El edificio en el que vivo este año parece sacado del Lejano
Oeste. No me refiero a que tenga abrevaderos a la entrada del inmueble, que las
puertas sean de esas con bisagra de Saloon y que en el recibidor haya un piano
bar. Lo digo más por el ambiente que en él se respira que por su aspecto. Es
más, si tuviera que ser más concreto, diría que el ambiente es una miscelánea
del Salvaje Oeste y una película de terror. Concretando hasta el límite, diría
que es una mezcla de Hasta que llegó su hora y El orfanato.
Cuando llegamos al edificio, incautos de nosotros, quisimos
poner Internet en casa. Lo que no sabíamos es que para realizar la instalación
era necesaria una llave que da acceso a un cuarto que hay en lo alto del
edificio. Lo que en una comunidad normal (si es que existe alguna en este país)
sería tan fácil como pedírsela al presidente de la misma, en nuestro caso se
convirtió en una situación de lo más sórdida. Nadie sabía nada de la llave. O
nadie quería decirnos nada de ella. Le preguntamos a los chinos que regentan el
restaurante de abajo, que viven también en el edificio, y nos dijeron que a
ellos les habían hecho lo mismo. Así, en plural. Les habían hecho. ¿Pero quiénes y, sobre todo, qué les habían
hecho?
Nos contaron que les hicieron ir de una puerta a otra. En
una les decían que tenían que preguntar en la otra, en la segunda en un tercera
y, en la tercera, otra vez en la primera, cerrando así un misterioso círculo en
torno a la llave maldita. ¿Qué oscuros secretos guarda el cuarto que corona el
edificio? ¿Por qué esa extraña reticencia a facilitar el acceso a una zona
común?
Pero nosotros no nos dejamos amilanar. Gallardamente nos
dirigimos de puerta en puerta con el fin de dar con el poseedor de la condenada
llave. Los que accedían a abrirnos los postigos, los menos, se mostraban
temerosos ante nuestra presencia, decían desconocer la existencia de tal llave
y cerraban de nuevo con premura. A nuestro paso los visillos se corrían, los
niños entraban en las casas, los hombres dejaban de mascar tabaco en el umbral
y las mujeres se recogían en sus hogares. Las cadenas de las puertas se corrían.
Al timbrar, oíamos pasos, advertíamos la sombra debajo de la ranura de la
puerta, veíamos como la mirilla se descorría y sentíamos una respiración al
otro lado de la puerta. Pero ni una respuesta. Parecíamos los secuaces de Billy
the Kid: todos nos temían.
No faltó tampoco el típico extra de película de terror. Una
de las pocas puertas que se abrió ante nosotros dio paso a una nube de humo de
la que emergió un joven confuso y desorientado. “¿Llave?” “Sí, eso que sirve
para abrir y cerrar puertas.” “Eh…” “Déjalo chaval, suficiente humo hay ya en
tu casa.” Este, sin duda, sería el primero en morir.
Desesperados, nos encontrábamos en el portal pensando en qué
hacer. Si Frodo hubiera sabido de la existencia de este edificio, perfectamente
podría haber escondido aquí el anillo en vez de ir hasta el Monte del Destino.
Nuestra comunidad y su muro de silencio habrían custodiado bastante mejor la
preciada joya que su grupo de hobbits, elfos y enanos.
En ese momento se acercó, temeroso, un anciano. Nos habló en
voz muy baja, como temiendo ser escuchado en cualquier momento por algún vecino
y denunciado por conspiración. Nos dijo que quizás la señora de la limpieza
podría tener una copia de la llave, que intentáramos pedírsela ella. Y después
se alejó corriendo y gritando: “¡Yo no os conozco! ¡Esta conversación jamás ha tenido
lugar!”
A la mañana siguiente, cuando volví de la facultad,
misteriosamente una copia de la llave estaba en la mesa de nuestro recibidor. A
día de hoy aun no sé cómo llegó hasta allí. Cierto es que resultaría tan fácil
como preguntarles a mis compañeros de piso cómo la consiguieron, pero entonces
toda esta actualización no tendría ningún sentido.
De todos modos, estoy profundamente agradecido por no haber
tenido que pedirle la llave a la señora de la limpieza, porque estoy
completamente seguro de que es un espectro. Cada mañana, cuando salgo de casa,
la veo al fondo del pasillo, fregando, con la cabeza gacha. Cuando me encuentro
a una distancia razonable, saludo. (Ese es un tema que me gustaría tratar en
otro momento: ¿Cuándo se está lo suficientemente cerca para saludar a alguien
con el que te vas a cruzar pero con el que no te vas a parar a hablar?) Ella, al oír mi
saludo, levanta la cabeza y me mira fijamente unos instantes. Pero jamás
contesta. Da igual lo caliente que yo me dé la ducha por la mañana, siempre me
voy helado a la facultad. Su mirada sin vida me atraviesa, atrapada como está
su espíritu en esa forma corpórea hasta que cumpla su misión en este mundo, sea
cual sea, seguramente joderme a mí todas las mañanas.
Pero no es el único espectro que habita nuestro edificio.
Existe el espíritu de un señor mayor, vetusto, viejo, obsoleto, arrugado; un
viejales en resumen, con el pelo cano y andar errante, que también mora por el
inmueble. Es curioso, porque a pesar de que no puede comunicarse con los vivos,
condenado como está a la eterna soledad, es capaz de abrir el portal con sus
propias manos. Yo al principio siempre me adelantaba y se lo abría, porque me
daba cosa que se tuviera que poner a atravesarlo allí ante todos, a su edad.
Pero como ya vi que se valía por sí mismo, le voy dejando.
Estas dos almas me dan auténtica pena, por eso siempre les saludo,
aunque sé que ellos no pueden corresponderme. Quizás ni siquiera perciban mi
presencia, pero oiga, uno ha sido bien educado.
Sin embargo, esta mañana, la señora de la limpieza no me
esperaba en el pasillo, como es costumbre, si no en el portal. La saludé como
es habitual, levantó la cara con sus ojos vacíos (yo ya me lo tomo como un
saludo, como una suerte de “Ei, qué pasa”) y permaneció muda. Cuando ya estaba
alcanzando la puerta que comunica con la calle, entró el otro espectro, el
anciano. Le saludé cortésmente y le cedí el paso, ante su inmutable mutismo,
sintiendo lástima por estas almas atormentadas.
Ya en la calle, me volví sorprendido ante un giro que no me
esperaba. La fantasma de la limpieza le dedicó un sonoro “¡Hola, buenos días!”
al viejo espectro, que le contestó, a su vez con un espléndido “¿Cómo está
usted?”.
Empiezo a sospechar que más que espectros son unos hijos de
la gran puta.
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Empiezo a sospechar que más que espectros son unos hijos de la gran puta. Y OLÉ
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