En
el ascensor me peleo duramente contra los cascos del iPod. ¿Cómo es posible que
se enreden tanto unos cables? Ni un marinero ruso, a propósito, podría hacer
tantos nudos. Al mismo tiempo me llega un Whatsapp. ¿Quién demonios manda un mensaje
a las siete y media de la mañana? Por que sí, por increíble que parezca, en
ocasiones madrugo.
El ascensor llega al portal mientras con una mano atiendo al
móvil y con la otra intento desesperadamente desenredar aquella orgía de
cables. Por un momento, mientras me dispongo a salir del edificio para
dirigirme a una de las universidad más caras de Barcelona a la que asisto
gracias a una beca que nuestro económicamente moribundo Estado me proporciona,
sopeso la opción de tirar aquellos objetos que, en vez de ofrecer una solución
versátil para la vida moderna, esta mañana se empeñan en desquiciarme.
Sin embargo, algo me impide arrojar el iPod y el teléfono a
la basura —además del hecho de que no soy gilipollas o, al menos, no tanto—. Nada
más salir a la calle, lo primero que me encuentro de frente es, iluminado por
los perezosos y primerizos rayos de sol, un hombre con medio cuerpo metido en el
contenedor, rebuscando. Sin darme tiempo a llegar a la universidad, la vida ya
se había propuesto darme una lección ilustrada de sarcasmo.
Hay muchas personas en Barcelona, y supongo que en la mayor
parte de las ciudades del mundo, que se dedican a adentrarse en las
profundidades de los contenedores en busca de algo que comer, vender o reciclar
para uso personal. Son muchos, de nacionalidades variadas, y se están
especializando. Hace un par de días, sin ir más lejos, vi a un joven que iba
muy preparado para su tarea. En primer lugar, empleaba una barra de hierro en
cuyo extremo había un gancho con el que desbloqueaba la tapa del contenedor y,
con la misma barra, como Tarzán colocando un palo en las fauces del cocodrilo,
impedía que la tapa volviera a su sitio. Después, como un minero, encendía una
linterna que llevaba sujeta a la cabeza con un arnés. A continuación, todo lo
que encontraba de escaso valor para su anterior dueño pero del suficiente para
él, lo iba poniendo en un carrito de supermercado, de esos grandes y metálicos,
de cuyo asidero colgaba una radio que sonaba a todo volumen para amenizar su
trabajo.
El hombre al que yo vi esta mañana no iba tan preparado. Tan
solo disponía de sus manos y su habilidad para rebuscar entre la mierda.
Mientras yo salía del portal, él salía del contenedor. Cerró la tapa, se giró y
me miró. Fueron unos segundos tensos en los que ninguno de los dos dijimos
nada. Yo seguí con mi camino y él con el suyo, hacia la tienda de comestibles
que regenta en la acera de enfrente.
McDonalds, Burguer King, KFC… Conocía estos lugares. Pero
nunca pensé que en la tienda de ultramarinos de mi barrio vendieran también
comida basura.
1 comentario:
jajajajajaj qué jevi has sido siempre macho xDDD
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