horrible que había suspendido en la primera
convocatoria, en el cuatrimestre anterior. Esto no me produciría mayor
inquietud si la posibilidad de suspender en la recuperación no significara
tener que matricularme un año más con una sola asignatura. Pero ninguna
justificación servía para quitarme de la mente que estaba actuando como ese
extraño personajillo que pretende ganarse la simpatía del profesor en beneficio
propio.
Mi intención era presentarme en el despacho del profesor
para, inocentemente, preguntar por bibliografía complementaria para su examen,
demostrando así que me estaba esforzando. Entré en la estancia y empecé a narrar
mi historia de pena. Que si solo me quedaba su asignatura, que si me estaba
esforzando mucho… Un clásico. En un momento dado, el profesor me interrumpió.
“Pero… Yo doy varias asignaturas en la carrera, ¿de cuál me estás hablando?”
Me quedé pálido. No solo me preocupaba el hecho de que él no
recordara a cuál de sus clases iba, prueba evidente de que no tenía la más
mínima idea de quién era yo, si no que en ese preciso instante caí en la cuenta
de nunca había sabido el nombre de su asignatura. Es cierto que tenía que
haberlo leído en algún momento; al hacer la matrícula, o al ver el calendario
de exámenes, pero se había borrado por completo de mi memoria.
Supongo que dudé demasiado tiempo. O quizás, viéndome en un
aprieto, el profesor quiso ayudarme. En cualquier caso, empezó a recitar los
nombres de sus asignaturas. Cuando nombró una que me sonaba vagamente dije,
como Woody Allen en aquella película en la que interpreta a un director de cine
que tiene que ocultar que se ha quedado ciego y alguien le muestra dos pistolas
para que decida cuál quiere usar: “esa, esa”.
Así pues, empezó a recomendarme una serie de libros a modo
de bibliografía complementaria mientras yo pensaba: “Mire cómo lo anoto en mi
libreta imaginaria”.
Me fui de allí con una lección aprendida. Ser un alumno
pelota también requiere esfuerzo. Es como participar en un maratón. No te
levantas un día y simplemente echas a correr. Hasta para ser un asqueroso hace
falta un entrenamiento.
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