La sensación al salir de la última clase de la carrera fue
como la que sintieron aquellas chicas de Cleveland al ser liberadas tras diez
años de cautiverio. Por supuesto, el calvario no es comparable; ellas no
tuvieron que padecer la página web de la USC. Es cierto que yo no tuve ningún
parto ni sufrí ningún aborto, aunque más de uno de los trabajos que entregué a
lo largo de estos cuatro años fue tan doloroso como lo primero y se asemejaba
bastante a lo segundo.
Lo cierto es que yo entré en la carrera con la verdadera intención de que me expulsaran. Pensaba que sería una buena manera de comenzar mi leyenda, como Dalí, al que echaron de la escuela de Bellas Artes por declarar incompetentes a sus examinadores. Es decir, por expresar en voz alta lo que todos pensamos. Ni siquiera obtuve de alguno de mis profesores una frase como la que le dijeron a un famoso artista contemporáneo: “Tú has pasado por la universidad, pero la universidad no ha pasado por ti”. Algo lapidario para que mi futuro biógrafo pudiera mostrar la desaprobación de la que debería haber sido objeto en mis años de aprendizaje. Sin embargo, tan solo conseguí que me expulsaran de la biblioteca cuando me quedé dormido leyendo Crimen y castigo e intenté estrangular a la bibliotecaria creyendo, en sueños, que era la vieja prestamista.
Viendo que mis esperanzas de ser expulsado no se cumplían,
acudí al decanato para ver si podíamos solucionarlo. Primero hablé con la
secretaria. Ella me advirtió de que la expulsión no la convalidaban por
créditos de libre elección ni prácticas en empresa. Le comuniqué que eran razones
personales las que me motivaban a hacerlo, así que, tras rellenar los
correspondientes formularios, me dijo que hablara con el siguiente miembro del
escalafón del decanato para que me firmara los papeles que acababa de cubrir.
El señor que me atendió, un tío calvo y con gafas, me dijo que el proceso de
expulsión no era tan sencillo. “¿Tú has hecho algo malo?, me preguntó. A lo que
yo contesté: “¿No le parece suficientemente malo llevar cuatro años en
periodismo?”.
Se ve que no. Defraudado, salí de la facultad y, de rodillas
y con los brazos apuntando al cielo, exclamé: ¿Acaso no soy lo suficientemente bueno
para ti? ¿No merezco que me expulses, cruel y despiadada USC?
Así que tuve que pensar otro medio a través del que empezar
a forjar mi leyenda. Recordé que Tarantino había dicho que él guardaba una lata
con un rollo de negativo en su nevera. Así, todos los días al abrir el
frigorífico recordaría su objetivo: hacer una película. Decidí imitarle. Admito
que copiar a otro es una forma cutre de empezar una carrera, pero también se
dice de él que plagió a un hongkonés y ya veis lo lejos que ha llegado. Compré,
pues, una lata con película (hoy en día gracias a eBay puedes adquirir
cualquier cosa que pase por tu mente) y la metí en la nevera. Sin embargo, mis
compañeros de piso la acabaron tirando pensando que era otro de mis tuppers mohosos.
Así que, si nada lo remedia, pronto acabaré la carrera, ya
que al parecer no soy lo suficientemente bueno como para no hacerlo.
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