Ayer volví de pasar unos días geniales en Málaga a modo de retiro espiritual después del duro estrés de los exámenes. Siempre me han resultado curiosos los viajes en avión; la actitud de un grupo reducido de individuos en ese medio de transporte es algo que me fascina y sobrecoge, a partes iguales.
Hay algunas personas que cuando se meten en un avión, especialmente si van acompañadas de sus amigos, sienten la imperiosa necesidad de mostrar al resto del pasaje lo simpáticos que son —aunque, en la mayoría de los casos, no lo sean—.
En el viaje de ida uno de estos simpáticos, quizás auténtico, decidió que sería divertido tomarle el pelo a una azafata antes de despegar, cuando venía por el pasillo contando el número de pasajeros que estaban sentados.
— Estaría bien distraerla ahora —les dijo a sus compinches.
Así que cuando la azafata estuvo a su altura, el gracioso del grupo le preguntó: “Perdone ¿cuántas paradas son hasta Málaga?”
La señora asistente de vuelo hizo cortocircuito. Una parte de su cerebro se bloqueó en el número por el que iba contando. “47… 47… 47…” Otra parte de su cerebro intentaba retener la última persona que había numerado. “La señora del abrigo de visón… La señora del abrigo… La señora… ¿Es que no se asa? ¿Por qué no se lo saca?” Y una tercera parte intentaba procesar la pregunta que le acababan de hacer. “¿Cuántas paradas? Pues yo juraría que este avión iba directo… ¿O es un avión lento, de esos regionales, que paran por todos los pueblecitos hasta Málaga?”
Así que, finalmente, después de que le bizquearan los ojos, contestó: “Hora y media.”
Y punto. Se dio media vuelta y empezó a contar desde el principio.
El viaje de vuelta parecía un concurso de a ver quién la decía más gorda. El problema aquí para decidir si eran simpáticos de verdad o idiotas de manual es que uno no puede discernir sin miedo a confundirse si las barbaridades que decían era ironía pura, pero dicho con el semblante serio —al más puro estilo Eugenio—, o fruto de la opresión que un lápiz introducido por un orificio nasal en sus más tiernas infancias ejercía en sus respectivos lóbulos occipitales —al más puro estilo H. Simpson—.
De todas las simpaticadas me quedo con dos: la señora que estaba sentada un asiento más allá del mío, a la cual no pude ver con claridad porque un orondo señor barbudo me lo impedía, al apreciar que entraba mucha gente en el avión, dijo:
— Como siga entrando más gente esto va a parecer el carromato de los Hermanos Marx.
Claro que sí señora. Tan mal están las cosas, que a causa de la crisis los señores Marx han decidido, para ajustar el presupuesto, cambiar su camarote en un barco por un carricoche.
La otra obra de arte de las burradas fue el siguiente diálogo entre dos personas que no alcancé a ver:
—Oye, apaga el móvil que no se puede tener encendido durante el viaje.
—No pasa nada —le contestó su interlocutor—, que lo tengo en modo abuelo.
No añadiré ningún comentario a esta genialidad, ya que considero que habla por sí sola.
Pero, a parte del comportamiento humano, hay una cosa que me fascina en grado sumo en el mundo de la aeronáutica: ¿Por qué en las pistas de despegue/aterrizaje hay pasos de cebra?
“Rojo 5 a cabina de control” —suponiendo que hablen así— “estamos a punto de despegar en la pista 3.” “Control a Rojo 5, frena un poco que hay una anciana cruzando en el paso de cebra y tiene para rato.”
“Copiloto a piloto…” Y el piloto le interrumpe. “¿Eres tonto? Para que me dices copiloto a piloto si estás aquí al lado.” “También tienes razón.” “Es que yo no sé por qué te dejo venir conmigo… Dime, ¿qué querías?” “Nada, que yo creo que si aceleras un poco le pasas por encima sin fallo…” Y un chico de estos con chaleco amarillo y casco en la pista gritando: “Dale que libras… Dale que libras.” Y la vieja se va con la permanente hecha un cisco para casa, no sin antes amenazar con el bastón a ese enorme pájaro de hierro que llamamos avión.
O no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario